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El fin del letargo concertacionista

por 17 mayo 2011

Retirada la anestesia concertacionista, sin padre tutelar –Lagos- o madre acogedora –Bachelet-, los chilenos han quedado cara a cara con el modelo que en veinte años no ha mudado uno de sus pilares fundamentales: el de una de las sociedades más desiguales en la distribución de la riqueza del mundo.

El ex ministro Boeniger –algo así como el Jaime Guzmán del diseño de la transición a la democracia chilena- elaboro una sencilla pero eficaz doctrina a comienzos de los noventa.

La nueva democracia, pensó, no resistiría las demandas sociales que se avecinaban – esas que deliberadamente se habían alimentado al calor de  “la alegría ya viene”-, menos con la gente en la calle exigiendo los derechos prometidos y, al mismo tiempo, la presión de una pequeña y poderosa elite por mantener sus privilegios políticos –sistema binominal, senadores designados, etc., y económicos – Isapres, Afps y todo tipo de privatizaciones-, que la dictadura heredaba bajo el publicitado nombre del modelo chileno.

Todo bajo la atenta mirada de Pinochet –el “perro guardián” de esa elite- dispuesto a mandar todo al traste, incluyendo la democracia misma, por la más mínima de las razones, incluyendo las más pueriles –como dejar impune a de uno de sus hijos de sus pillerías comerciales-.

En resumidas palabras: puro miedo.

La  Concertación paso así de golpe de adolecente idealista a adulto calculador. Y dejó al ciudadano que se movilizaba contra la dictadura en las calles, exigiendo justicia y democracia,  convertido en un disciplinado consumidor en la comodidad de su hogar, que se conformaba con poco.

Retirada la anestesia concertacionista, sin padre tutelar –Lagos-  o  madre acogedora –Bachelet-, los chilenos han quedado cara a cara con el modelo que en veinte años no ha mudado uno de sus pilares fundamentales: el de una de las sociedades más desiguales en la distribución de la riqueza del mundo.

Allí, sentado en su casa frente al televisor, lejos de la toma de las  decisiones, entre teleseries y farándula, su peligro era mínimo para una transición a la democracia a la Bolaño. Lleno de trampas y con una enrevesada trama argumental.

La nueva democracia y su perro guardián podían dormir tranquilos.

Se iniciaba así el largo letargo concertacionista que, salvo mínimas excepciones –como la de los pingüinos-, se extendió por dos décadas, y que en estos días sorprendentes, parece haber comenzado su final.

Retirada la anestesia concertacionista, sin padre tutelar –Lagos-  o  madre acogedora –Bachelet-, los chilenos han quedado cara a cara con el modelo que en veinte años no ha mudado uno de sus pilares fundamentales: el de una de las sociedades más desiguales en la distribución de la riqueza del mundo.

Y peor aún, han comenzado a percibir, poco a poco, que su voz sólo será escuchada al interior de un modelo político cerrado y autista como el chileno, en cuanto se exprese en forma de protesta y con olor a calle.

Y no le faltan razones. De hecho, no es difícil predecir que nuestro modelo político, extremadamente representativo, con persistentes enclaves no democráticos  –como el binominal- y lleno de rincones donde el ciudadano es una persona “non grata” –como en la institucionalidad ambiental, la educacional  o la laboral-, vivirá complejos momentos para arreglárselas en los próximos tiempos con el creciente protagonismo de diversos sectores sociales, ahora al parecer dispuestos a salir a la calle.

Como ha ocurrido en estos días y seguirá ocurriendo en los próximos,  Piñera y su nueva forma de gobernar no la tendrán fácil. Acostumbrados a que otros dieran la cara por ellos –los administradores de la concertación –, mientras ellos exprimían hasta la última gota del modelo, deberán ahora soportar una situación inédita: defenderlo de una ciudadanía donde se extiende día a día la sensación de exclusión, de no participación y de desigualdad.

Y deberán echar manos a algo más que represión y lacrimógenas para enfrentarlo.

Es que, como recordará Piñera con nostalgia en estos días, los buenos tiempos, esos en que otros daban la cara por los dueños, no volverán.

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