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Europa debe atinar

por 28 septiembre, 2011

La falta de rigor en la aplicación de los acuerdos de hace una década, sin el compromiso básico de una sociedad, genera estos riesgos y las consecuencias de una creciente desafección por el proyecto, el que sin embargo, paradojalmente, aún con sus imperfecciones, ha dado sesenta años de paz y cooperación, y un razonable desarrollo social, económico y científico.
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Europa debe atinar, para bien de todos. En América latina estamos confundidos y hasta estupefactos mirando al continente que, por mucho tiempo, sobre todo desde la segunda postguerra, ha sido nuestro paradigma de sensatez política, articulación económica y bienestar social. La paradoja constante parece haberse instalado en la UE, para regocijo de los euroescépticos y preocupación de los europtimistas, de ambos lados del Atlántico, que la consideramos siempre como una reserva cultural, guardiana de los derechos humanos, capaz de preservar la paz, el desarrollo y la cooperación.

En la construcción de su proyecto integracionista iniciado hace más de sesenta años, siempre se terminó imponiendo la capacidad política para solucionar crisis objetivas, pero sobretodo de sentido, como la eurosclerosis, el europesimismo, venciendo el euroscepticismo, que hoy vuelve por sus fueros. Siempre se hizo con más integración. El Acta Única, Maastricht, el Mercado Único y la Unión Económica y Monetaria -con su apuesta más riesgosa, el Euro- fueron producto de la determinación de partidos demócrata-cristianos, socialistas, socialdemócratas, liberales, derecha democrática, y el liderazgo de personalidades notables que no se rindieron a los malos augurios, ni menos al dictado de los mercados. Conductores del proceso, y no solo gerentes políticos con la calculadora en una mano y las encuestas en la otra.

La falta de rigor en la aplicación de los acuerdos de hace una década, sin el compromiso básico de una sociedad, genera estos riesgos y las consecuencias de una creciente desafección por el proyecto, el que sin embargo, paradojalmente, aún con sus imperfecciones, ha dado sesenta años de paz y cooperación, y un razonable desarrollo social, económico y científico.

Pero los tiempos que corren son otros. Los dictados del mercado, de las calificadoras, de las bolsas, y de la “opinión publicada”, atemorizan a la gente, y arrinconan y condicionan las decisiones de los gobernantes. No solo en Europa, es cierto, si no, preguntémosle a Obama.

Dos hechos abonan la incertidumbre que hace tiempo se ha instalado en el Viejo Continente sobre su futuro. El relativo cierre de fronteras interiores a las personas (no así a las mercancías), y los vaivenes en la solución de la crisis financiera. El Consejo Europeo hace unos meses abrió la puerta a una modificación del reglamento del Tratado de Schengen, instrumento jurídico creado para garantizar una de las libertades básicas y pilar de la integración, cual es la libre circulación de personas. Las consecuencias de esta decisión, si bien sujeta a verificaciones y reglas, afectan no solamente a los inmigrantes ilegales o recientes, sino a todo aquel que lo sea, legal o no, puesto que no es posible discriminar a priori quien lo es y quién no. Y afectará igualmente a ciudadanos del sur de España y Portugal, de los países del Este incorporados a la Unión, a los gitanos de diferentes partes y todo aquel cuyos rasgos físicos hagan "sospechar" que se trata de un inmigrante. Paradoja, cuando según los cálculos Europa podría necesitar de aquí al 2050 hasta cien millones de inmigrantes.

Otro hecho esencial, es el limitado avance en el establecimiento del gobierno económico, destinado originalmente a garantizar la estabilidad económica y financiera, mediante la responsabilidad compartida. Responsabilidad presente ya en Maastricht, como base de la unión económica y monetaria, que ningún país ha cumplido a cabalidad, ni siquiera Alemania. Los propósitos de Lisboa de aumentar la competitividad y el empleo se han visto mediatizados por estos incumplimientos, cuya máxima expresión es hoy día Grecia, pero que se extiende a los peyorativamente denominados “PIGS” (Portugal, Irlanda, Grecia y España).

La falta de rigor en la aplicación de los acuerdos de hace una década, sin el compromiso básico de una sociedad, genera estos riesgos y las consecuencias de una creciente desafección por el proyecto, el que sin embargo, paradojalmente, aún con sus imperfecciones, ha dado sesenta años de paz y cooperación, y un razonable desarrollo social, económico y científico. Pero otra paradoja: Europa tiene sus cuentas externas equilibradas, el problema es de distribución interna y ordenamiento fiscal. O sea, es un problema político.

Ello es resentido por la ciudadanía, en particular los jóvenes (los mileuristas y los ni-nis, que o ganan apenas mil euros, o ni trabajan ni estudian), indignados en busca de respuestas.

Mala cosa, un paso atrás en la integración europea, que hace meditar sobre la incapacidad comunitaria de articular soluciones viables sin vulnerar los principios esenciales de su proyecto político. Los vaivenes en la solución de la crisis, las decisiones que tardan una enormidad en implementarse, las reticencias a meterse la mano al bolsillo solidariamente -aunque siempre la solidaridad, a la larga, paga para todos- las paradojas de que las grandes empresas tengan grandes excedentes de capital y ganancias, los clubes de fútbol con presupuestos multimillonarios que pagan hasta 200 millones por un jugador, mientras el paro en España llega al 21% y el juvenil al 42%, y en el resto de Europa al 10%, que ya es demasiado.

¿Qué es todo esto? ¿Fatiga de combate? ¿Falta de liderazgo político, o modificación del paradigma?

En Santiago de Chile, hace un par de meses, expertos europeos y latinoamericanos convocados por dos think tanks de las relaciones euro-latinoamericanas (CELARE y Fundación Carolina), se reunieron en la CEPAL para analizar lo que sucede en Europa, sus consecuencias para América latina y el contexto estratégico global.

Lo mismo están haciendo otras redes eurolatinoamericanas de académicos, en Argentina, en Uruguay, en Brasil, Ecuador, en España, no solo para comprender lo que pasa, sino para ver si juntos podemos articular propuestas que hacer llegar a los tomadores de decisiones y al sistema internacional, que ayuden a perfilar soluciones.

Un aporte desde la sociedad civil, ante el actual desconcierto de Europa, que es mal ejemplo para nuestra limitada integración. Pero tal vez sea América Latina un aliado para darle vitalidad y algunos derroteros, en una asociación de actores globales, como la ha llamado el presidente de la Comisión Europea, que deberíamos explicitar y concretar claramente en la próxima Cumbre UE-ALC de Santiago de Chile de 2012.

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