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Tirúa, tan bella y tan pobre

por 30 octubre 2010

Fue como si pasara un tren, dice un pescador. Como si se rompieran muchas ramas secas al mismo tiempo, miles, de una sola vez, recuerda. Volaron los techos, se cayeron los muros, los ahorros, las pertenencias de una vida entera se fueron con la corriente de aguas turbias.

Segundo Ancalao, con profundos surcos desde la frente hasta el mentón, tiene 62 años, seis hijos, tres nietos. Hace unos meses, no recuerda bien cuándo, sacó a su mujer, enferma de la vesícula y el páncreas, en una carreta de bueyes. Ella, acalambrada por los dolores, cansada, sujetándose a la vida como lo había hecho tantas veces, de pie o sentada, dormida o despierta. No fue fácil: el camino está escondido entre los cerros, es de tierra, más bien de barro, y se sube y se baja y se dobla y se tuerce como todos los caprichos, como todas las sorpresas de la naturaleza.

Son pocos los que llegan a la casa de Segundo. Son pocos los que llegan a las casas, que ni siquiera son casas sino chozas, una pieza, una ruca que no merece ser llamada vivienda. Como telón de fondo, los cerros verdes, de intensos verdes, cubiertos de eucaliptos, de pinos, los árboles cuyos nombres no conozco pero cuya fragancia se impregna en mi pelo por días. El bosque baja y cae hasta el mar, casi de rodillas, para hundirse en la arena clara.   

Fue como si pasara un tren, dice un pescador. Como si se rompieran muchas ramas secas al mismo tiempo, miles, de una sola vez, recuerda. Volaron los techos, se cayeron los muros, los ahorros, las pertenencias de una vida entera se fueron con la corriente de aguas turbias.

Tirúa. Tierra mapuche, en el corazón de la Araucanía, colmada de bendiciones y maldiciones. Tierra de contrastes. Quiere decir lugar de encuentros en mapudungun. Es la tercera comuna más pobre de Chile. En total son unas 10 mil 500 personas, el 85 por ciento es mapuche. Comparten la belleza del paisaje y la pobreza. Ambos lo dejan a uno sin aliento. Una miseria impresentable, inexplicable, indigna. La comuna ocupa uno de los primeros lugares en el ranking de cifras tristemente célebres (la región del Bio Bío posee seis de las comunas más pobres del país). Tiene un 12 por ciento de analfabetismo en las zonas rurales y un 34 por ciento en las comunidades mapuche (72 por ciento entre las mujeres) y la escolaridad promedio, según la encuesta Casen 2006, es de 7,5 anos. La población indigente es la más alta de la provincia de Arauco, con un 15.6 por ciento. No tiene un hospital, solo un consultorio en el sector urbano y seis postas en el área rural. Ni siquiera figura en el GPS de un automóvil.

Eliacer Antonio Liempy Huenupil tiene 14 años y sufre de enanismo. Camina con dos tablas precarias bajo sus axilas, a falta de muletas. Habla en monosílabas y mantiene la mirada en el suelo. Hace tiempo que no va a la escuela porque el chofer del furgón que recoge a los niños no se atreve a entrar por esos caminos. Todo indica que se quedaría atrapado en el lodazal. La madre de Eliacer sufre de la misma condición. Sentada sobre un piso bajo, casi a ras de suelo, está paralizada por dolores severos. No tiene calmantes, ningún remedio que le alivie los calambres, hasta acá hace tiempo que no viene ningún médico, explica con la voz entrecortada, mientras se le caen las lágrimas. Al lado de la estufa a leña, dos cebollas. Más nada.

Tirúa. Donde la vida se encuentra con la muerte. Como si el castigo no fuese suficiente, la comuna se liberó de su ira y se sacudió iracunda con una feroz pataleta, en la madrugada del 27 de febrero, cuando el verano llegaba a su fin y la pesadilla recién comenzaba. Cuarenta minutos más tarde, el mar se retiró, primero, y se abalanzó después, arrastrando consigo lo que encontró a su paso, desenfrenado, ancho, revuelto, vociferante. Fue como si pasara un tren, dice un pescador. Como si se rompieran muchas ramas secas al mismo tiempo, miles, de una sola vez, recuerda. Volaron los techos, se cayeron los muros, los ahorros, las pertenencias de una vida entera se fueron con la corriente de aguas turbias. La gente arrancó a los cerros y no fueron pocos los que se resistieron a bajar, pese al transcurso de los días, con la certeza en el pecho de que habría que empezar todo de nuevo.                             

El mar está ahora quieto, profundo en su silencio. Avergonzado. Como una forma de reparar el daño, ola tras ola, vuelve a ofrecer locos, erizos, róbalos, lenguados, reinetas y corvinas a los pescadores que, poco a poco, han vuelto a tirar sus redes, y han partido mar adentro con botes y motores nuevos. Entre la espera y la esperanza. Como la de Segundo, la de Eliacer, la de tantas y tantos.

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