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El humor para la educación

por 22 julio 2010

La planificación de una clase puede enriquecerse y liberarse de su rigidización inicial, con la disposición actitudinal de un profesor que sabe reírse de sí mismo y que es capaz de utilizar la caricaturización como estrategia de enseñanza.

Hemos escuchado estos días, a propósito de parodias televisivas que han generado cierta polémica, que el humor tendría sólo el propósito de divertir  y que, por lo tanto, la generación de tensión se alejaría de sus límites u objetivos. Circunscribir el humor y el chiste a la diversión, podría limitar sus alcances comunicacionales, de intercambio social y, más fundamentalmente, sus implicancias formativas para la educación. ¿Qué se entiende, entonces, por chiste y cómo se producen sus efectos?

Diversas técnicas -de condensación, desplazamiento, la acepción múltiple del material y el doble sentido, entre otras- se disponen para generar una situación cómica o humorística que expresa aquello que no nos atrevemos a expresar por otras vías ya que está distante de otros tipos de saber más racionales o susceptibles de estructuración lógica y, consecuentemente, pueden ser censurados por el deber-ser. El chiste se produciría como tal cuando logra generar un efecto imprevisto, original y, al mismo tiempo, profundamente familiar y cercano.

La planificación de una clase puede enriquecerse y liberarse de su rigidización inicial, con la disposición  actitudinal de un profesor que sabe reírse de sí mismo y que es capaz de utilizar la caricaturización como estrategia de enseñanza.

Nos reímos de aquello que nos resulta tan absurdo como cierto y tan impropio como verdadero. No alcanzamos a evaluar el impacto del chiste, sino que éste se nos impone y nos conecta casi automática e imperceptiblemente con la risa y el asombro. Lo profundamente genuina de la carcajada y, las asociaciones posteriores que genera, puede disparar diversos tipos de pensamiento alternos de naturaleza divergente, creativa e innovadora.

¿Cómo se puede aprovechar el potencial del humor para la educación? A trabajar con los estudiantes en el aula  se despliega una planificación que se realiza previamente con bases en la didáctica y en la pragmática educacional. No obstante, los momentos claves suelen ser aquellos en que algo “interfiere” en la pauta y la impacta “desordenándola”. Cuando el profesor -a propósito de un manejo que revela apropiación de los contenidos y de la “materia” que constituye el guión de la clase- se sale de esta planificación aprovechando su espontáneo caudal asociativo de fuente propia, al modo de un diálogo interno, o gatillado por las preguntas, inquietudes, desconcentración o “ruido” de uno o más de sus estudiantes, de fuente externa. Aquel docente que aprovecha esas instancias ocasionales, sin permitir que se le escapen, y puede detenerse, complementar y/o re-orientar lo planificado, sabe del valor del chiste y de la situación humorística en la generación de aprendizajes de mayor permanencia y profundidad que sus estudiantes pueden incorporar y utilizar en la vida cotidiana.

Un paso adicional lo constituye aprender a reírse de lo propio- errores, muletillas o impasses que se ocasionan en el aula- al cambiar una palabra o enredarse con las fechas, decir buenas tardes en lugar de buenos días, perder el hilo, aludir a su propia dislexia, etc. La planificación de una clase puede enriquecerse y liberarse de su rigidización inicial, con la disposición  actitudinal de un profesor que sabe reírse de sí mismo y que es capaz de utilizar la caricaturización como estrategia de enseñanza. Más que imponer restricciones a estas estrategias aludiendo a atentados a la disciplina y a la autoridad, y más que responder con molestia, desagrado o franco enojo frente a este tipo de escenas habituales en el escenario educacional, parece conveniente preguntarse por el impacto que genera en nosotros como formadores y recoger de esa ineludible identificación, total o parcial, enseñanzas para el proceso formativo con nuestros estudiantes.

La planificación de una clase puede enriquecerse y liberarse de su rigidización inicial, con la disposición  actitudinal de un profesor que sabe reírse de sí mismo y que es capaz de utilizar la caricaturización como estrategia de enseñanza.

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