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Ni de izquierda, ni derecha, sino todo lo contrario

por 26 mayo 2010

Ni de izquierda, ni derecha, sino todo lo contrario
No están de moda, pues, los líderes salvadores universales, coherentes y consistentes con una especial y única forma de ver el mundo, sea de “izquierda” o “derecha”. No podrían estarlo en momentos en que la ciencia rompe los paradigmas de la vieja pretensión aristotélica de la objetividad.

A raíz del primer mensaje del Presidente Piñera ante el Congreso Pleno el pasado 21 de Mayo, se ha trabado una curiosa polémica pública sobre la cualidad ideológica de su Gobierno. Mientras algunos lo han calificado como “la nueva manera de gobernar” de la centro derecha, otros lo describen como “un quinto gobierno de la Concertación”. Unos dicen que “ganó la elección, pero pierde en las ideas”; otros descubren que “la izquierda gobernó con las ideas de derecha y la derecha con las de izquierda”. Y hasta el propio Mandatario ha ingresado al ruedo, afirmando que “se gobierna con nuestras ideas”, aunque, por cierto, varios ya han respondido que se trata de “sus ideas” y no “las nuestras”.

¿Cuál es el problema y por qué tan diversos diagnósticos? Sostenemos que se trata de la penúltima disputa anclada en añejos paradigmas en retirada, en los que consciente o inconscientemente se opera con axiomas que dan por válido que la sociedad está dividida en “izquierdas” y “derechas”, “capital” y “trabajo”, “ricos” y “pobres”, “proletariado” y “burgueses”, “campo” y “ciudad”, es decir, en una supuesta lucha de intereses contradictorios, entre los cuales se debe optar, porque son formas consistentes y coherentes de interpretar el mundo, obligándonos a esa “unicidad” y “consecuencia” de la Edad Media teocéntrica, cuando el poder forzaba a ver el orbe desde su prisma dogmático, so pena de “herejía”, y según normas silogísticas (y una que otra prueba empírica), rescatadas de la antigua Grecia.

Por eso Piñera confunde: porque a estas alturas del conocimiento, no se puede ser de izquierda, ni derecha, sino todo lo contrario.

Ese mismo paradigma totalizante explicó imperios, monarquías ilustradas, revoluciones y dictaduras de toda especie que emergieron entre los siglos XVII y el XX. Pero, por cierto, no obstante los esfuerzos de esos poderes por estabilizar sus sistemas -vía coacción o convicción- igual quedaron en la historia. Nuestra especie es persistente en sostener prejuicios cuando se trata de privilegios. Como se sabe, ese mecanismo ha seguido operando en posteriores discursos políticos de “salvadores” de diverso origen, intolerantes ante la pluralidad, diversidad, diferencias en visiones del mundo y desprecio por una democracia “ingenua y/o ineficiente” para superar los problemas que arrastra la humanidad por centurias. Seguimos así atados a la definición cromwelliana de los 1600 que nos ubica “a la izquierda” o “derecha” del Rey en la cámara de los comunes o aquella industrial decimonónica que opone proletario a burgués, capital a trabajo o campo a ciudad.

¿Qué ha pasado en el intertanto? Más allá de la férrea voluntad de los poderes, la sociedad de a pie –sin grandes intereses que conservar- ha seguido avanzando junto al desarrollo del conocimiento y sus técnicas, incluso sin mucha consciencia del proceso; las personas han cambiado sus hermenéuticas, merced al uso e integración a las nuevas tecnologías y el cada vez más fácil acceso a la información; su “quehacer político” (orden de la ciudad) ha derivado hacia lo económico (orden de la casa), dejando la “pega” del poder a los profesionales, concentrándose, desde sus nuevos espacios de libertad, en su bienestar y el de los suyos; han abandonado ideologías que lo explican todo y, en fin, se han transformado, a la par del desarrollo del conocimiento, de aquellas masas aborrecidas por la “intelligentzia”del siglo XX, en individuos-personas libres del siglo XXI.

En efecto, los “nativos digitales”, jóvenes protagonistas la actual sociedad de la información (faceboockeros, twitteros, chateros, myspacieros, flickeros, etc) ya no buscan -ni menos creen- en “modelos” de resolución sistémica de problemas “universales” y tienden a buscar, con cierta humildad ontológica innata, soluciones a problemas específicos, aplicando conocimiento y técnicas a los entornos pertinentes, conscientes que cada modificación en uno, acarreará inevitables cambios y ajustes en los demás. Saben que desde el voluntarismo macro no se conseguirá esa impracticable estabilidad y perfección, perseguida ilusamente por sociedades pasadas y a la que parecen seguir anclados ciertos dirigentes políticos.

Se explica, pues, tanta confusión cuando el Presidente mezcla en su discurso, continuidad y cambio, e invita a materializar proyectos pendientes, junto a aquellos que importan novedades. Se trata de una decisión que supera el axioma de la contradicción insoluble que obliga a la derrota total del opuesto y que avanza en la dirección de la “unidad nacional”, aunque sin perder, cada cual, su capacidad de crítica constructiva, no mediatizada por el afán de poder por el poder. El subentendido es que no todo lo anterior es desechable, porque responde a exigencias de bienestar de partes de una sociedad cada vez más compleja y diversa, pero cuya concreción importa siempre esfuerzos conjuntos, tal como la reciente respuesta al llamado de los damnificados por el terremoto. También porque –descartadas ideologías totalizantes y “perfectas”- hay parámetros de bienestar “universalmente” aceptados, en áreas obvias como salud, educación, vivienda, seguridad ciudadana o previsión.

Las diferencias entre “ellos” y “nosotros” ya no se juegan, pues, en los macro objetivos ideales, sino en cómo se gestiona la facilitación de metas múltiples y específicas de cada ciudadano libre, con plazos y calidad exigibles y transparentes. El poder ciudadano, cuando se expresa, vota o bota periódicamente a sus representantes, según respondan o no a las promesas: no las grandes, sino esas pequeñas utopías cotidianas de cada cual y desde las que elige a uno u otro aspirante a conductor político.

No están de moda, pues, los líderes salvadores universales, coherentes y consistentes con una especial y única forma de ver el mundo, sea de “izquierda” o “derecha”. No podrían estarlo en momentos en que la ciencia rompe los paradigmas de la vieja pretensión aristotélica de la objetividad del sujeto y en que nos explicamos los fenómenos y su complejidad –no el ser de las cosas- de modo necesariamente comunitario y multidisciplinario; en que la información y las comunicaciones sobre abundan y la consecuente libertad interpretativa campea junto a la libre expresión y opinión; en que el conocimiento científico se duplica cada 18 meses y se reconoce modestamente nuestra dificultad epistemológica de “comprender el mundo” en su infinita complejidad, tal como amargamente lo experimentaron hace 20 años los “iluminados” en Moscú y hace tres, los “magos” de Wall Street. Por eso Piñera confunde: porque a estas alturas del conocimiento, no se puede ser de izquierda, ni derecha, sino todo lo contrario.

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