martes, 16 de octubre de 2018 Actualizado a las 08:15

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El poder según La Segunda: un mapa feudal

En el Chile actual, las mujeres no tienen espacio en los lugares donde se controlan los resortes del poder. Siguiendo esta línea premoderna en medio de tanta posmodernidad, de un grupo de 83 seleccionados, apenas 9 son mujeres.
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El mapa del poder recientemente publicado por el diario La Segunda tiene algunas gracias. No sólo porque aspira a graficar la distribución del poder en la era Piñera sino porque, también, viene a continuar una curiosa práctica de algunos medios criollos, obsesionados por radiografiar el panorama de los que mandan, desde la perspectiva de otros que también mandan, retroalimentando circuitos que no parecen necesitar más prensa.

Hay una cierta ansia por ponerle rostro, biografía, percepción y discurso a nuestras elites en tanto que “el resto del mundo”, es decir, casi toda nuestra sociedad, poco parece importar. Su identidad queda reducida a un dato estadístico en las encuestas. No es de extrañar, por tanto, la perplejidad y la falta de foco para descifrar lo que está detrás de lo evidente, en estos tiempos de tomas, marchas y jóvenes empecinados a quienes se insiste en estigmatizar mediante el recurso a la criminalización.

Pero este mapa, además, tiene la virtud de teletransportarnos a paisajes sociopolíticos de airecillos medievales, partiendo por la foto del nuevo gabinete ministerial donde, además de su contundencia varonil, todos ostentan conexiones significativas con la propiedad (otra forma elegante de referirse a los conflictos de interés) así pretendidos aires aristocráticos que provendrían de sus pergaminos universitarios.

En el Chile actual, las mujeres no tienen espacio en los lugares donde se controlan los resortes del poder. Siguiendo esta línea premoderna en medio de tanta posmodernidad,  de un grupo de 83 seleccionados, apenas 9 son mujeres.

En el Chile actual, las mujeres no tienen espacio en los lugares donde se controlan los resortes del poder. Siguiendo esta línea premoderna en medio de tanta posmodernidad,  de un grupo de 83 seleccionados, apenas 9 son mujeres. Se podría contra argumentar que, en definitiva, no le compete al mapa inventar realidades, sino intentar retratarlas, más allá de las antipatías que genere. Sin embargo, sí le compete al medio seleccionar a las fuentes para construir el mapa y es allí en donde La Segunda destiñe. Sobre 182 personas consultadas, 22 son mujeres, es decir, un 12%. Desde luego que los ámbitos destacados son aquellos referidos a poderes institucionalizados, sólo así se entiende la ausencia de quienes aparecen liderando hoy los espacios ciudadanos y sociales. De esta forma, se excluye de partida un liderazgo tan prometedor como el de Camila Vallejos, actual presidenta de la FECH. Aunque Rodríguez Zapatero viene a la baja, eso no significa desconocer sus aciertos e, inclusive, frases que se la adjudican tan lúcidas como “más conservador es un lugar cuanto menos mujeres hay”.

En todo caso, ¿a quién podría sorprenderle? El desdén con que el actual gobierno considera la demanda de autonomía política femenina ya había quedado en claro cuando, en su primera Cuenta Pública Anual, la Ministra del Sernam llegó al capítulo “participación femenina” y algunas ilusas aguzamos el oído, creyendo que, por fin, se trataría del siempre postergado empoderamiento femenino. Pero Carolina Schmidt se refirió exclusivamente a la participación laboral y, si cabe, a la referida al poder empresarial, dejando a una parte de su audiencia atónita por su original versión de la participación femenina. En este marco, no es de extrañar que la presencia femenina en el gabinete sea del 18%. En el ámbito legislativo, el panorama no es mucho mejor: en senadoras, 13,1% con la designada Von Baer y en diputadas, 14,2%. Estamos lejos todavía del promedio latinoamericano del 22%,  en una región que exhibe la mayor proporción de parlamentarias.

Las cifras ponen al descubierto el páramo político femenino que dejó el gobierno de Michelle Bachelet quien, aunque logró avances indiscutibles en el terreno de lo simbólico, genera dudas sobre los efectos concretos de su mandato para las definiciones de género en la sociedad chilena y, más concretamente, para la igualdad política de género. Queda demostrado que ésta no puede depender únicamente de la voluntad política de un gobierno o de un/a gobernante, sino que requiere medidas que la garanticen. Más aún, tratándose de sociedades que recién asoman a la igualdad, como es el caso de la nuestra. En tiempos en que todos parecen sugerir la necesidad de aprobar reformas políticas como una forma de dar respuesta al malestar ciudadano, la importancia de que las mujeres estén presentes en la toma de decisiones queda en la trastienda. Es una demanda que, hoy por hoy, parece encallada. No deja de llamar la atención que, dentro del menú de reformas políticas propuestas por la Concertación (sector en el que muchos alientan una nueva candidatura de la ex Presidenta), no se haya enarbolado la demanda de inclusividad femenina como dimensión sustantiva de la participación. Es cosa de ver dónde están hoy día las otrora ministras paritarias. Salvo Tohá, presidenta de partido y una Albornoz que trata de abrirse espacio, no se encuentran en roles políticos protagónicos. Esta falencia, y no es la única, refuerza la idea de que la Concertación parece aferrarse  más a su sus pretendidas glorias pasadas que a los desafíos de futuro.

En lo concreto, el Chile del 2011 asiste a muchas paradojas. Una de ellas es haber transitado abruptamente desde un momento estelar, en que la paridad ministerial y la igualdad de género fueron visibilizadas a otra, preocupante, en la que asistimos a su ablación.

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Envíada por Rodrigo Reyes S | 16 octubre, 2018

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