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Más matemáticas y menos historia

por 26 noviembre 2010

Otro gran tema es la superación de las ideologías que predican la ausencia de disciplina en los establecimientos escolares. Años de malabarismo lingüístico han quitado el respeto a la tarea educativa y han consagrado un permanente desprecio a los maestros, lamentablemente, los culpables no son pedagogos y sí los son, ya no ejercen.

La iniciativa dada a conocer la semana pasada por el ministro de Educación, Joaquín Lavín, de aumentar el número de horas de clases de Matemáticas y de Lenguaje y Comunicación para los alumnos entre 5º Básico y 2º Medio, podría haber sido una excelente noticia para el país. Sin embargo, el que se deban sacrificar las horas de Historia y Ciencias Sociales para llevar adelante la medida, la hace parecer absurda, en especial, cuando se anuncia en el histórico año del Bicentenario. Causa más extrañeza que el ministro haya dicho que los colegios que así lo deseen pueden conservar las horas de Historia y de Ciencias Sociales. Es decir, para aumentar las otras dos asignaturas no habría sido necesario disminuir otras.

Observaciones de carácter técnico se han comenzado a hacer, desde el Presidente de la Academia Chilena de la Historia, los decanos de Educación y de Historia de las facultades formadoras de pedagogos en esa especialidad, los profesores, los estudiantes y los ciudadanos en general. Por lo mismo, aquí soslayaré ese debate. Hay otras cuestiones tanto o más importantes que los bajos resultados en matemáticas y castellano –porque en el fondo esta es la justificación del cambio de destino de las horas de clases– del que tales resultados no son más que indicadores.

Otro gran tema es la superación de las ideologías que predican la ausencia de disciplina en los establecimientos escolares. Años de malabarismo lingüístico han quitado el respeto a la tarea educativa y han consagrado un permanente desprecio a los maestros, lamentablemente, los culpables no son pedagogos y sí los son, ya no ejercen.

Una de esas importantes cuestiones es la naturaleza del modelo educacional de Chile. El fin de la educación pública y su traslado a las municipalidades nunca fue evaluado. Se ha justificado la medida a partir de la ideología de la subsidiariedad que debilita todo rol del Estado, pero que la dictadura exageró es evidente, pues Chile es el único país del mundo sin ninguna escuela estatal en el continente (la única está en la Antártida). Parece extraño. La Concertación dejó las cosas tal cual, pues antes que asumiera el primer gobierno democrático, sus “think tanks” sostenían que el modelo municipal en curso conduciría al fracaso y hacía inviables a las municipalidades. Por otra parte, las afirmaciones que se escuchaban en los pasillos del poder en ese tiempo, simplemente indicaban que la municipalización correspondía a una estrategia de atomización del poder para diluir las responsabilidades y esquivar los reclamos (¿Qué se le puede pedir a un ministerio que no tiene facultades? ¿Es posible reclamar colectivamente ante un poco más de 300 municipios?).

El jefe de la educación municipal es el alcalde y hemos tenido alcaldes cultos, inteligentes y con sentido de estadistas locales, pero también ha habido alcaldes analfabetos, ignorantes y con cierto déficit intelectual (como uno en la Región Metropolitana que era un “hombrecito” que acarreaba bolsas de compras desde el carro hasta el auto, que vivía de las propinas y que cuando estaba flojo el trabajo hacía de bufón para que los taxistas se rieran de él). Así las cosas, es alta la probabilidad que en muchas municipalidades las decisiones sean tomadas por algún funcionario menor que trata de cuadrar cuentas antes que preocuparse de la educación. De no abordar el tema de la radicación de las escuelas públicas en las municipalidades y corregir los errores que de esto se desprenden se logrará muy poco y seguiremos despilfarrando los recursos de nuestros impuestos.

Otro gran tema es la superación de las ideologías que predican la ausencia de disciplina en los establecimientos escolares. Años de malabarismo lingüístico han quitado el respeto a la tarea educativa y han consagrado un permanente desprecio a los maestros, lamentablemente, los culpables no son pedagogos y sí los son, ya no ejercen. La desconfianza al colegio, a sus actividades y quienes allí trabajan es como un virus que enferma inexorablemente a los profesores.

Pero hay un tercer tema que es de la mayor gravedad: la desvalorización de algunas pedagogías y su posterior extinción. La última reforma destruyó la pedagogía en francés y lanzó miserablemente al desempleo y al reciclamiento laboral forzado a muchos de los profesores de esa noble lengua, al tiempo que se proclamaba por los enterradores de esa profesión su devoción a la diversidad cultural y al interculturalismo. Era sólo una mentira clasista, ya que por debajo se argumentaba que cuándo iban a conocer Francia y su cultura los estudiantes pobres, los otros podrían tomar cursos de ese idioma pues podían pagárselos.

Nadie dijo nada, los profesores de francés fueron silenciados y hoy tal vez no haya ningún colegio municipal con clases de ese idioma.

¿Para qué historia y ciencias sociales? ¿Es que acaso no vale la pena saber el lugar de nuestra sociedad en la historia universal? ¿Carece de interés el papel que podríamos jugar –aún los pobres- en las instituciones nacionales o en la misma historia de Chile y de la humanidad? ¿La educación cívica es una materia menor o debería ser un derecho? El desprecio por la historia y las ciencias sociales oculta un desprecio por el humanismo, es un ligero desprecio por las ciencias en nombre de la técnica, porque no nos engañemos, el lenguaje no es una ciencia y las matemáticas que se espera que nuestros niños aprendan es una vulgar técnica (“hay que hacer más ejercicios”, dijo una autoridad, no dijo que hubiera que pensar matemáticamente).

Sin duda es una buena medida aumentar las horas de esas asignaturas privilegiadas, pero achicar otras entraña varios peligros, como seguir botando el dinero, disminuir el poco conocimiento cívico, y matar una profesión. Sinceramente espero que no se pretenda alcanzar un bien mediante un mal, no sólo ello hablaría mal de la lógica sino de la ética, pues de un mal nunca se sigue un bien.

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