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El Quijote pragmático

por 26 mayo 2011

Llama la atención el giro importante que ha tomado el gobierno norteamericano en su postura respecto Israel. Presidentes anteriores habían hablado de las fronteras de 1967 – que dejarían a Israel con un ancho mínimo de 14 kms (de Estación República a Los Domínicos) – como un punto de partida, una base de negociación, o un objetivo palestino.

Como una serie de Quijotes, los presidentes de los Estados Unidos han intentado, año tras año,  lograr un sueño imposible, la paz en el Medio Oriente. Si bien durante la Guerra Fría la ambición se restringía a contrarrestar la ampliación de la esfera de influencia soviética, después de 1990 EE.UU. apostó por el uso del poder unipolar. Bajo los gobiernos de Bush padre y Clinton se realizaron dramáticas reuniones, pero a lo más, se logró un tratado de paz entre Israel y Jordania – países que siempre mantuvieron relaciones cordiales, incluso sin el reconocimiento mutuo de un tratado. George W. Bush dejó de lado el proceso de paz, en parte para no presionar a Israel, y en parte porque las energías diplomáticas estaban enfocadas en Irak.

Barack Obama sabe que llegó al poder en gran medida por no ser George W. Bush. Sus promesas de campaña incluían una serie de medidas destinadas a desenmarañar el nudo que representaba la geopolítica de su antecesor: terminar con la guerra en Irak, cerrar Guantánamo, dejar de usar polémicos métodos de interrogación, y reposicionar la imagen de su país en el Medio Oriente y el resto del mundo. En 2009 Obama intentó hacerlo con un discurso en Cairo, donde habló de las históricas contribuciones del Islam a la cultura y la ciencia, y llamó a la tolerancia y la convivencia no solamente entre Israel y sus vecinos, sino que entre los distintos grupos en los países árabes.

Llama la atención el giro importante que ha tomado el gobierno norteamericano en su postura respecto Israel.  Presidentes anteriores habían hablado de las fronteras de 1967 – que dejarían a Israel con un ancho mínimo de 14 kms (de Estación República a Los Domínicos) – como un punto de partida, una base de negociación, o un objetivo palestino.

Pero el mundo al que Obama se dirigió en El Cairo ya no existe. La primavera árabe ha cambiado el mapa político, y tal como hicieron cuando el presidente norteamericano visitó Santiago, los asesores comunicacionales anunciaron que se iba a entregar una revolucionaria visión para la región. Tal como ocurrió en Santiago, el discurso logró mucho menos de lo prometido, excepto tal vez ganarse la enemistad de todos los actores relevantes. El gobierno israelí está furioso por el llamado a volver a las fronteras de 1967, y los palestinos están decepcionados porque al hablar de un Estado palestino y un Estado judío, Obama implícitamente rechazaba el derecho de retorno de los palestinos. A la vez, explícitamente negó la posibilidad de negociar con Hamas.

Si bien el debate fronterizo dominó la manera en que se reportaron las palabras del Presidente, se supone que el propósito del discurso fue otro: de retomar el protagonismo estadounidense en un proceso que no pudo anticipar, y que lo había dejado como observador lejano. La idea era manifestar que EE.UU. está al lado de los reformistas y los manifestantes; que favorece, en el fondo, la libertad y la democracia. Para aquello, EE.UU. se compromete a apoyar económicamente a Egipto, cosa que venía haciendo de antes. Más allá de eso, no queda claro cuáles serían las políticas concretas que utilizará EE.UU. para retomar el liderazgo en esta nueva etapa.

La falta de precisión surge de los problemas intrínsecos en el objetivo que tuvo el discurso. ¿Se apoyará la democratización, incluso cuando esa democratización traiga a elementos islamistas al poder? ¿Se ayudará a organizar la sociedad civil, transformando a grupos sociales como los Hermanos Islámicos en partidos políticos? ¿Se apoyarán movimientos reformistas en países ‘amigos’ como Arabia Saudita?

En el contexto de apoyo a las democracias de la región, entonces, llama la atención el giro importante que ha tomado el gobierno norteamericano en su postura respecto Israel.  Presidentes anteriores habían hablado de las fronteras de 1967 – que dejarían a Israel con un ancho mínimo de 14 kms (de Estación República a Los Domínicos) – como un punto de partida, una base de negociación, o un objetivo palestino. Hoy es un objetivo de EE.UU., basado en la convicción de que en un mundo de misiles de largo alcance el uso de territorio como defensa en contra de ataques terrestres se hace irrelevante.

Puede ser, pero el punto de fondo es político. Obama usó un discurso destinado a promover la democracia en el Medio Oriente para manifestar su desencanto con el único país en la región que, por todos sus errores, enjuicia a políticos corruptos, investiga crímenes militares, respeta los derechos de las minorías religiosas y sexuales, y sostiene un debate político crítico.  Un presidente famoso por carecer de emoción – tanto así que algunos le dicen Mr. Spock – se dejó llevar por su frustración personal con el gobierno israelí de turno e impulsó un cambio radical en la política exterior de su país.

Presentar una nueva actitud hacia Israel tendría mucho más sentido si se enmarcara dentro del proceso de reforma árabe; vincular la devolución de Golán a un llamado a democratización en Siria, el de Cisjordania al reconocimiento por todos los actores, incluyendo Hamas, del Estado de Israel, etc. Tendría mucho más sentido si las manifestaciones de la primavera árabe estuvieran de alguna manera vinculadas al sufrimiento del pueblo palestino. Pero los que han salido a la calle en Cairo, Túnez, Yemen, Libia y Bahrein han estado protestando en contra de la corrupción, la falta de democracia, y el mal manejo económico de sus propios líderes. Obama, al presionar a Israel en este momento, parece estar premiando a los autócratas, castigando a los demócratas, y cambiando de tema.

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