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El quinto gobierno de la Concertación

por 1 junio 2010

Ni la misma Bachelet ni su enorme popularidad hicieron algo distinto y al final quedó irremediablemente entregada –como todos sus antecesores- a su ministro de Hacienda.

Qué duda cabe que sabe irritar. Longueira podrá tener muchos defectos –de hecho su elegancia y finura política es inexistente - pero una de sus virtudes es que logra decir algunas verdades que provocan.

Que dijera que los gobiernos de la Concertación fueron de derecha es una de ellas. Algo así como que Piñera es el quinto gobierno de la Concertación.

Ahora lo irritante no es que lo diga un derechista de aquellos sino que, en rigor, no parece estar completamente extraviado. Especialmente si por de derecha entendemos la sacralización del mercado y de sus valores, la desproporcionada protección del capital por sobre los derechos del trabajo, el exagerado culto a la propiedad en detrimento de los derechos sociales y especialmente el fatalismo complaciente frente a la desigualdad. O dicho de otro modo, una insoportable actitud de asumir que la desigualdad es un asunto casi natural que no puede modificarse con potentes reformas sociales.

Ni la misma Bachelet ni su enorme popularidad hicieron algo distinto y al final quedó irremediablemente entregada –como todos sus antecesores- a su ministro de Hacienda.

Y en ese sentido, vamos a decirlo en sencillo: si los programas de los candidatos de la Concertación eran de izquierda, sus gobiernos, en cambio, tenían un irresistible tufillo de derecha. O si suena mejor, de centro derecha. En efecto, un extraño muro de inconsecuencia dividió los gobiernos de esa coalición con sus propios programas y especialmente con su discurso simbólico –plagado de referencias igualitarias y de izquierda-, que era el que a todo esto daba los votos.

“No tuvimos cojones”, lo resumía todo hace poco Vidal en su estilo. Cuestión que para estos efectos viene a ser lo mismo que acaba de decir Longueira.

Y es que mirados los hechos, no eran necesarias las palabras de ninguno de los dos para darnos cuenta de que tanta promesa de igualdad no traspasó la misteriosa barrera del discurso simbólico y retórico a los gobiernos efectivos.

No sólo la reforma tributaria -para que Chile dejara de ser uno de los países de desarrollo medio donde los más ricos pagan menos- quedó en el debe. También una nueva Constitución que dejara atrás la pluma de Jaime Guzmán  –y no la reforma de maquillaje de Lagos el 2005- o la reforma laboral que derogara el hasta hoy vigente plan laboral de Pinochet. O reformas profundas al vergonzoso modelo de educación pública chileno. O al modelo de salud privado y excluyente de todos estos años, y en fin a una larguísima lista de etcéteras que no dan ni ganas de recordar.

Las explicaciones pueden ser muchas. Que la placidez de los mullidos sillones de cuero reemplazó muy luego el calor de las ideales. Que en las grandes y cómodas oficinas ministeriales las ideas de igualdad y justicia se tiende a evaporar. En fin, que entre tanto cóctel y recepción con empresarios neoliberales termina uno pensando como ellos.

Pero nada parece tan convincente como la propia explicación que Vidal dio a la falta de coraje –que es otro modo de decir gobierno de derecha-: “Lo intenté pero perdí ante los Ministros de Hacienda”.

Y ahí esta – a nuestro juicio- el quid del asunto. La infranqueable barrera entre el discurso político concertacionista y sus gobiernos efectivos tuvieron nombre y apellido.

En una transición a la democracia llena de temores y espejismos, los ministros de Hacienda de la Concertación y su cerrado credo –de esas verdades reveladas del FMI y el Banco Mundial- terminaron convertidos en los guardianes de la estabilidad. Estabilidad eso sí –y ahí está el pequeño detallito- entendida como la mantención a pie juntillas del modelo económico de la dictadura.

Desde ese momento, la Concertación quedó inmovilizada y entregada cual dama virginal a su padre celador: los ministros de Hacienda encargados de que la jovencita no tomara malos rumbos, no fuera ser que –movida por la pasión adolescente por la justicia o la igualdad- se le ocurriera reformar la negociación colectiva, las reglas tributarias o cualquier desvarío que deformara el modelo. O sea, en palabras de Longueira, que se le ocurriera hacer un gobierno de izquierda.

El resultado es el descrito por Vidal: gobiernos asustadizos. De programas asistenciales y bonos de marzo en uno de los países más desiguales del mundo. Gotas de rocío en pleno desierto. Gobiernos que transformaron un puñado de reglas técnicas –de las del recetario del  FMI y del Banco Mundial- en las primeras verdades religiosas de un conglomerado político de vocación progresista y que terminaron siendo más relevantes que justicia, democracia e igualdad.

Ni la misma Bachelet ni su enorme popularidad hicieron algo distinto y al final quedó irremediablemente entregada –como todos sus antecesores- a su ministro de Hacienda. El único proyecto que se esperaba en el mundo de los trabajadores de Bachelet y que esta prometió una y otra vez -la reforma decidida y profunda a la negociación colectiva- quedó en la nada,  perdida de seguro en la oficina de algún asesor menor del Ministerio de Hacienda –de esos que siguen trabajando para el nuevo gobierno.

El Jefe no la aprobó. Ni tampoco la reforma tributaria. Ni la AFP estatal. Ni tantas otras ideas de esas que sólo servían para ganar votos, pero no para tomárselas en serio.

Cual cruel paradoja de la historia, algunas de ellas serán hechas por el gobierno de Piñera. O el quinto de la Concertación, como diría Longueira.

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