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La disyuntiva de Obama: Palestina o la soledad de Netanyahu

por 28 septiembre, 2011

La disyuntiva de Obama: Palestina o  la soledad de Netanyahu
Si Obama ha elegido abdicar de sus antiguas ideas por el bien superior de su Estado, el resto del mundo no tiene por qué cambiar el sentido de las revoluciones, en especial la causa Palestina. De todos modos, algo es innegable: aunque controlen las finanzas, en su alianza con Netanyahu los Estados Unidos estarán cada vez más solos.
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La aclamación que recibió Mahmud Abbas, Presidente de la Autoridad Nacional Palestina, este viernes 26 de Septiembre en la Asamblea General de la ONU en Nueva York no tiene precedentes. Por primera vez su defensa del sueño de un Estado Palestino ha sido uno de los mayores golpes mediáticos contra la diplomacia norteamericana, en especial para Barak Obama y su remozado apoyo a Israel. Tanto que el asedio de la crítica se multiplica en los titulares de la prensa internacional, denunciando su renovado republicanismo, lo que ha sido coronado por la New York Magazine y su crónica ¿Es Obama el primer presidente judío de EE.UU.?

Ese día el líder palestino logró dar una estocada certera: retó al poder avasallador de Netanyahu y al modo autárquico norteamericano de imponer justicia. Ello, porque trasladó su petición de reconocimiento —contraviniendo al Cuarteto de Paz para Medio Oriente— desde las cuatro paredes de un salón en Camp Davis hasta una instancia que acapara todas las miradas del mundo. Algunos dirán que excede sus derechos, que sólo el Consejo de Seguridad tiene competencia para decidirlo. Otros ya sentencian que los costos se cargarán a cuenta de la crisis humanitaria en Gaza. Sin embargo, esa crítica se desvanece. El valor del hecho político es otro: ha puesto un límite al sistema de negociación bilateral con Israel y a su arbitrariedad, pidiendo un legítimo cambio de condiciones según el sistema general de la ONU. Y también, se impone al ocaso de su propia carrera y a las amenazas a su incapacidad económica frente a décadas de embargos y barreras de entrada a los mercados.

En este escenario, entre los múltiples problemas que enfrenta la reelección de B. Obama, esta nueva disyuntiva la ha creado él mismo. Apoyar la legitimidad de la pretensión Palestina, o por el contrario, sustentar la tenaz oposición de Netanyahu, quien está cada vez más solo. Es él quien entra en pugna con su paradigma político cuando anuncia que ejercerá el derecho a veto contra la petición de reconocimiento de un Estado Palestino “porque no tolerará presiones indebidas”. ¿Cuáles? Nunca hubo un presidente de Estados Unidos tan comprometido en su poética discursiva con la reparación al mundo musulmán y la autonomía de Irak, Afganistán y Palestina. Antes de la revuelta de febrero, fue él quien recorrió Europa y África hablando de la urgencia de una primavera árabe y no fue el pueblo sometido por años de dictaduras o quebrantado por la concentración de la riqueza en las familias de los Sheik y Emires. Con este cambio radical del premio Nobel de la Paz la responsabilidad hacia sus electores puede compensarse con  los beneficios del lobby de AIPAC (Comité de Asuntos Públicos de Estados Unidos-Israel), pero no es lo mismo respecto a su responsabilidad internacional, la cual incluso es mayor que la de sus predecesores.

Nunca hubo un presidente de Estados Unidos tan comprometido en su poética discursiva con la reparación al mundo musulmán y la autonomía de Irak, Afganistán y Palestina. Antes de la revuelta de febrero, fue él quien recorrió Europa y África hablando de la urgencia de una primavera árabe y no fue el pueblo sometido por años de dictaduras o quebrantado por la concentración de la riqueza en las familias de los Sheik y Emires.

En su camino por el nuevo trato al Islam, su discurso del 4 de junio del 2009 en la Universidad Al Azhar (la cuna del Islam por más de mil años en el Cairo), es un recuerdo que no palidece: “he venido hasta aquí para buscar una nueva relación con el Islam, porque Occidente está en deuda con el camino que construyó el Islam para el Renacimiento y el Siglo de las Luces en Europa”. Desde la navegación hasta el álgebra y la medicina, desde la caligrafía hasta las imprentas, desde la majestuosidad de las edificaciones y las bellas telas de vestir hasta el modelo de sociedad  del Al Andalus, todo lo más grandioso tenía su origen en el imperio del Islam. E incluso destacó: “el Islam siempre ha sido parte de la historia de Estados Unidos. La primera nación en reconocer a mi país fue Marruecos. Al firmar el Tratado de Trípoli en 1796, nuestro segundo presidente, John Adams…Y desde nuestra fundación, los musulmanes estadounidenses han enriquecido a Estados Unidos. Y cuando el primer musulmán estadounidense fue elegido recientemente al Congreso y juró defender nuestra Constitución usó el mismo Sagrado Corán que Thomas Jefferson tenía en su biblioteca personal”.

En dicha oportunidad, entre vítores de los asistentes y ovaciones de rockstar, la cuestión Palestina estuvo en varias páginas. Esa fue la promesa originaria de “apoyar y no socavar el reconocimiento de un Estado Palestino, porque es un pueblo que sufre la humillación de la ocupación y la lucha por un territorio propio por más de seis décadas”. Así, empeñó su palabra respecto que “Estados Unidos no les dará la espalda a las aspiraciones legítimas de los palestinos de dignidad, oportunidades y un estado propio”. Tanto que condenó el actuar de Israel ya que “su gobierno no aceptaría la legitimidad de más asentamientos israelíes. Dicha construcción viola acuerdos previos y menoscaba los esfuerzos por lograr la paz. Es hora de que cesen dichos asentamientos”.

Tampoco es posible olvidar su discurso del año 2010 en la misma Asamblea de la ONU, donde expresamente manifestó su anhelo que para este período de sesiones Palestina ya fuera un Estado. En esa época el multilateralismo y la igualdad de oportunidades eran parte de su lema Yes, we can change. En cambio, hoy su elocuencia revolucionaria está deslucida, quizás inexistente, y su diplomacia vuelve a ser la de los Bush. Por ejemplo, un grupo de 70 congresistas ha instado a 31 países a que rechacen estas "acciones unilaterales" de Abbas, pidiendo que voten en contra de cualquier resolución que permita a la misión Palestina su adhesión plena o como Estado observador ante la ONU.

Por otra parte, Benjamín Netanyahu el primer ministro de Israel —la única democracia real en Oriente Próximo como le gusta decir está solo. Ha perdido el apoyo de su antiguo aliado Turquía tras el ataque a las flotas de ayuda humanitaria en sus aguas. En el plano interno, aunque sea un país de la OCDE, hay miles de indignados reclamando contra la desigualdad, la represión y la reubicación de beduinos a su antojo bajo una condición jurídica inferior a sus ciudadanos. Además, Netanyahu, está en guerra. En su discurso en la ONU, inmediatamente después de la aparición de Abbas, declaró que “No hay paz, hay guerra. Tenemos a Irán, que ha abatido a la Autoridad Palestina allí, a través de su satélite, Hamas”.

En cambio, Abbas victorioso y prudente había declarado que “No queremos aislar a Israel ni deslegitimarlo, sólo queremos legitimar al pueblo palestino". En la descripción del futuro estado Palestino ha mencionado características que el Gobierno israelí rechaza, como su soberanía sobre Cisjordania y Gaza y el establecimiento de la capital en Jerusalem. Del mismo modo, la paralización de los asentamientos como condición para establecer un diálogo auténtico. Pero ha ofrecido flexibilidad para discutir estos asuntos, pues sabe que las soluciones son inciertas, tras la férrea hermandad reestablecida por Obama y Netanyahu.

Más allá del revuelo periodístico y la conquista emotiva e ideológica de Abbas, lo cierto es que el dilema no es sólo de Obama, sino de los demás países que apoyan las decisiones de justicia internacional al interior de la ONU. Las dificultades y contradicciones del presidente norteamericano no pueden prevalecer sobre la governance y el derecho. Si Obama ha elegido abdicar de sus antiguas ideas por el bien superior de su Estado, el resto del mundo no tiene por qué cambiar el sentido de las revoluciones, en especial la causa Palestina. De todos modos, algo es innegable: aunque controlen las finanzas, en su alianza con Netanyahu los Estados Unidos estarán cada vez más solos. Basta observar cómo para nuestros políticos locales ya es impopular y old  fashion la fotografía de perfil de facebook y twitter a tres colores imitando los afiches de Barak Hussein Obama.

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