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Poquita fe

por 28 junio, 2011

Los compromisos inter elitarios ya no interpretan a mayorías sociales cada vez más diversas e informadas, con capacidad de articularse y reaccionar a una velocidad que tensiona las fórmulas convencionales de hacer política.
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Saliendo del almuerzo en La Moneda, los dirigentes de la Concertación concluían que éste había sido un diálogo de sordos. El desaliento aumentó después de las declaraciones de la vocera de gobierno, acusándolos de poner sus intereses políticos por sobre las necesidades sociales, develando la sorprendente ingenuidad de quienes visitaron al Presidente con “buena fe”.

Este abortado intento cupular de re-editar la democracia de los acuerdos como metodología sistemática para hacer política,  en un momento en que los partidos alcanzan pobres niveles de aprobación,  sólo profundizará el descontento de los ciudadanos, los que están perdiendo, poco a poco, su propia fe en la democracia.

Las recientes movilizaciones han mostrado a una población joven orientada por valores e implacable  con las injusticias, especialmente las sufridas en carne propia; empoderada y consciente de sus derechos después de veinte años de reconocimiento de su ciudadanía efectiva; con expectativas frustradas de mayor igualdad; en medio de una crisis de representatividad reflejada en una clase política e instituciones poco representativas y elites económicas nada de virtuosas.

Los compromisos inter elitarios ya no interpretan a mayorías sociales cada vez más diversas e informadas, con capacidad de articularse y reaccionar a una velocidad que tensiona las fórmulas convencionales de hacer política.

Los compromisos inter elitarios ya no interpretan a mayorías sociales cada vez más diversas e informadas, con capacidad de articularse y reaccionar a una velocidad que tensiona las fórmulas convencionales de hacer política. A la actual oposición variopinta que congrega actores e intereses de diverso tipo  -partidos,  movimientos, colectivos ciudadanos, individuos descontentos-  se suman nuevos y fugaces líderes de opinión que se manifiestan en la calle o a través de las redes sociales.

Éstos emergen junto a los temas ausentes de la agenda oficial, como la equidad y el fin al lucro en la educación; una reforma tributaria de verdad; el respeto al medio ambiente conteniendo la pulsión depredadora de algunos empresarios y conglomerados; un sindicalismo fuerte, representativo con instancias de negociación apropiadas; el reconocimiento, autonomía y derechos de los pueblos indígenas; una democracia de ciudadanos efectivamente participativa capaz de representar la creciente diversidad; o la transparencia y rendición de cuentas en el mundo público, pero también en el privado, tal como lo exige el último fraude en el retail.

En este contexto, pareciera que la única forma para que el país recupere la fe democrática es, a la vez, orgánica y sustantiva. Orgánica, dado que es el momento de organizar coherentemente las fuerzas democráticas y progresistas en una fórmula que no reste ni divida, sino que sume al conjunto de quienes comparten los valores de equidad, solidaridad y respeto al ciudadano de a pie.

Y sustantiva, ya que no solo se trata de construir un actor político y social democratizante, sino que pensar y establecer, al mismo tiempo, un nuevo modelo de gobernabilidad y desarrollo inclusivo. El problema de fondo hoy día es cómo alcanzar un mayoritario acuerdo país acercando a los representantes de todos los sectores descontentos o en abierto conflicto.

La Concertación como oposición parlamentaria, a pesar de todas sus inconsistencias, idas y venidas, sigue siendo una fuerza de contención a la desestatización completa del país. Sin embargo, esta postura tiene mucho de reactiva y poco de propositiva, por lo que requiere plantearse con ideas propias frente a las iniciativas gubernamentales. Siendo estas políticas públicas fundamentalmente orientadas a aumentar los focos de renta y lucro privado definidas e implementadas a través de contrapartes empresariales.

La oposición parlamentaria y social también necesita nuevas ideas para converger programáticamente en torno a las formas de superar las limitaciones de un modelo de desarrollo incapaz de lograr niveles de empleo digno, de una nueva acción del Estado que deje atrás su neutralidad y oriente la investigación y desarrollo para alcanzar una nueva etapa exportadora con mayor valor agregado, y de una profunda reforma política que permita una equilibrada representación de las fuerzas políticas.

El desarrollo de nuevas ideas no puede esperar a una próxima contienda presidencial ya que es en el quehacer cotidiano de una oposición propositiva que se construirá la nueva orgánica opositora y se podrá reconcursar ante el soberano.

Por el momento, las respuestas parecen estar construyéndose de manera fragmentaria e indignada en la calle, más calmadamente en los movimientos y redes sociales, a sotto voce en la sociedad civil. Es responsabilidad de la clase política opositora escucharlas, procesarlas y traducirlas en un proyecto país que devuelva a los ciudadanos la esperanza en la democracia y la credibilidad en la política.

O como dice la canción, a “conseguir la fe que con engaños yo perdí”.

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