Miércoles, 7 de diciembre de 2016Actualizado a las 15:31

Iglesia católica y coherencia

por Felipe Pozo 5 mayo 2011

Señor Director:

Durante la semana pasada, la Jerarquía de la Iglesia Católica Chilena dio a conocer el “Protocolo 2011”, una suerte de código de procedimiento frente a posibles abusos sexuales  cometidos por clérigos. Allí se establecen mecanismos de denuncias y formas adecuadas de investigación; además de levantar la prescripción de los posibles delitos y crear un “Consejo para la Prevención de Abusos”, entre otras medidas.

Si bien esta reacción puede verse como forzada y bastante extemporánea, tiene el mérito de apuntar hacia el fondo del asunto: la evidente protección y complicidad que ha cobijado a los abusadores consagrados. De alguna manera, éste parece ser el camino de abrir los ojos y aceptar las culpas sin  eufemismos.

El abogado Juan Carlos Cruz, uno de los denunciantes de Karadima, hace un buen resumen cuando señala: “es un paso adelante, aunque tardío”.

Paralelamente, la Jerarquía de la Iglesia Católica, ahora a nivel universal, perpetró, el 1 de mayo, con una celeridad que sorprende,  la beatificación de Karol Wojtyla. Un mega evento que reunió, según los emocionados datos de los organizadores, más de un millón de personas en la plaza de San Pedro y contó con la participación de dignatarios de todo el planeta. Para la imagen televisiva, una gigantografía del cardenal polaco, ya devenido en Juan Pablo II, cubriendo el frontispicio de la basílica construida por Miguel Ángel.  Todo dispuesto con el bombo que la dos veces milenaria liturgia Vaticana sabe  instalar. Agregando las réplicas locales de misas para exaltar “la gratitud del pueblo cristiano por este regalo de Dios”. El boato y la pompa beatífica a pleno despliegue,  para decir que ese hombre que nació en Cracovia había iniciado el camino que concluye en  la proclamación de  santidad. Es decir, del máximo modelo de perfección que la religión católica puede indicar: sobre los santos, sólo Dios.

La paradoja es que ese mismo virtuoso ser, que hoy es puesto en ruta a estatua sagrada, es el que escondió, cuando reinaba con poderes omnímodos al catolicismo mundial, las denuncias respecto de Marcial Maciel y, además, lo promocionó como “ejemplo para la juventud”. Una actitud que, en cualquier procedimiento jurídico más o menos razonable, lo habría ubicado en calidad de encubridor del peor criminal conocido por la historia eclesiástica en  las últimas décadas.

Extraño proceder de la Jerarquía. Por un lado intenta reponer confianzas con la sociedad, cuestión extraordinariamente difícil dado el profundo deterioro producido; y coetáneamente endilga este acto de suprema exaltación de un personaje de actuar tan dudoso, precisamente en el mismo tema que hoy estrangula la credibilidad católica.

Francamente incomprensible para la legendaria “prudencia” vaticana. Un viejo campesino de la zona de Yerbas Buenas, José González se llamaba, cuando algo no le cuadraba o le parecía absurdo e incongruente, decía: “no compete ni constituye”. Claro, él no sabía de teología, ni conocía de milagros.

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