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Amistades sublimes

por 1 marzo 2011

Amistades sublimes
Gadafi se había convertido en un verdadero paradigma de la neo-izquierda porque presumía, por una parte, haber “domesticado” a las corrientes integristas islámicas, adaptándolas a su modelo revolucionario, y, por otra, haber alcanzado un modus vivendi razonable con Washington en un marco que parecía justo.

La tremenda implosión que viven algunos países árabes puede y debe ser leída desde muchas perspectivas. Como una secuela más del colonialismo, como causa del alza de los precios de los combustibles, como nuevas piezas de los cambios geopolíticos que se avecinan o centrarse en esas típicas cuestiones anecdóticas de los hombres fuertes y que le ponen salsa y pimienta a las aproximaciones históricas.

Mirado desde América Latina, lo más gravitante es la arista política, especialmente la del impacto que tendrá la caída de Gadafi en aquellos sectores que vienen apostando desde hace décadas al derrumbe del capitalismo mundial. Para los que cultivan un discurso anti EE.UU., el coronel libio era un líder mucho más querido de lo que parece a primera vista. Y es que no sólo la izquierda chilena admiraba su peculiar sistema socialista “de base”, al Jamairiya.

Se trataba de una figura revolucionaria, algo bizarra, se admitía, pero capaz de mantener, pese al paso de los años, muy vivo aquel espíritu original de la lucha anticolonial, y se mostraba sorprendentemente acorde al mundo de hoy. Por estas razones, hasta hace escasos días, las izquierdas mexicana, cubana, chilena, argentina etc., hacían una clara distinción entre Gadafi y los demás líderes árabes. Especialmente con Hosni Mubarak, a quien despreciaban. Aunque éste había estudiado en Moscú en los sesenta y había tenido alguna cercanía con el ya mitológico líder anticolonialista egipcio, Gamal Abdel Nasser (por haber sido mano derecha de Anwar el Sadat, a su vez el más estrecho colaborador de Nasser por más de 15 años), la izquierda nunca le perdonó su giro “hiper-realista” frente a Israel. Ese paso, tan significativo para la paz en el Medio Oriente,  e iniciado por Sadat, terminó divorciando a los herederos de Nasser del pensamiento de izquierda. Con las primeras manifestaciones en contra de Mubarak, muchos izquierdistas latinoamericanos se frotaban las manos carraspeando “¡así terminan los traidores!”.

Gadafi  gozaba ante todo de sus tertulias con Hugo Rafael. Ese hombre de los llanos venezolanos que lo visitó seis veces, que hasta hace pocos días se jactaba de ser gran amigo y que le solía arrancar risotadas. Para Gadafi era un excelente alfil en su afán de molestar un poco más al imperio.

Gadafi también era considerado distinto a Zine al Abidine Ben Alí, el derrocado Presidente de la vecina Túnez. Ben Alí es recordado por los socialistas árabes como un ser tan despreciable como Mubarak, pues después de haber hecho toda su carrera política como secretario de Habib Bourgiba - por muchos años Vicepresidente de la Internacional Socialista- , lo sacó sin más del poder, en común acuerdo con los servicios de inteligencia europeo occidentales, especialmente el SISMI italiano. Hoy ya casi nadie quiere recordar que Bourgiba le tendió la mano al gran barón del PS italiano, Bettino Craxi otorgándole asilo cuando lo requirió la Justicia romana y milanesa para clarificar el origen de ciertos movimientos de dineros hacia América Latina y Medio Oriente. Ben Alí se alejó de todo cuanto fuera familiar a Bourgiba.

Pero más aún, Gadafi se había convertido en un verdadero paradigma de la neo-izquierda porque presumía, por una parte, haber “domesticado” a  las corrientes integristas islámicas, adaptándolas a su modelo revolucionario, y, por otra, haber alcanzado un modus vivendi razonable con Washington en un marco que parecía justo. Más sorprendente aún parecía el logro de sus hijos, quienes se veían muy compenetrados con las lógicas occidentales de negocios; lucían prósperos y exitosos en rubros tan distintos como el balompié italiano y los hidrocarburos.

Gadafi mantenía un toque trasgresor que lo hacía inmensamente carismático ante una izquierda latinoamericana marcada por el sentimiento anti-establishment. Así entonces, trasladarse con monumentales carpas durante sus visitas al extranjero, ser dispendioso con las causas más extrañas y lejanas, día y noche rodeado de sus esculturales guardaespaldas (todas vírgenes, supuestamente) y un sinfín de otras excentricidades “aceptables”, lo convertían en un auténtico modelo de líder izquierdista adaptado cien por ciento a las nuevas épocas. Local y cosmopolita a la vez. Tradicionalista e innovador, simultáneamente. Capaz de promover las acciones terroristas más sangrientas sin perder la fuerza de estadista. Viejo y joven en una sola persona. Anti-imperialista a toda prueba y capaz de relacionarse y ganarse el respeto de toda clase de magnates.  ¿Quién había obtenido tamaños logros después de terminada la utopía soviética?, ¿Qué más se podría pedir en un mundo tan complejo y mercantilizado como el de hoy?

Gadafi era distinto a todos.  Entendía las causas revolucionarias de todo el orbe. Era generoso con quien quisiera cambiar el mundo y el dinero salía a raudales desde su Fundación para los Derechos Humanos, que -elemental- no tenía sede en Trípoli sino en Suiza (a prudente resguardo de tentaciones y de subalternos), entregando la nada despreciable suma de 250 mil dólares (estadounidenses, no de Zimbabwe, obviamente) a grandes líderes revolucionarios del mundo. El año 2000, el feliz agraciado fue ese extraño pero bien recomendado antiimperialista llamado, Evo Morales. Dos años antes lo había sido el entrañable amigo caribeño, Fidel Castro. El 2004, su admirador más reciente, Hugo Chávez. El 2009, el ya veterano y curtido líder nicaragüense, Daniel Ortega, que le fuera presentado por el mismísimo Yasser Arafat por allá por 1982 cuando se decía que la liberación del Medio Oriente pasaba por Managua y La Habana. Como Nicaragua se encuentra con sus finanzas algo desvencijadas, Gadafi, pese a sus aprehensiones,  no dudó en prestarle un jet personal para que el “compañero Daniel” salga de su curiosidad y vaya a conocer a los ayatollahs en Teherán.

Su flirteo con la izquierda latinoamericana comenzó apenas asumió el poder y conoció a Fidel Castro, en un ya lejano 1969. Por influencia de éste apoyó con entusiasmo la lucha revolucionaria de casi todos los grupos del continente en los 70 y 80. Trípoli se convirtió en un punto de peregrinación obligado de los grandes revolucionarios de la época, especialmente los del Cono Sur. No sería muy disparatado pensar que su generosidad material haya sido el aliciente más fuerte para que los líderes se decidieran a cruzar el Mediterráneo y conocer in situ la experiencia de al-Jamairiya. Era de suyo importante familiarizarse con experiencias distintas a la soviética. Además, ya por esos años, el coronel había tenido la ocurrente idea de escoltas femeninas especialistas en judo y karate.

Fuera de la órbita de los viejos revolucionarios, Gadafi comprendía con rapidez los cambios políticos y simpatizó con los latinoamericanos de hoy. Encontraba óptimo que presidentes lejanos, pero simpáticos, lo ensalzaran y firmaran acuerdos. ¿Qué más se podía pedir a estas gentes amables y solidarias con la revolución? Cristina fue la más prístina. Cuando visitó al coronel en noviembre de 2008, en su carpa en las afueras de Trípoli, le prodigó palabras muy sugerentes: “Al igual que el líder de la nación libia, hemos sido militantes políticos desde muy jóvenes, hemos abrazado ideas y convicciones muy fuertes y con un sesgo también fuertemente cuestionador del status quo”. Gadafi, no se contuvo, se levantó, la besó en la mejilla, la abrazó y le regaló su Libro Verde, esa delirante compilación de discursos y verborrea antiimperialista que obsequiaba a sus admiradores. Pero lo delirante no fue sólo esa escena. La señora K tampoco se contuvo en su afán de descubrir el mundo árabe, y tras brindar con Gadafi, se fue rauda a saludar y llenar de elogios a Mubarak y a Ben Alí. Total, a miles de kilómetros de los electores, estos serían sólo detalles.

Gadafi mantenía su sagacidad y convenció a sus ilustres visitantes sudamericanos de la importancia para el progresismo mundial de instaurar un nuevo “foro Sur-Sur”; así nació la Cumbre de Países Árabes y Suramericanos, ASPAN. Por estos precisos días, debían estar celebrando en los hoteles de Lima, dignatarios de ambos lados del charco. Pero las masas tenían preparadas algunos imprevistos que obligaron a cambiar la agenda; todo se pospuso hasta que Alá calme su furia. Interesante resulta comprobar que pocos a este lado del Atlántico habían percibido que estos curiosos mandatarios eran algo odiados por su población y un poquito rudos para gobernar. Además, si habían escuchado algo, ¿qué importaba? Estos jeques, coroneles y hombrecillos violentos no venían a estas cumbres a hablar de cuestiones etéreas como los DD.HH. Más importante parecía “situarse en la globalización y mantener relaciones con todas las zonas del planeta”, como explicó un frustrado mandatario la suspensión de la cumbre.

Sin embargo, Gadafi  gozaba ante todo de sus tertulias con Hugo Rafael. Ese hombre de los llanos venezolanos que lo visitó seis veces, que hasta hace pocos días se jactaba de ser gran amigo y que le solía arrancar risotadas. Para Gadafi era un excelente alfil en su afán de molestar un poco más al imperio. Además, el brioso Chávez le recordaba sus tiempos de joven. Lucía contento con sus visitas y más aún durante sus propios desplazamientos a Caracas o a isla Margarita. En uno de sus viajes, Chávez le entregó el collar de la Orden del Libertador más una réplica de la espada de Bolívar y, según la BBC, le prodigó una frase que lo conmovió: “Lo que es Bolívar para nosotros, es Gadafi para el pueblo libio”. En retribución, Gadafi lo designó doctor honoris causa en “Economía Humana”.  Amistades sublimes.

Un halo de tristeza recorrerá a la izquierda latinoamericana (a la nueva y a la vieja) tras la desaparición de Gadafi. El hombre que parecía no sólo incombustible, sino que dotado de habilidades fuera de lo común para convocar y entusiasmar con una vida fuera del imperio, ha dejado de comprender su entorno. En cuestión de días ha quedado en evidencia, que nada queda de ese notable carisma y sagacidad. Sus bizarros mensajes televisivos recuerdan al decrépito dictador rumano, Nicolae Ceauscescu (otro muy querido por la izquierda latinoamericana), cuando asomaba brevemente al balcón del palacio presidencial, a sólo horas de ser derrocado, con la vista perdida sobre la muchedumbre que exigía su salida, y se apapachaba en el seno de su esposa Elena inquiriendo sobre el inusual ruido externo. Hoy, Gadafi sólo tiene a su enfermera ucraniana al costado para preguntarle “¿qué pasa con esa gente tan exaltada allá fuera? Al igual que Ceauscescu, pareciera deseoso de clamar “díganles que es suficiente, no es necesario que me sigan vitoreando”.

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