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La educación como excusa para un debate pendiente

por 28 enero 2011

La educación como excusa para un debate pendiente
La negociación de la Concertación de la “reforma educacional” propuesta por Lavín sirvió de telón para un debate estratégico no solo pendiente, sino también sin solución unitaria posible en la Concertación e incluso dentro de sus partidos. Basta recordar las frases que los parlamentarios opositores levantaron en torno a la negociación para reconocer que poco había ahí sobre educación.

La negociación de la Concertación de la “reforma educacional” propuesta por Lavín sirvió de telón para un debate estratégico no solo pendiente, sino también sin solución unitaria posible en la Concertación e incluso dentro de sus partidos. Basta recordar las frases que los parlamentarios opositores levantaron en torno a la negociación para reconocer que poco había ahí sobre educación. Desde Escalona acusando a Ignacio Walker de “parecer un asesor de Lavín”, Lagos Weber congratulándose  por el precio conseguido, los radicales defendiendo el eslogan de la educación pública, hasta el mismo Walker avisando que no forzaría a nadie “a irse ni a quedarse”. Por si no fuera suficiente, el Diputado Aguiló renunciaba al Partido Socialista criticando su escaso compromiso con la educación pública, para sumarse a la articulación que lidera Jorge Arrate, otrora el ministro de educación que promulgó el financiamiento compartido, probablemente la política pública más regresiva desde el ´90, no solo en lo educativo.

La discusión por el acuerdo Concertación-Lavín marcó un debate de mucho más largo aliento: la Concertación no ha decidido el lugar que espera ganar en la cabeza de los electores. Extremando un poco las posiciones, mientras para Ignacio Walker el posicionamiento ideal pasa por entender que la oposición crece en la medida que alcanza acuerdos con el gobierno; en el otro rincón, los “sanitarios” afirman que la oposición crece rechazando lo que hace el oficialismo, incluso cuando el gobierno repite lo que la misma Concertación hizo antes.

Entre ambos polos hay una multitud de posiciones que permitirán la formación de mayorías y minorías en cada circunstancia. El problema radica en que mientras no se reconozca que los debates no versan solo sobre una política pública en específico, sino sobre un diferendo político estratégico mayor, las fracturas serán cada vez más sonoras. Ya tuvimos una muestra contundente.

La Concertación debe asumir que en este trance histórico la resolución de sus dilemas está muy lejos de un cambio de nombre o de culpar a Piñera por dividirla. Lo primero es sincerar que un instrumento político adecuado para un tiempo específico, no tiene por qué seguir siéndolo por toda la eternidad.

Pero explicitar las posiciones es solo una parte. La otra es asumir que el acuerdo no va a ser posible, o al menos no siempre. Y que eso no tiene por qué ser malo. A diferencia de ayer en que el compartir el poder y sus responsabilidades –la obra de gobierno–  lo hacía imperativo, en una oposición pueden convivir varias oposiciones y pegarse duro entre sí, mientras traten de encontrar la fórmula que les permita  levantar alternativas electorales unitarias y, en el mejor de los casos, procesar sus desacuerdos de manera relativamente institucionalizada.

Para que sea posible esa oposición plural y dialogante, lo primero es que la Concertación asuma que en este trance histórico la resolución de sus dilemas está muy lejos de un cambio de nombre, de culpar a Piñera por dividirla, o de invitar a los alcaldes a sus reuniones (saludable, por cierto). Lo primero es sincerar que un instrumento político adecuado para un tiempo específico, no tiene por qué seguir siéndolo por toda la eternidad. Si incluso en el Congreso la capacidad articuladora de la Concertación está reducida toda vez que los parlamentarios opositores no-concertacionistas ya superan la representación del menor de los partidos de la coalición. Del mismo modo, la articulación de la oposición exigirá que en los espacios de diálogo PC y PRO se sienten a la mesa en calidad de pares. Parece plausible pensar que en el único lugar donde son claramente menos que el PRSD es en el Congreso. No es poco, por cierto.

Finalmente, lo electoral. Las elecciones municipales deben ser el escenario donde esta oposición plural se ponga en escena compatibilizando unidad y diversidad. Tal como se hace imprescindible realizar primarias para presentar un candidato único opositor a las alcaldías donde la oposición tiene posibilidades de ganar, sería absurdo inhibir la competencia de fuerzas a nivel de concejales en todo el país y en aquellas alcaldías donde el oficialismo tiene ganada la carrera. Si hay algo que le falta a la oposición son liderazgos.

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