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Obama en América Latina: al que le venga el sayo

por 15 marzo 2011

Obama en América Latina: al que le venga el sayo
Los estadounidenses parecen haber descubierto que el gusto de los chilenos por las instituciones convierte al país en un aliado útil en dos tareas estratégicas que sobrepasan con creces su tradicional política exterior parroquial, transformar a la APEC en una zona de libre comercio en 2020 y hacer del TransPacific Partnership un eje mundial de la innovación. Para abordar ambas, Washington necesita un socio con prestigio, que comparta con convicción la necesidad de tales desafíos.

En los próximos días, el Presidente Obama lanzará las esperadas grandes señales hacia América Latina. Tras aterrizar el 19 de marzo en Brasilia, y trasladarse a Río de Janeiro, llegará el 21 al aeropuerto de Santiago para desplazarse en la noche del 22 a El Salvador. Será un viaje lleno de simbolismos. Grandes gestos, impactantes silencios. Ahora se inicia el período Obama para el hemisferio, tras un viaje anterior en 2009 con objetivos muy acotados, México y una cumbre hemisférica en Trinidad y Tobago.

En el caso del primero, visitó al Presidente F. Calderón en el DF y, pese a una agenda útil para ambos países, las ironías de la vida quisieron que el recuerdo más potente dejado en la mentalidad del pueblo llano haya sido la fiebre porcina, misma que se expandió por este país apenas el mandatario abandonó territorio nacional. En tanto, la cumbre hemisférica de Trinidad y Tobago fue utilizada para encuentros tan fugaces como jocosos, que poca pauta podían dar acerca de lo que Obama piensa y quiere para el hemisferio. Muchos de ellos fueron simples sonrisas y apretones de mano en los pasillos, donde cada presidente trató de robarle algunos minutitos de conversación; y nuestro Hugo Rafael se le acercó con una febril sonrisa para regalarle “Las venas abiertas de América Latina”, uno de los textos sagrados de la izquierda latinoamericana. En suma, un primer viaje que desilusionó a muchos latinoamericanos, que, desde entonces, han estado esperando de Washington algo concreto y visible.

El momento  de los mensajes certeros pues parece haber llegado. Uno de ellos se llama Chile, verdadero punto neurálgico de la gira, tanto desde un ángulo político como comunicacional. Obama ha escogido la capital chilena -probablemente el edificio de CEPAL o el Museo de Historia Natural- para dirigirse a los latinoamericanos, tal cual lo hizo desde la Universidad de El Cairo hacia los musulmanes y desde el parlamento de Ghana hacia los africanos. Será parte de la doctrina Obama. Por ello, la decisión de visitar Chile habla de la convicción que tiene la administración Obama respecto a este país elogiado estos últimos días por mandatarios tan disímiles como el estadounidense y el español Rodríguez Zapatero casi con las mismas palabras; un ejemplo en la región. Palabras que hablan de una visión externa de Chile no sólo positiva sino bastante consolidada. No es poco para un país mediano, acostumbrado a estar a la sombra de los dos gigantes sudamericanos y limitar su accionar externo a los horizontes vecinales. Los estadounidenses parecen haber descubierto que el gusto de los chilenos por las instituciones convierte al país en un aliado útil en dos tareas estratégicas que sobrepasan con creces su tradicional política exterior parroquial, transformar a la APEC en una zona de libre comercio en 2020 y hacer del TransPacific Partnership un eje mundial de la innovación. Para abordar ambas, Washington necesita un socio con prestigio, que comparta con convicción la necesidad de tales desafíos. Perú medianamente lo cumple, pero está inmerso en un proceso electoral algo incierto. Colombia, que fue un estrecho aliado de Bush y tiene una incipiente vocación por los temas del Pacífico, será objeto de un replanteamiento bilateral esperado para abril, cuando Obama asista a una nueva cumbre hemisférica en Cartagena de Indias.

Y las señales de Obama son espectaculares también en cuanto a sus silencios. La ausencia de Argentina parece sencillamente notable. Todo indica que en este nuevo período de las relaciones EE.UU./América Latina, que signa el viaje de Obama, tendrá como gran damnificado a Buenos Aires. ¿Qué puede haber detrás de una decisión tan dura?

Obama es el cuarto Presidente estadounidense que visita Santiago. El primero en llegar a tierras australes fue Dwight  Eisenhower, cuya gira comprendió también Argentina, Brasil y Uruguay. “Ike” aterrizó en Los Cerrillos en 1960 y tuvo gran afinidad con Jorge Alessandri, quien en un inesperado arrebato de inteligencia emocional lo sacó del protocolo y lo llevó a conocer la entonces recién inaugurada población San Gregorio, para que el mandatario estadounidense conociera de primera mano la lucha contra la pobreza. Un gesto arriesgado para las prácticas latinoamericanas, especialmente de esos años, pero que elevó a niveles insospechados el prestigio de la política exterior chilena de entonces; no por el arte del birlibirloque llegaron más tarde a Santiago la reina Isabel y Charles de Gaulle entre otros. El gesto de Alessandri fue extraordinariamente valorado, pues nunca antes alguien había osado mostrar a los pobres de manera tan descarnada. Muchos años después, en 1990, Bush padre repitió el mismo itinerario de “Ike”, enarbolando la fallida propuesta de una gran zona de libre comercio de Alaska a Tierra del Fuego.

En Chile se limitó a respaldar la transición a la democracia. Luego, Clinton y Bush hijo también llegaron a Santiago, aunque en el marco de reuniones multilaterales. Estas dos últimas son las más recordadas por las actuales generaciones de chilenos, especialmente por las salidas de protocolo de Clinton –tomar una gaseosa a una pequeña tienda de la calle San Antonio y por ocupar el urinario de los estudiantes durante una visita a una universidad-, así como por el entrevero entre un carabinero y un guardaespaldas de Bush.

Y las señales de Obama son espectaculares también en cuanto a sus silencios. La ausencia de Argentina parece sencillamente notable. Todo indica que en este nuevo período de las relaciones EE.UU./América Latina, que signa el viaje de Obama, tendrá como gran damnificado a Buenos Aires. ¿Qué puede haber detrás de una decisión tan dura?

La verdad es que el matrimonio K ha errado profundamente al llevar al plano exterior sus formas tribales y modales flamígeros, propios de la provincia en el siglo XIX, y que no permiten distinguir sus intereses ni prioridades. Los K y sus sicofantes han transformado a la Argentina en un ente impredecible y algo inamistoso. El bloqueo a Uruguay y el corte de gas a Chile bastarían para ilustrar el aserto. Más, el problema que tiene la Casa Rosada es un listado de evidencias disfuncionales excesivamente largo. Desvaríos múltiples con Chávez, Gadafi, Mubarak, bochornos incalificables como esa pomposa recepción a Teodoro Obiang, quizás lo más sanguinario del planeta en este minuto, la contra-cumbre de Mar del Plata y tantos otros episodios, les han ido cerrando las puertas especialmente de los estadounidenses.

Lo que ha sacado de quicio a éstos últimos son esos dislates K propios de un verdadero anti-manual de Carreño diplomático, como los vividos por empresarios y altos funcionarios de diversas administraciones (y personeros de otros países también) soportando largas horas en las salas de espera de la Casa Rosada para ser notificados que, “por razones de agenda, no se les puede recibir”. Por estos días, Washington y Buenos Aires viven unos de los momentos más bajos de su relación bilateral, debido al confuso “episodio del avión”. Una nave de la USAF, que traía materiales para cursos de entrenamiento policíaco, siguiendo acuerdos de cooperación bilateral de ya larga data, fue retenido, según la prensa local, por órdenes directas del locuaz canciller Héctor Timerman, aduciendo traer “material no declarado”. Como guinda del postre, éste aseguró, que el personal estadounidense enseñaba prácticas de tortura a la policía bonaerense. El trasfondo no es más que una rencilla doméstica con el intendente Macri, pero el avión permanece retenido ante la inusitada demanda de Timerman de una disculpa oficial de EE.UU. Y como si todo esto fuera poco, medios de comunicación opositores indican que algún bigwig K habría pedido ayuda a técnicos cubanos y venezolanos para desencriptar los computadores encontrados a bordo. Para ponerle más sazonamiento, la Justicia porteña ya determinó que no hubo delito en el ingreso del avión. Todo este oscuro capítulo, que muchos atribuyen a un malhecho simulacro de crisis para posicionarse frente a las próximas elecciones, ha contribuido, a lo menos, a eliminar a Argentina del itinerario de Obama. El declive argentino cobró expresión en días pasados, cuando el director del FMI, el francés Dominique Strauss-Kahn, hizo una pequeña gira por Uruguay y Brasil, evitando pisar suelo argentino, pese a la invitación. En tanto, el Club de Paris no manifiesta el menor interés por mostrarse compasivo, pese a las súplicas de Buenos Aires, debido a un gobierno tan errático y propenso a generar tantas tensiones. En casi una década, ningún mandatario G7 ha visitado Buenos Aires. Claramente algo huele mal ahí.

Otro gran mensaje del viaje de Obama se llama Brasil. En enero de este año ya había enviado a Brasilia al secretario del Tesoro, Tim Geithner, tanto para analizar temas relativos a la próxima cumbre del G20 y a la agenda bilateral, como para dar las primeras grandes señales de interés en colaborar con el gobierno de Dilma Rousseff. Inclusive se da el hecho que Rousseff ya había sido recibida por Obama en julio del 2009, cuando aún no era elegida. Su viaje de ahora es una prueba que Washington va a ir con Brasil más de allá de las formalidades. Por eso, no es descabellado pensar que esta visita a Brasil adquiera el mismo rango que el viaje de Obama a la India, cuya aspiración a tener un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU fue, en esa oportunidad, y por vez primera, respaldada explícitamente por un mandatario estadounidense. ¿Habrá ahora un gesto similar hacia Brasil? Sería comunicacionalmente espectacular e históricamente un gesto inusitado, aunque de paso no gustaría mucho en México (otro eterno aspirante). Si ocurre, será la mejor prueba que EE.UU. ha llegado al convencimiento que Brasil ya es parte activa de los grandes tomadores de decisión.

Por último, Obama hace escala en San Salvador. Es el cuarto Presidente estadounidense que visita este país; le precedieron Lyndon Johnson, Bill Clinton y George Bush. La visita de Obama tiene relieve ante todo por la trayectoria de M. Funes, el mandatario salvadoreño que procede del FMLN y cuyo gobierno, marcado por una lógica pragmática, se ha ganado la simpatía de nacionales y extranjeros. La agenda bilateral comprende puntos vitales para EE.UU., como la migración y, junto a Funes, re-lanzará la Iniciativa de Seguridad Regional para América Central, conocida como CARSI.

Obama llega a América Latina justo cuando se cumplen 50 años que el Presidente John Kennedy lanzara la Alianza para el Progreso. Por eso, sus asesores han jugado comunicacionalmente con la idea de que con este viaje se acaba la visión asistencialista tan dominante en las relaciones entre EE.UU. y América Latina para forjar desde ahora “nuevas alianzas de progreso”. El viaje de Obama y la cumbre hemisférica de abril mostrará quiénes son interlocutores válidos en América Latina.

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