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Elites y vulgo o lecciones de una democracia "cromática"

por 1 agosto, 2011

Ahora, cuando muchas elites latinoamericanas miran atónitas el surgimiento de movimientos nuevos, de tipo político o social, con miradas distintas, cuando tenemos líderes excesivamente cuestionadores y desafiantes, vale la pena mirar ciertos mecanismos que tuvo el régimen priísta para cooptar, para absorber, para integrar.
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Vargas Llosa la llamó la “dictadura perfecta”. ¿Exceso retórico? Quizás. Divergencia total de la realidad. Para nada.  Si en algo ha sido asertivo el Premio Nobel es en definir el régimen del PRI en México. Nadie podría cuestionar que se trata de uno de los períodos de la historia política mundial que provoca mayor interés.

Entre quienes lo conocieron de cerca (por de pronto no pocos políticos chilenos) se percibe una cierta advocación y hasta una añoranza. Para quienes lo miran con más distancia, hay una evidente curiosidad por saber cómo era este régimen, dónde estaba la clave de su longevidad, en qué residía su fortaleza, y cómo fue eso de un final tan de opereta.

El enorme interés por el PRI se aprecia incluso en el México de hoy. Quien tenga dudas, puede mirar fríamente los resultados de las últimas elecciones en varios estados. El PRI ha ganado 12 de las 17 últimas elecciones a gobernador. Su renacimiento político –sorpresivo para muchos en el propio México- tiene que ver precisamente con reminiscencias de un pasado glorioso. Esto no significa que el PRI tenga ganada la elección presidencial que se verificará el 2012 ni que su figura más carismática del momento, Enrique Peña Nieto, sea el sucesor de Felipe Calderón en Los Pinos. Aún mucha agua debe pasar bajo el puente y nadie sabe si México girará esta vez a la izquierda, o bien que el gobierno actual de un golpe a la cátedra capturando en los próximos meses al Chapo Guzmán y el PAN se mantenga en el poder.

Ahora, cuando muchas elites latinoamericanas miran atónitas el surgimiento de movimientos nuevos, de tipo político o social, con miradas distintas, cuando tenemos líderes excesivamente cuestionadores y desafiantes, vale la pena mirar ciertos mecanismos que tuvo el régimen priísta para cooptar, para absorber, para integrar.

Pero el PRI ya no es el mismo de antes y se ha renovado en muchos aspectos. Las condiciones del país y del mundo han cambiado sustantivamente. De volver al poder, el legendario partido de la revolución deberá adecuarse a las nuevas circunstancias.

Sin embargo, no debe olvidarse que su éxito actual (aún parcial) se debe a ese enganche con la historia, con su historia. Y es que una de las gracias del PRI fue haber interpretado como ningún otro partido del mundo el fuero más íntimo de la sociedad donde se gestó. Eso no lo consiguió jamás ni el PCUS en la Unión Soviética, ni el Partido Liberal Democrático, que dominó la escena postbélica en Japón; los dos únicos que se pueden medir con el PRI en la ecuación longevidad/ejercicio del poder.

¿Ahora bien, qué significa eso de interpretar a una sociedad?

El arte de la política revela que no existen respuestas definitivas. Los problemas que tienen hoy por hoy varios presidentes, que caen estrepitosamente en las encuestas, o aquellos que temen ser abucheados cuando entreguen el poder, incluso aquellos que no confían ni en los médicos de su propio país, dejan al descubierto el divorcio tremendo que se observa entre las elites y el resto de la sociedad en varios países latinoamericanos.

El PRI nunca tuvo esos problemas. Sus políticos eran medianamente populares, se mezclaban con la muchedumbre, se trataban con médicos mexicanos. En síntesis, pensaban y obraban en términos nacionales. Es decir, el PRI interpretó hasta la médula a la sociedad mexicana. Eso explica el intermitente interés y curiosidad por una experiencia de tan larga duración.

Ya en los sesenta, Charles de Gaulle, de visita a la capital mexicana, se mostró complacido de conocer in situ este extraño régimen, reconocido casi como la piedra filosofal del arte de la política. “Algo misteriosamente hábil debe existir en una revolución institucionalizada”, dijo De Gaulle, que bien sabía lo difícil que es interpretar a la sociedad y convocar a la nación toda.

Parte del misterio lo develó José López Portillo, uno de los más peculiares exponentes del priísmo y Presidente de México entre 1976 y 1982,  quien bautizó al régimen como “democracia cromática”.

Y dio en el clavo. Esa es LA gran característica.

Muchos lectores se preguntarán, qué puede ser una “democracia cromática”. Por cierto que no corresponde a una categoría académica ni a un término de uso corriente (quien lo busque por Internet debe remitirse a sus discursos y entrevistas; y ciertamente no en el Rincón del Vago).

Para ilustrar aquello que el sagaz López Portillo denominaba “cromático”, debemos señalar que hoy esa característica se denominaría inclusividad, representatividad o legitimidad.

Sin embargo, el adjetivo “cromática” es menos sociológico y posee una carga gráfica y emocional que llega al alma del individuo y de la sociedad. Se refiere a la bandera mexicana. El PRI asumió sus colores como propios. No como simple recurso retórico. El PRI comprendió tempranamente, que los colores patrios incluyen a todos, representan la nacionalidad y legitiman el accionar.

En la actualidad, los sudamericanos más compenetrados con el fútbol, apreciarán la asociación directa entre el sentimiento nacional y los colores de su respectiva bandera. No en vano se habla de la celeste, la albiceleste, la vinotinto, la verdeamarela, la roja, etc. Y si tomamos en cuenta que a este partido se le ocurrió asumir los colores patrios a poco andar de la revolución, tenemos una asociación automática de muy larga data.

El carácter “cromático”, graficado con la bandera, nos señala que una de las claves del PRI es haber sabido adueñarse de la idea de la revolución, haciéndola genuinamente nacional, integrándola al Estado por la vía de su “institucionalización” para luego proyectarla sobre la sociedad. Sobre esa base, creó un “relato”, sin el cual ningún proyecto político puede funcionar adecuadamente. La lógica “cromática” obligaba a incluir al máximo de sectores sociales, haciéndolos confluir en el partido, lo que hacía de éste una máquina perfectamente aceitada tanto para el diálogo social como para la administración del Estado. Ningún sector debía quedar excluido.

Mucho se podrá discutir sobre los márgenes de democracia que hubo o no hubo en el México de esas décadas, pero nadie podrá cuestionar que su duración habla de cierto talento. Un talento por crear canales de comunicación entre las elites y el vulgo.

Por eso, el régimen priísta se diferenciaba de todo cuanto existiese en el resto de América Latina. Cada sexenio era un ejercicio de incluir a todas las elites, a las dominantes y a las emergentes, sin olvidar que el diálogo social era condición para el éxito.

Existe una cierta exageración al analizar cada sexenio con la idea preconcebida de que un grupo de desalmados se apoderaba del Estado para esquilmarlo. Independientemente de los amplios márgenes para corruptelas, cada gobierno era un ejercicio para mirar áreas nuevas del desarrollo a ser incentivadas desde el Estado. Mirarlo de otra forma sería negar lo evidente. México se industrializó de la mano de un presidente priista como M. Alemán. Muchos de los logros académicos y científicos admirados por la intelectualidad latinoamericana hasta el día de hoy ocurrieron bajo el régimen del PRI (a veces se olvida que la TV en color y la píldora anticonceptiva son inventos de mexicanos que estudiaron y desarrollaron su prolífica vida en esos años y en México). La vocación latinoamericanista, tan ensalzada por la izquierda latinoamericana, fue obra del PRI, que se atrevió a no romper con la Cuba de Castro, cuando ese experimento era en serio y los costos podían ser terribles. Los casi inexistentes aranceles universitarios mexicanos, que hoy admiran los estudiantes de muchos países, también fueron instaurados bajo el PRI.

Ahora, cuando muchas elites latinoamericanas miran atónitas el surgimiento de movimientos nuevos, de tipo político o social, con miradas distintas, cuando tenemos líderes excesivamente cuestionadores y desafiantes, vale la pena mirar ciertos mecanismos que tuvo el régimen priísta para cooptar, para absorber, para integrar.

Por cierto que el PRI perdió la batalla de la gran renovación de los 90 y la dictadura perfecta se derrumbó por rencillas internas. Sin embargo, permanecer tantas décadas en el poder fue posible sólo por esa enorme capacidad de diálogo interno, tanto al interior de las elites como con el resto de la sociedad. Durante seis décadas, el PRI dio lecciones sobre cómo entender al vulgo, cómo canalizar sus inquietudes y cómo evitar desbordes. Enseñó que para gobernar no siempre es necesario ser eficiente, sino eficaz.

La dictadura perfecta, según Vargas Llosa. ¿Y la fórmula? Simple, pero a la vez compleja. López Portillo la llamó agudamente “democracia cromática”.

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