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El tic opositor de la UDI

por 21 junio, 2011

El tic opositor de la UDI
Las crisis a las que se alude son tan de la UDI como del Presidente: Jacqueline van Rysselberghe no milita en RN; el dueño de la agenda legislativa tampoco; Claudio Alvarado, el enlace con el Congreso que debería advertir los discos “Pare” antes de que aparezcan, también es devoto de Jaime Guzmán, etc. La lista es larga, pero está claro que si los problemas del gobierno tienen en Piñera a su padre, la UDI es de varios la madre y de otros, al menos, la nodriza.
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Hasta hace poco la pregunta que dominaba la escena era si sería capaz la Concertación de resistir el paso a la oposición y cuánto demoraría en adaptarse a su nuevo rol. Claro, perder es la parte incómoda, por lo que es lógico preguntarse qué pasará con el derrotado y no si el ganador será digno o capaz de hacer frente a su nueva condición.

Ahora, en cambio, con una nueva (no novedosa) pataleta de la UDI al Gobierno, con el subsecuente asalto de los Coroneles al control de su partido y el desafío implícito de éstos al núcleo duro del Piñerismo, la pregunta sobre si la UDI es capaz de ser gobierno cae de cajón.

La UDI ha sido un exitosísimo partido de oposición. Sin ir más lejos, han llevado candidatos propios en cuatro de las cinco elecciones presidenciales desde el fin de la dictadura y aunque todos sus abanderados han perdido, en el mismo período la tienda no ha dejado de crecer hasta convertirse en lo que es hoy: el partido más fuerte del país y de la coalición que llevó a La Moneda al actual Presidente. Visto así, a la UDI la oposición se le daba bien.

Y cuando se disipa la polvareda de la disputa por el poder y la cobranza del Dicom que Piñera mantiene con la UDI y que cada tanto reflota, lo que queda es la tendencia de una clase dirigente que sabía administrar una agenda exenta de grandes demandas; que en sus distintas posiciones jugaba más que nada al empate y que en el contexto de un país para el cual el consumo y la masividad ya no es novedad, no sabe bien cómo manejarse.

Hasta encontrarse en La Moneda, la UDI fue siempre una fuerza de contención. Según el momento histórico y sus variables políticas, su rol era gravitante para la defensa del modelo económico -vehiculizando las posiciones de la derecha económica más dura-, para la defensa de la preeminencia de la moral católica conservadora; para la defensa de la “obra” de Pinochet; de la familia, la propiedad privada, la subsidiariedad del Estado y una larga lista de etcéteras. En democracia, la UDI nunca tuvo una agenda de reforma, ya las habían hecho, de la mano de los militares.

Para cumplir con ese rol, la UDI modeló muy buenos cuadros técnicos y políticos que supieron bailar al ritmo de la transición, donde la Concertación hablaba de enclaves autoritarios y el gremialismo estaba siempre ahí para dar veracidad a esa monserga. En ese proceso, relegaron a su eterno competidor, Renovación Nacional, a un segundo plano. Tanto así que al actual Presidente lo hicieron bajar cuanta candidatura intentó levantar sin su consentimiento, el que solo entregaron –de mala gana- cuando éste derrotó oprobiosamente a la mejor carta presidencial del gremialismo.

Sobre el devenir de esta historia ya se ha escrito bastante por estos días. El gremialismo monta en cólera cada tanto, critica su ausencia en las decisiones del Gobierno, pide mayor participación y –por cierto- la cabeza de la mano derecha del Presidente. Y esta cantinela la repite no obstante que las crisis a las que se alude son tan de la UDI como del Presidente: Jacqueline van Rysselberghe no milita en RN; el dueño de la agenda legislativa tampoco; Claudio Alvarado, el enlace con el Congreso que debería advertir los discos “Pare” antes de que aparezcan, también es devoto de Jaime Guzmán, etc. La lista es larga, pero está claro que si los problemas del gobierno tienen en Piñera a su padre, la UDI es de varios la madre y de otros, al menos, la nodriza.

Y cuando se disipa la polvareda de la disputa por el poder y la cobranza del Dicom que Piñera mantiene con la UDI y que cada tanto reflota, lo que queda es la tendencia de una clase dirigente que sabía administrar una agenda exenta de grandes demandas; que en sus distintas posiciones jugaba más que nada al empate y que en el contexto de un país para el cual el consumo y la masividad ya no es novedad, no sabe bien cómo manejarse.

En lo que a la UDI y al piñerismo respecta, la pelea no es nueva y nada indica que ésta desaparezca o cambie de color. No es primera vez que la UDI intenta domar a Piñera ni es primera vez que éste retrocede para luego volver a embestir. La pregunta que queda, por lo tanto, no es quién gana o quién pierde en esta pelea, la duda que queda es quién gobierna y para qué.

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