Sábado, 3 de diciembre de 2016Actualizado a las 10:39

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Tironi y la jubilación del tiempo del orden

Tironi es ingenioso con las frases; declaró el fin de la transición, apoyó el liberalismo, redescubrió el Estado, defendió a Frei, fustigó a los díscolos, después criticó a Frei…

Tironi es ingenioso con las frases; declaró el fin de la transición, apoyó el liberalismo, redescubrió el Estado, defendió a Frei, fustigó a los díscolos, después criticó a Frei… Pero,  antes, a  comienzos del 2009, en el prólogo del libro de la joven historiadora Cristina Moyano sobre el MAPU, deslizó una gran verdad: parece que la generación obsesionada por el orden debe jubilarse, aquella que creyó en la UP, construyó el acuerdo DC-socialismo,  respaldó las dos décadas de gobiernos moderados  y perdió en diciembre. Los socialistas dicen, lo escuchamos  ha menudo, que no pueden seguir viviendo entre el miedo y el orden. Que en la política chilena pueden haber hoy más opciones.

No creemos en jubilar generaciones, sino estados de ánimo; además, hay tantos viejos socialistas, emprendedores, regionalistas y ecologistas, que  no fueron  escuchados en todos esto años por los señores del orden. Pensamos en el doctor Condeza y su épica defensa de los recursos naturales y el regionalismo;  en educadores como Juan Casassus  y Juan Ruz, que no resistieron más liberalismo en educación y se atrevieron;  en todas las verdades de Sara Larraín y Manuel Baquedano, ya canoso,  con unas ganas infinitas de mover Chile en trazabilidad ambiental.  Creemos incluso que Tironi debe volver a releer sus estudios sobre entropías sociales, las caras de la discriminación social en Chile, empaparse de civilidad para averiguar que buscan esos jóvenes que evalúan mal a la Concertación y que, a la vez, son parte de la sociedad aspiracional que Tironi intuyó y después desoyó con sus discursos, estilos y candidatos. Aburre el orden, envilece, banaliza e idiotiza. Tal vez eso mató a la Concertación, su obsesión por el orden que tan bien representó Escalona.  Esta pendiente aún, escribir Los Silencios de la Concertación.

Tironi es ingenioso con las frases; declaró el fin de la transición, apoyó el liberalismo, redescubrió el Estado, defendió a Frei, fustigó a los díscolos, después criticó a Frei…

Estamos dispuestos a reescribir esa historia no contada  de la Concertación: su estrepitosa y anunciada caída. La escribiremos los independientes que rompimos con los partidos y dirigentes que intentaron dar el giro reformador pero que, sufrieron en carne propia, y sucumbieron ante el poder implacable del Estado y de los aparatos partidarios, pagando caro su intento por transformar la coalición del No. Hoy está nuestro amigo Gonzalo Martner como testigo ocular, y víctima, de la ferocidad  del aparato, que no quiso escucharlo y que abortó su intento transformador.

Aquí va el obituario de lo que no se quiso hacer: reforma tributaria en serio (se siguió con una carga tributaria del 17-18% similar a la del último año de la dictadura);  se abandonaron a los intelectuales críticos y se ensalzó al operador; no se quiso descentralizar y se fortaleció al parlamentario como señor feudal,  se toleraron redes y personajes recurrentes en prácticas de corrupción,  hubo pasión por lo asistencial y no por la transformación productiva,  no se cumplieron los acuerdos con el mundo ecologista, se instituyó la junta liderada por los jefes de los partidos oficialistas despreciando minorías, se negó las primarias inclusivas en las municipales y en la presidencial, se fustigó y expulsó a disidentes; Por último, nunca, a pesar de nuestro “alegato histórico”, se quiso elegir a los Intendentes, y hoy, cuando se ha perdido el poder ejecutivo central, pagamos caro el no tener autoridades regionales que hagan contrapeso al poder total del gobierno. Los resultados de la Casen, tan discutidos estos días, y un poco antes el terremoto, volvieron a cuestionar la función y el papel del Estado centralista y autoritario.

Los avisos fueron múltiples; ya el año 96’ nos tocó advertir la profunda corrupción con los contratos de la basura que comenzaba a incubarse en el seno de la coalición;  Moulián describió los vacíos sociales del Chile moderno en su Anatomía de un Mito; los autoflagelantes (entre ellos el propio Carlos Ominami) pidieron cambio de rumbo tras el bajón electoral de las parlamentarias de fines del 97’ y la casi derrota de Lagos ante Lavín el 2000; luego cuando comenzaron a surgir voces que pedían cambios se acalló a las disidencias de los partidos, todo esto a pesar de la pérdida de mayoría en ambas cámaras, la derrota en diez de las quince capitales regionales. No se escuchó, se apostó con soberbia por la obra bien hecha, las políticas contra la extrema pobreza, la popularidad de la Presidenta Bachelet. En fin, la suma es larga.

La idea no es quedarse en el pasado, ni hacer catarsis permanente. Pero la historia reciente pervive y sigue predominando una retórica sin autocrítica profunda, se percibe en la Concertación una incapacidad para no discutir la derrota, sanar y cerrar un ciclo, dando paso a una nueva agenda y  nueva coalición, en que el entendimiento y la nueva  síntesis con PRO, la izquierda extra parlamentaria, movimientos ecologistas, regionalistas  y nuevas generaciones sean eje articulador por reinventar Chile, a menos que estos dirigentes quieran que Chile tenga una larga ola conservadora. En política no basta con decir que somos más justos, hay que ganárselo en la calle y de cara a la ciudadanía.

Hay que machacar para entender y reinventar, ser críticos e inclusivos, sin miedo, invitando a Tironi a no jubilarse (ojala sí, de ciertos lobbys) y recuperar las ganas para transformar Chile y acabar con el autoritarismo y la pobreza. Las izquierdas eligen gobiernos regionales; es posible pactar con la DC sin que pierda su identidad y sin que ella vete debates y definiciones; es viable imaginar grandes debates sobre el futuro de nuestras ciudades, en que una nueva coalición de centro izquierda integradora capture la imaginación de las nuevas generaciones, re- entusiasme a los viejos luchadores y seleccione su programa y candidatos, con la competitividad que lo ha pedido Marco Enríquez-Ominami y PRO.

Es tiempo de transformación y ello implica la elaboración de diagnósticos, duros y francos, cerrar estilos y ser audaces, reconocerse minoría para poder convocar a otras minorías para construir una nueva mayoría progresista. Andar por la vida enojados siempre, culpando a otros de la propia derrota, llamando a renovarse desde las mismas ópticas del orden y no de la reforma, son el opio del tiempo que ya se fue. Por último, una recomendación humilde y serena, volver a los barrios a empaparse de “ciudadanía de carne y hueso”, de esa que sufre la “macro política”, que todavía anda de pie, que ve que estos cuatro años pueden ser decisivos para reconstruir una centro izquierda moderna, audaz, que no sea tímida en su necesaria reinvención, que se la juegue por cambiar Chile en los valores de la fraternidad.

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