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Discriminación

por 20 julio 2010

La sociedad chilena es una de las que más discrimina en el mundo. Para encontrar otra aún peor, habría que retrotraerse a la Sud-África del infame Apartheid: sólo allí una ínfima minoría auto-segregada decidía tan a su amaño acerca de los destinos de la abrumadora mayoría. No deja de ser sugerente que ambas se estructuraron sobre la base de una elite cerrada, descendiente de colonos pobres llegados el siglo XVI. Ello había sido casi abolido tras medio siglo de gobiernos democráticos y desarrollistas, que desembocaron en una revolución popular hecha y derecha. Sin embargo, fue restablecida con saña tras el golpe militar, no logró ser revertida al término de la dictadura y se ha agravado al asumir el actual gobierno.

Una sociedad fundada sobre tamaña discriminación la proyecta sobre todos los ámbitos. Para muestra, un botón: cómo la privatización del sistema de pensiones discriminó en contra de las mujeres.

En el antiguo sistema  público de pensiones, una mujer tenía derecho a  jubilar a los 60 años con una pensión vitalicia idéntica a la de un hombre de 65 con el mismo sueldo y número de años contribuidos. En las AFP, según la estimación del simulador disponible en AFP Provida (www.provida.cl), una mujer de 60 años obtiene hoy un cuarto menos de pensión que un hombre de 65 con el mismo fondo acumulado. Aún si ella renuncia a su derecho a jubilar a los 60 años y espera a los 65, su pensión resulta aproximadamente un sexto inferior a la de un hombre de la misma edad e igual fondo.

Adicionalmente, las pensiones de ambos son significativamente inferiores a las que obtienen personas con sus mismos salarios y años contribuidos, pero que lograron permanecer en el sistema antiguo. Sin embargo, el daño resulta aún mayor en el caso de las mujeres.

El motivo es bien conocido: al privatizarse las pensiones se modificó su fórmula de cálculo, introduciendo como factor la esperanza de vida al momento de jubilar, que antes no se consideraba. Ello dañó mucho más a las mujeres que a los hombres, aunque ambos fueron perjudicados, como se ha dicho.

Considerando los datos del promedio de la población chilena, los hombres tienen una esperanza de vida de cerca de 75 años y jubilan a los 65, es decir, su fondo debe alcanzar para 10 años. Las mujeres, en cambio viven en promedio algo más de 80 años y jubilan  a los 60, es decir, su fondo de pensiones debe financiar algo más de 20 años. Si se utilizaran esos datos, las pensiones de ellas resultarían la mitad de las de ellos, al jubilar ambos a la respectiva edad legal y con el mismo fondo acumulado.

Cada persona tiene una esperanza de vida diferente. Cada grupo humano también. Sus diferencias están perfectamente cuantificadas. Por ejemplo, según el INE, las personas con enfermedades del sistema circulatorio ven reducida su esperanza de vida en 2,48 años, aquellas con males del sistema digestivo 1,45 años y así sucesivamente. Sin embargo, todas estas diferencias se pasan por alto al momento de calcular las pensiones.

Excepto una: la mayor esperanza de vida de las mujeres.

No es la mayor diferencia, ni mucho menos. La esperanza de vida depende mucho más del grupo social, por ejemplo, que del género. Aunque se quejan mucho por el "stress" de su trabajo, los gerentes ciertamente viven en promedio bastante más que sus obreros. Sin embargo, esta diferencia no se contabiliza al momento de calcular sus pensiones; a ambos se aplica la misma tabla de esperanza de vida.

En Chile se dispone felizmente de buenas estadísticas y el INE ha estimado, por ejemplo, la esperanza de vida de hombres y mujeres en las 49 comunas más de cien mil habitantes.

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