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Lo que no se ha dicho de la visita de Obama

por 24 marzo 2011

Las elites reaccionarias de este país, que conforman el núcleo duro del apoyo al gobierno de Piñera, que acudieron a La Moneda a celebrar la venida de Obama y su esposa Michelle, de ser ciudadanos estadounidenses jamás habrían votado por él para Presidente, tanto por convicción ideológica como por arraigados prejuicios etno-culturales.

La visita oficial a Chile de Barack Obama generó, como era predecible, gran expectación.  Para el gobierno y sus partidarios, su presencia en el país, así como el hecho de que enviara desde Santiago su mensaje a América Latina, constituye un gran logro.  También son un logro las declaraciones que él hizo sobre Chile, país donde según Obama existiría “una democracia vibrante y una economía abierta y una sociedad civil activa”, así como un presidente comprometido con la defensa “de la democracia, de los derechos humanos y de un gobierno transparente”, todo lo cual nos convertiría en un modelo para la región.

Como político de trayectoria que es, Obama bien sabe, sin embargo, que sus dichos serán capitalizados por una administración que en términos ideológicos y culturales, tiene como base de sustentación partidos políticos que son el equivalente chileno de sus adversarios en la política norteamericana, esto es, los republicanos.  En efecto, los partidos de la Coalición por el Cambio que apoyan a Piñera, al igual que el partido Republicano en Estados Unidos, desconfían del Estado y de su rol regulador del mercado, así como de su función protectora de los derechos económicos, sociales y culturales de la población.  Tales partidos, lo mismo que el Republicano en Norteamérica, han intentado imponer sus dogmas religiosos y morales al resto de la población, impidiéndoles el ejercicio de la libertad que tanto pregonan, en este caso en materia derechos sexuales y reproductivos.

Los mismos partidos, al igual que el partido Republicano en el norte, están liderados por sectores cuyos prejuicios étnicos y raciales son profundos, sectores cuyo poder, en el caso de Chile, han convertido a nuestra sociedad en una de las más discriminatorias de América Latina, donde el clasismo y racismo constituyen una práctica cotidiana.  Esto último se manifiesta no solo en la ausencia total de diversidad etno-cultural en el gabinete de Piñera, dominado por una elite monoétnica de origen europeo, sino también en una política pública marcada por la discriminación racial hacia los pueblos indígenas (a modo de ejemplo, un destacado senador de la coalición de gobierno me señaló hace algunos años atrás en relación a los mapuche que él valoraba mucho a los integrantes de este pueblo, pero reconoció que no le gustaría que su hija se casara con uno de ellos).

Las elites reaccionarias de este país, que conforman el núcleo duro del apoyo al gobierno de Piñera, que acudieron a La Moneda a celebrar la venida de Obama y su esposa Michelle, de ser ciudadanos estadounidenses jamás habrían votado por él para Presidente, tanto por convicción ideológica como por arraigados prejuicios etno-culturales.

Dicho de otro modo más brutal; las elites reaccionarias de este país, que conforman el núcleo duro del apoyo al gobierno de Piñera, que acudieron a La Moneda a celebrar la venida de Obama y su esposa Michelle, de ser ciudadanos estadounidenses jamás habrían votado por él para Presidente, tanto por convicción ideológica como por arraigados prejuicios etno-culturales.

Es posible que Barack Obama desconozca los detalles internos de la política chilena y que, por las exigencias de la diplomacia, termine brindando y amistando con una élite política que representa valores y propone políticas que poco tienen que ver con aquellas que lo llevaron a la presidencia del país del norte.

Lo que el Presidente de Estados Unidos no puede ignorar, no obstante, es que la democracia chilena está lejos de ser vibrante.  En efecto, Obama debía haber sido informado que en Chile rige un sistema electoral binominal que excluye a importantes sectores de la posibilidad de estar representados en el Parlamento, y que debido a ello y a los elevados quórums establecidos en la Constitución de 1980, la reforma de esta última es prácticamente imposible; todo lo cual hace que la democracia chilena, lejos de ser vibrante, sea monótona y esté estancada, como lo reconocen la mayor parte de los analistas políticos en el país.

También debía haber sido informado que en Chile rige aún un sistema centralista de gobierno, en que todas las decisiones políticas se toman en la capital, y en donde quienes vivimos en regiones, a diferencia de lo que ocurre en su país con los Estados, no tenemos ninguna posibilidad de tomar decisiones que conciernen a la política o la economía en nuestros territorios.

Tampoco Obama debería ignorar que el Estado chileno tiene serios déficit en materia de derechos humanos como lo ha señalado el propio Consejo de Derechos Humanos de la ONU, del que Estados Unidos es parte.  Ello no tan solo en materia de derechos políticos, como el derecho de participación política al que antes nos refiriéramos, sino también en materia de derechos económicos, sociales y culturales, en particular aquellos de los sectores más discriminados, como los pueblos indígenas, los migrantes y las mujeres.

En efecto, la economía abierta que tiene nuestro país, la que el presidente Obama valora, no solo ha resultado en la depredación de nuestros ecosistemas, sino también ha incrementado la brecha entre ricos y pobres en Chile, ubicando a Chile en el lugar duodécimo de entre dieciocho países de América Latina con peor distribución del ingreso (CEPAL, 2005) y a nivel mundial en el decimoséptimo lugar entre 126 países (Banco Mundial, 2006).

Relacionado con ello, lo que no ha sido informado por la prensa en el contexto de la visita de Obama, y que puede explicar la valoración pública que él hace de nuestro país y de sus gobernantes, y en última instancia, su venida a Chile, es que Estados Unidos está invitando a Chile a ser parte de una nueva iniciativa multilateral comercial conocido como “Acuerdo de Asociación de Transpacífico (TPPA)”.  Se trata de un tratado de libre comercio promovido por Estados Unidos que contaría con la participación de las grandes economías del área pacífico, incluyendo entre otros países a Australia, Nueva Zelanda, Singapur y Vietnam en el Asia Pacífico, y a Chile y Perú, en América Latina. Se trata de una propuesta cuyas negociaciones avanzan –en febrero pasado se desarrolló en Santiago la V Ronda de reuniones del TPPA con participación de representantes de los estados invitados por Estados Unidos a esta iniciativa-, sin que la población, al igual que en el caso de los más de 50 TLCs y acuerdos bilaterales de inversión anteriormente suscritos, haya sido informada de sus contenidos e implicancias.  Menos aún se han generado mecanismos que hagan posible la participación de la sociedad civil chilena –que Obama considera activa- en el proceso relativo a su suscripción.

Se trata de una situación grave, dado que son precisamente los TLCs y acuerdos bilaterales de inversión suscritos por Chile los que han incentivado actividades productivas que han generado graves impactos ambientales y sociales.  Ello, en la medida en que Chile se sigue insertando en los mercados globales exportando recursos naturales que son de todos los chilenos y que han sido apropiados por unos pocos, y a que la normativa laboral y ambiental ha quedado subordinada a los compromisos adquiridos en ellos, limitando la soberanía del país en perjuicio de los trabajadores, las comunidades locales y los pueblos indígenas.

Son algunos de los elementos de trasfondo de la visita de Obama de lo que poco se ha dicho, y que, más allá de las celebraciones oficiales, nos permiten entender su visita, su valoración de Chile, y nos deberían llevar a la reflexión como sociedad.

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