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La muerte de uno de los padres de la Patria

por 8 septiembre, 2011

La muerte de uno de los padres de la Patria
La difícil historia de Chile en las últimas décadas y las divisiones que todavía existen en nuestra élite explica que no exista una memoria colectiva con todos los padres de la Patria del siglo XX. Se recuerda a los presidentes, aquellos que el pueblo llevó a la casa de Toesca, y a algunos intelectuales, pero se olvida a grandes chilenos que sirvieron muchísimo al país sin haber llegado a La Moneda. Ahí están el Dr. Eduardo Cruz-Coke, padre de la medicina social moderna, Clotario Blest, fundador del sindicalismo, el cardenal Raúl Silva Henríquez, defensor de los derechos humanos, y Gabriel Valdés Subercaseaux.
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La muerte de Gabriel Valdés Subercaseaux (1919-2011) significa el alejamiento de uno de los más destacados políticos “tradicionales” de Chile en el último medio siglo. La tergiversación de nuestra historia democrática por sus adversarios y el descuido de la política y los partidos por los políticos “modernos” y los tecnócratas han dejado en un segundo plano a los grandes políticos. Cuando se ha producido una rebelión estudiantil que ha interpelado a la clase política, es aún más importante recordar algunos hitos de la biografía política de don Gabriel.

Valdés ingresó tardíamente a la política, en 1964 cuando el presidente Eduardo Frei Montalva lo designó ministro de Relaciones Exteriores.  Aunque había participado en la fundación de la Falange Nacional en 1938, llegando a ser vicepresidente de una de sus directivas en los años 50, y en la fundación del PDC dos décadas, se había mantenido alejado de la política, trabajando en la Compañía de Aceros del Pacífico (CAP), creada por la Corfo en los años 40.

Apoyado  por un Presidente que valoraba la importancia de la inserción internacional de Chile, Valdés impulsó una muy destacada labor, impulsando la integración con América Latina y una estrecha relación con las democracias de Europa Occidental para tener mayor autonomía de los EE.UU. Amplió el ámbito de la Cancillería a las relaciones económicas, nombrando a un economista como subsecretario, Patricio Silva Echenique. Reunió a un grupo de brillantes colaboradores, como Ramón Huidobro, diplomático de carrera, y a  jóvenes universitarios, como Mariano Fernández. Más tarde, fue  subsecretario general de la Naciones Unidas a cargo del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo de (1971-1981), y se radicó en Nueva York. Desde esta posición ayudó a la  causa democrática en América Latina en una época en que las dictaduras se extendieron en la región, con la excepción de Colombia y Venezuela.

Estos políticos “modernos” reducen la política a la gestión del gobierno y es dirigida por ministros y dirigentes de partidos que no conocen al ciudadano porque no han sido elegidos y, empujados por el narcicismo, no conocen los errores, ni los abusos que cometen. Sin tener fuertes convicciones, entienden la práctica política como una técnica de negociaciones y compromisos entre grupos de poder. Esta visión pequeña de la política es la que ha provocado el desencanto en ella de los jóvenes, que ahora se movilizan por una mejor educación.

Regresó a Chile en 1981 para ayudar al restablecimiento de la democracia y fundó el Centro de Estudios del Desarrollo (CED) porque estaba convencido que las ideas eran fundamentales para lograr ese objetivo. Fue elegido presidente del PDC en 1982, después de la muerte de Frei, como candidato de consenso, y fue acompañado por las más destacados personalidades del partido en ese momento, Patricio Aylwin, varias veces presidentes del PDC, Narciso Irureta, cuatro años más joven que don Gabriel, que había sido presidente del PDC en 1960 y antes, secretario general, Sergio Molina, ex ministro de Hacienda del presidente Frei, y Raúl Troncoso, que había sido secretario general de gobierno de Frei. Como secretario general estuvo José de Gregorio, que había ocupado ese cargo en diversas oportunidades antes de 1973.

Como presidente del PDC, Valdés dio pasos fundamentales para unir a la oposición, creando la Alianza Democrática, con el Partido Radical, un sector del socialismo (“el PS Núñez”) y la derecha republicana. Fue reelegido como presidente del PDC en una elección competitiva en la junta nacional de 1985, y fue acompañado por Jaime Castillo Velasco, Claudio Huepe y José Ruiz di Giorgio como vicepresidentes, y Eugenio Ortega, como secretario general. No quiso postular a un tercer período en las elecciones de 1987, que fueron ganadas por Patricio Aylwin, que era acompañado por Andrés Zaldívar como primer vicepresidente, Narciso Irureta como segundo vicepresidente, Edgardo Boeninger, como tercer vicepresidente y Gutemberg Martínez, como secretario general. Valdés no tenía la experiencia política para conocer los tiempos, ni las complejidades de la política de partido. Tampoco poseía las redes de contactos personales al interior de la principal colectividad opositora en un momento clave de la historia del país. Algunas personalidades a quienes él antes había apoyado no le acompañaron en su interés por llegar a ser el candidato presidencial del PDC.  La política es dura, recordaba Max Weber a los estudiantes de Münich en su famosa conferencia sobre la política como vocación.

Fue elegido senador en 1989 y presidente del senado hasta 1996 y fue reelegido en la Cámara Alta en las elecciones de 1998. Durante el gobierno de la presidenta Bachelet fue embajador en Italia por tres años.

Gabriel Valdés, como otros políticos “tradicionales” que desde los años 80 trabajaron intensamente por el retorno a la democracia -Patricio Aylwin, Enrique Silva Cimma, Hugo Zepeda, Julio Subercaseaux, René Abeliux, Renán Fuentealba, Clodomiro Almeyda y muchos otros- entendía la política como una actividad superior, que buscaba construir un país en democracia, con desarrollo  y justicia social a partir de ideas y siguiendo convicciones, cristianas en su caso, que recibió en su hogar, en el colegio San Ignacio y en la Universidad Católica, que les servían de apoyo en los momentos difíciles y le orientaban en la oscuridad. Rechazaba el concepto de política que carece de un objetivo mayor y la concibe como un listado de iniciativas puntuales, que descarta los ideales y no se preocupa de convocar a los ciudadanos.

Estos políticos “modernos” reducen la política a la gestión del gobierno y es dirigida por ministros y dirigentes de partidos que no conocen al ciudadano porque no han sido elegidos y, empujados por el narcicismo, no conocen los errores, ni los abusos que cometen. Sin tener fuertes convicciones, entienden la práctica política como una técnica de negociaciones y compromisos entre grupos de poder. Esta visión pequeña de la política es la que ha provocado el desencanto en ella de los jóvenes, que ahora se movilizan por una mejor educación.

Fueron los políticos “tradicionales” los que hicieron posible la recuperación de la democracia en muy difíciles condiciones, movilizando a millones de chilenos a partir del desplome del “milagro económico” del régimen militar en 1982, que llevó a la peor crisis económica de Chile desde la de 1929. Iniciada la protesta por los sindicatos de Codelco y continuado luego con la participación de los trabajadores de otros sectores, de los estratos populares y medios y de los estudiantes, se desarrolló una movilización social que hizo fracasar el intento del general Pinochet de abrir la política en 1988, debiendo hacerlo cinco años antes. Ahí comenzó la transición chilena, con presiones de la calle, huelgas y protestas, que continuaron después por la arena institucional, el plebiscito sucesorio del 5 de octubre de  1988.

El triunfo de la oposición democrática fue posible por esta amplia organización, articulada a partir de los partidos, sindicatos, organizaciones estudiantiles, colegios profesionales y otras organizaciones sociales. Valdés tuvo una activa participación en ello, fue maltratado por el régimen y sus colaboradores civiles y estuvo preso.

La difícil historia de Chile en las últimas décadas y las divisiones que todavía existen en nuestra élite explica que no exista una memoria colectiva con todos los padres de la Patria del siglo XX. Se recuerda a los presidentes, aquellos que el pueblo llevó a la casa de Toesca, y a algunos intelectuales, pero se olvida a grandes chilenos que sirvieron muchísimo al país sin haber llegado a La  Moneda. Ahí están el Dr. Eduardo Cruz-Coke, padre de la medicina social moderna, Clotario Blest, fundador del sindicalismo, el cardenal Raúl Silva Henríquez, defensor de los derechos humanos, y Gabriel Valdés Subercaseaux.

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