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La vulgaridad en La Moneda

por 13 julio 2010

Cuando La Moneda se parece más a un set de televisión que a un palacio de gobierno, cuando el ejercicio del poder se transforma en un espectáculo cuya producción depende de las encuestas, el poder se vulgariza.

Hay ciertas imágenes que quedan pausadas en la memoria. Escondidas en un remoto lugar en espera de algún estimulo o evento que gatille su retorno. Ya lo dijo Proust con bellísimo cuidado y elocuencia en su novela “Por el camino de Swann”.

Cuando veo el desprecio en el uso de las formas estéticas que rodean al poder, vuelve a mi memoria una pintura que por casualidad me crucé hace un tiempo en un elegante estudio de abogados en Santiago. La pintura mostraba un conjunto de trabajadores reunidos en una oficina. Algunos llevaban puestos cascos de la construcción, otros aparecían sin camisa y uno de ellos figuraba recostado en una silla apoyando sus piernas sobre un escritorio que parecía derrumbarse por el peso de sus botas. La carga simbólica de aquella imagen respondía a un doble juego de contrastes. Primer contraste: su ubicación protagónica en el hall principal del estudio jurídico. Segundo contraste, los personajes de la pintura no se encontraban en una simple oficina haciendo reparaciones, los trabajadores ocupaban una oficina de La Moneda y parecían estar a cargo de un gobierno en proceso de desintegración.

Cuando La Moneda se parece más a un set de televisión que a un palacio de gobierno, cuando el ejercicio del poder se transforma en un espectáculo cuya producción depende de las encuestas, el poder se vulgariza.

La pintura era una clara expresión (y seguía la lógica) del discurso del régimen militar y de sus aliados. Reflejaba el temor al peligro de que el vulgo se hiciera del poder, el temor de un ya atemorizado sector del país que veía en esa posibilidad la pérdida de sus privilegios, de sus propiedades y de sus empresas. Quienes veían en esta pintura el reflejo de sus propios miedos identificaban al vulgo con una clase, con la clase trabajadora. Para ellos, la vulgaridad era una característica indisociable de ese otro, de ese ajeno, de ese trabajador marxista, de ese roto. Por esta razón, siempre entendieron que la vulgaridad no les pertenecía y que no les pertenecería jamás.

Paradójicamente, la vulgaridad se instaló en La Moneda, pero con ocupantes radicalmente distintos a los trabajadores de nuestra pintura original. Es que la vulgaridad, a diferencia de lo que pareciera entender la hija del presidente, no es una cuestión propia del mundo del futbol o de una clase social; es una amenaza transversal que responde a la particular relación que se tiene con las masas, con lo común.

Así, cuando La Moneda se parece más a un set de televisión que a un palacio de gobierno, el poder se vulgariza. Cuando los ciudadanos se transforman en audiencias y deciden los movimientos del presidente, cual reality show, el poder se vulgariza. Cuando el ejercicio del poder se transforma en un espectáculo cuya producción depende de los ratings que dan las encuestas, el poder se vulgariza.

La vulgarización del poder no sólo reduce la política a un espectáculo patético, no sólo la transforma en una caricatura de sí misma. Muchísimo más grave, funciona como una pantalla, como un velo que no permite ver lo que sucede tras bambalinas. Es un sedante, que con mayor o menor eficacia disminuye la capacidad del paciente para percibir su entorno.

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