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Crisis y esperanza

por 19 abril 2011

Mientras muchos en medio de esta crisis legítimamente se alejan de nuestra Iglesia desilusionados y desesperanzados, irrumpe también con fuerza una nueva conciencia laical. Muchos en vez de criticar desde fuera, quieren hacerse cargo de los problemas y oportunidades de su Iglesia. Creo que debemos abrir con confianza nuestras ventanas y puertas para que entre este viento fresco.

Cuesta creer en la situación en que nos encontramos. Lo que hemos visto y oído nos ha traído confusión, decepción, rabia, humillación. Respiramos los católicos en Chile un ambiente cargado de perplejidad. El caso Karadima ha destapado abusos, encubrimientos, negligencias. Ha destapado el inmenso dolor que las víctimas han sufrido, y a través de ellas, ha destapado la dura verdad del pecado en nosotros y así en nuestra Iglesia.

Experimentamos desolación. Duele mucho caer en la cuenta de lo que el pecado puede hacer en nosotros y, a través nuestro, en los demás. Duele escuchar los testimonios de las víctimas. Duele comprobar nuestra tardanza y negligencia, que no ha hecho otra cosa que no cuidar preferentemente a los que más sufren. Duele, obviamente, que la gente nos crea menos, que se generalice, que no se reconozca el compromiso genuino de tantos hombres y mujeres de Iglesia.

Pero estoy absolutamente convencido que en medio de toda esta desolación Dios está presente. Pero no sólo que lo está como siempre, sino que su Espíritu está soplando con una fuerza inusitada ¿De qué otra manera interpretar el coraje de las víctimas de ir adelante a pesar de todos los silencios y de todas las sorderas? ¿De qué otra manera comprender el testimonio de quienes por buscar la verdad y la justicia han estado dispuestos a pagar un alto precio personal y familiar? Acercarnos a la verdad y a la justicia solo puede estar impulsado por Dios. Y Dios, una vez más, se ha servido de los más débiles para salvarnos de nuestras esclavitudes.

Mientras muchos en medio de esta crisis legítimamente se alejan de nuestra Iglesia desilusionados y desesperanzados, irrumpe también con fuerza una nueva conciencia laical. Muchos en vez de criticar desde fuera, quieren hacerse cargo de los problemas y oportunidades de su Iglesia. Creo que debemos abrir con confianza nuestras ventanas y puertas para que entre este viento fresco.

Hay también esperanza en un futuro mejor cuando individual y colectivamente somos capaces de reconocer genuinamente nuestros errores y culpas, pedir perdón, y buscar enmienda ¿Por qué a veces pareciera que nos costara tanto pedir perdón? Cuando Monseñor Ezzati  lo hizo ante las víctimas de Karadima, muchos sentimos una buena cuota de alivio: alguien que habla en nombre de todos los que nos sentimos Iglesia humildemente pedía perdón. Es un paso importante, pero aún falta mucho más. Falta frenar con determinación la recurrente impertinencia de algunos que no quieren entender, por alta que sea su investidura, que este es el tiempo para hacer penitencia y no para poner en duda la decisión irrevocable de caminar hacia la verdad y de proteger a los más débiles.

Pero hay algo más, una paradoja patente que solo puede ser signo de Dios. Mientras muchos en medio de esta crisis legítimamente se alejan de nuestra Iglesia desilusionados y desesperanzados, irrumpe también con fuerza una nueva conciencia laical. Muchos en vez de criticar desde fuera, quieren hacerse cargo de los problemas y oportunidades de su Iglesia. Creo que debemos abrir con confianza nuestras ventanas y puertas para que entre este viento fresco. Solo así podremos llegar al fondo del problema y comprender que esto no solo un asunto de abusos sexuales. Tiene que ver con el respeto fundamental ante todo ser humano, especialmente frente a los más vulnerables. Tiene que ver con nuestras estructuras de poder y nuestros modos de proceder, con el espacio para dialogar y aprender.

Tiene que ver con el modo como comunicamos nuestro mensaje, como nos relacionamos con los medios de comunicación, como acogemos la opinión pública sobre nuestra misión y testimonio. Tiene que ver, finalmente, con nuestra identidad y con nuestro lugar en una sociedad nueva, más democrática y plural, más horizontal y secular.

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