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El gordismo a la chilena

por 30 julio 2010

El gordismo a la chilena
La insólita popularidad que cosecha Bachelet, ratificada en la CEP conocida ayer, se acerca peligrosamente a los niveles del fanatismo. De ningún otro mandatario de los últimos lustros se ha dicho lo mismo. Al igual que a Maradona, a nuestra ídola también se le perdona todo. Atacar a Bachelet constituye casi un sacrilegio político. Quienes lo han intentado, reciben un alud de pullas y funas. Si a eso le sumamos su rol de madre y mujer, es doblemente impenetrable.

“El fanatismo en Argentina por Diego Maradona sobrepasa los límites del fútbol. Es una forma de vida. Y se llama, sencillamente, el gordismo”, escribió hace poco el periodista y poeta trasandino Fabián Casas. El ex técnico de la selección albiceleste retornó a Buenos Aires con pocas razones para celebrar luego de la goleada propinada a Argentina por Alemania en Sudáfrica, pero sus compatriotas lo recibieron en las calles con vítores y aclamaciones. Nos ha regalado tantas alegrías -como recordó la mismísima Señora K- que no queda más que declararse eternamente agradecido. Es que, como sabemos, a los ídolos se les perdona todo. La crítica queda relegada al rincón de las almas grises y mezquinas. En lenguaje político, respetar un ídolo es blindarlo.

Michelle MaradonaLa idolatría se parece mucho a la popularidad, pero no es lo mismo. Mientras la primera no entiende razones, la segunda es susceptible de un par de vueltas. En Chile, recordemos, al ex presidente Ricardo Lagos se le auguraba una corta temporada fuera del poder. Sus cifras de aprobación al dejar La Moneda eran altísimas. Pero empezó a caer el día en que se transformó en un ciudadano corriente y su administración comenzó a escrutarse con rigor e intencionalidad. Entre EFE y Transantiago, los chilenos perdieron lealtad a la figura señorial de Lagos.

¿Podría ser la CASEN el Transantiago de Michelle Bachelet? ¿Podrían los chilenos cobrar su decepción en el gigantesco capital político de la ex Presidenta? Muy difícil. La insólita popularidad que cosecha Bachelet, ratificada en la CEP conocida ayer, se acerca peligrosamente a los niveles del fanatismo. De ningún otro mandatario de los últimos lustros se ha dicho lo mismo. Por mucho que los empresarios hayan “amado” a Lagos, solo a Bachelet le cabe el apelativo de superstar. Al igual que a Maradona, a nuestra ídola también se le perdona todo. Atacar a Bachelet constituye casi un sacrilegio político. Quienes lo han intentado, reciben un alud de pullas y funas. Si a eso le sumamos su rol de madre y mujer, es doblemente impenetrable.

La explicación tiene mucho que ver con la percepción ciudadana de que “ella no tiene la culpa” de las cosas nefastas que ocurren a su alrededor: la Concertación podrá ser un pozo séptico, pero Bachelet sigue siendo una flor perfumada.

El “gordismo” chileno tiene algo parecido al argentino. La raíz común del gordismo es el fanatismo corporativo, desproporcionado y cómplice. Los resultados de Maradona podrán haber sido ser magros o deficientes, pero nada de esto parece ser decisivo para suplicarle que se quede. Lo importante pasa a ser su capacidad genuina de representar el alma escapista y la idiosincrasia exuberante de una nación. A este lado de la cordillera, algo similar ocurre con Bachelet: aunque las cifras nos entreguen el dato indesmentible de que bajo su mandato Chile creció menos que bajo sus antecesores concertacionistas, pocos la identifican como responsable de esa mala noticia; aunque nos enumeren un sinfín de entidades no gubernamentales de centroizquierda abiertamente beneficiadas por la discrecionalidad de su administración, decir algo al respecto es digno de vampiros; y aunque nos enteremos del triste aumento de los índices de pobreza y aumento de desigualdad durante su gestión, es poco probable que Bachelet pague la cuenta. La explicación tiene mucho que ver con la percepción ciudadana de que “ella no tiene la culpa” de las cosas nefastas que ocurren a su alrededor: la Concertación podrá ser un pozo séptico, pero Bachelet sigue siendo una flor perfumada. Tal como le sucede a Maradona, la gente separa la realidad de la figura que han idealizado. No se ha inventado en política un mejor antídoto contra el desgaste, la denuncia o la competencia.

A favor del gordismo chileno vayan algunas distinciones. Nuestro fanatismo es menos delirante, colorido y aparatoso que el argentino. El gordismo de estos parajes es un tanto opaco, más serio y con los pies en la tierra. Por eso la ex presidenta Bachelet no tiene asegurado su regreso al poder. Aunque sería el mejor negocio de la Concertación seguir usando su expectante posición para evitarse esas imperativas reflexiones y autocríticas que tantos heridos dejan y tanto coraje requieren, es también una sana posibilidad que los chilenos no la quieran de vuelta en La Moneda. Que la prefieran atesorar en estampitas o prenderle velitas, o consagrarla como reina madre de un país más humano como aquel que nos gustaría ser. El gordismo político requeriría dividir la institución presidencial en dos: ungir a Bachelet como Jefa de Estado, mientras otro hace la pega de Jefe de Gobierno y le pone el pecho a las balas cada vez que arrecie la crítica o la turba exija responsabilidades. Pero no a ella… a los ídolos no se les pide eso.

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