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El esteticismo de Piñera

por 14 octubre 2010

El esteticismo de Piñera
Hemos asistido –porque gentilmente hemos sido invitados- a una “obra” que tiene un autor –el Presidente; con unos “protagonistas” –el Presidente y los mineros; con un director de escena –el Presidente de nuevo; y con un comentador (como cuando uno ve una película con los comentarios del Director) que es el mismo Presidente.

El Presidente Piñera no ha hecho nada que no lo hubiese obligado la ley. Desde ese punto de vista no hay nada de extraordinario en su cometido frente a la desgracia de los mineros y es una virtud –en todo caso- nada de despreciable cumplir con el deber que impone lo ordinario, el cotidiano (esto ya lo sabe cualquier Opus). Ha cumplido ante la ciudadanía y por sobre ella al mandato de la ley. Ha mostrado la posibilidad de un Estado y de un gobierno con una capacidad de gestión eficiente. Sin miramientos en el gasto de millones de dólares por salvar la vida de sus ciudadanos, puesta en peligro por la empresa privada y por la ineptitud de la regulación estatal. Es lo deseable de cualquier Presidente.

Además, ha sido evidente que el Presidente Piñera ha cumplido ante su propia moralidad impregnada de religiosidad.Podríamos decir entonces que ha cumplido en lo público y en lo privado. ¿Quién le puede reprochar algo entonces? Nadie. Con eso ha cumplido. Y de forma excelente. Sin embargo, en los hechos, hace tiempo que la política no tiene que ver con la moral, y menos, con una epistemología de la razón.

La Concertación lo está dejando con sus minutos de fama, pues seguro hubiesen hecho lo mismo (aunque podríamos dudarlo en cuanto a la eficiencia; hubiesen enviado un proyecto de ley para solicitar al ministro de Hacienda una adenda al presupuesto para gastar los 10 millones de dólares del rescate, etc.)

Gustaba decir al historiador J. Burckhardt, que desde y con Machiavelo se inició la estetización de la política. El hombre de Estado no tendría por ambición el transformar a  los ciudadanos en más justos o morales, sino solamente la ambición de crear una forma política (una “obra”) en la que el sentido de los valores son menos morales que estéticos. El Estado es un artificio maravilloso por su complejidad, pues es una organización que testimonia el poder, la creatividad y la violencia de un hombre, de un jefe, de un creador. La conservación de esta creación no es sino el desafío para la energía, la habilidad, el coraje y la voluntad del hombre de excepción que es el político. Él manifiesta y da testimonio por lo tanto de que “su” virtud es la más suprema de las habilidades. El político no es sino –termino la referencia al Machiavelo de Burckhardt - un artista amoral.

Hoy en Chile tendríamos la tentación de usar la palabra “farándula” para calificar en lo que se transformó el rescate de los mineros y en usar la palabra “faranduleros” para adjetivar a quienes se metamorfosearon en protagonistas. Pero no es una buena palabra, pues esconde la complejidad de todo el fenómeno que hemos visto u oído. Ayer, por ejemplo, en el almacén de la esquina, su dueño estaba viendo la TV. con mute y escuchando muy fuerte la radio Cooperativa, “es más entretenido que el Amaro” me dijo. Si bien es cierto que la llamada “farándula” aliena, aquí estamos asistiendo más bien a una completa estetización de la política.

Hemos asistido –porque gentilmente hemos sido invitados- a una “obra” que tiene un autor –el Presidente; con unos “protagonistas” –el Presidente y los mineros; con un director de escena –el Presidente de nuevo; y con un comentador (como cuando uno ve una película con los comentarios del Director) que es el mismo Presidente; no perdiendo la oportunidad de decirnos a propósito de cualquier pregunta de los periodistas o mirando la cámara de reojo que es así como se debe de actuar ¿Cómo? como él lo hizo. No perdió la oportunidad de adelantarnos las moralejas y de avisarnos que vienen más “obras”.

En realidad, hemos asistido a una “obra privada”, porque es “suya”, del Presidente, y nadie se la va a quitar. Y no sé si alguien tenga la valentía de querer hacerlo. La Concertación lo está dejando con sus minutos de fama, pues seguro hubiesen hecho lo mismo (aunque podríamos dudarlo en cuanto a la eficiencia; hubiesen enviado un proyecto de ley para solicitar al ministro de Hacienda una adenda al presupuesto para gastar los 10 millones de dólares del rescate, etc.). Y la ex–izquierda extra-parlamentaria por ahí ha dicho algo de los derechos de los trabajadores. Y esto es así porque todos asumen que esto –la obra, la gesta, el rescate- es “del” Presidente.

Sé que a muchos les molestan los giros de Jean Baudrillard, pero termino con una cita de su magnífico libro El otro por sí mismo, porque tampoco hay que ser ingenuos en el tipo de “obra” en cuestión con este esteticismo de Piñera: “Hoy, ni escena ni espejo, sino pantalla y red. Ni trascendencia ni profundidad, sino superficie inmanente del desarrollo de las operaciones, superficie lisa y operativa de la comunicación”.

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