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Steve Jobs y las paradojas de la innovación

por 17 octubre 2011

Detrás de su obra existe un vibrante sistema de innovación, comenzando por el notable sistema de educación universitaria donde las principales universidades son públicas o privadas sin fines de lucro, siguiendo con el inmenso apoyo estatal a la investigación científica y tecnológica, así como una compleja industria de tecnologías de información y comunicación que siempre contó con un generoso apoyo público.

Marshall Berman nos recuerda que una de las ideas más cautivantes de Marx al caracterizar el capitalismo fue describirlo como un proceso donde “todo lo sólido se disuelve en el aire y todo lo sagrado se vuelve profano”. Schumpeter retomó esa idea al afirmar que el cambio en las economías modernas consistía en un proceso de “creación destructiva” pero agregó que la principal figura de ese proceso era el empresario innovador que  introducía nuevos productos, nuevos procesos, nuevos mercados, nuevas fuentes de abastecimiento de materias y nuevas formas de gestión y organización.

Schumpeter no explica como nacen estas oleadas de innovaciones ni tampoco dice en qué consisten. Esto ha llevado a olvidar el contexto histórico en que éstas emergen o, peor todavía, a suponer que el crecimiento depende de la cantidad de innovadores porque todo lo que harán siempre será beneficioso para el país. Sin embargo, la realidad es bien diferente y hasta paradójica. Lo cierto es que las innovaciones pueden ser productivas, improductivas,  rentistas y hasta destructivas. Todas estas formas existen simultáneamente, sea cual sea el país o la época histórica que consideremos. Y lo que la historia enseña es que el predominio de una u otra forma de innovación depende de las reglas del juego, vale decir de las instituciones, regulaciones y políticas públicas.

Detrás de su obra existe un vibrante sistema de innovación, comenzando por el notable sistema de educación universitaria donde las principales universidades son públicas o privadas sin fines de lucro, siguiendo con el inmenso apoyo estatal a la investigación científica y tecnológica, así como una compleja industria de tecnologías de información y comunicación que siempre contó con un generoso apoyo público.

Steve Jobs fue el empresario emprendedor por excelencia de principios del siglo XXI, tal como hace aproximadamente cien años lo fueron Bell y Ford. Todos ellos nadaron contra la corriente y sintetizaron propiedades inusuales de visión, creatividad y liderazgo generando innovaciones que trajeron grandes beneficios a la humanidad. Expresan el lado productivo y brillante de la innovación. Demuestran que el capitalismo es un sistema complejo que no sólo está basado en la dominación y la desigualdad sino también en la creatividad y el progreso.

Steve Jobs combinó la innovación con la belleza estética. Su éxito no fue sólo resultado de su inteligencia y personalidad, sino del contexto social en que vivió. Detrás de su obra existe un vibrante sistema de innovación, comenzando por el notable sistema de educación universitaria donde las principales universidades son públicas o privadas sin fines de lucro, siguiendo con el inmenso apoyo estatal a la investigación científica y tecnológica, así como una compleja industria de tecnologías de información y comunicación que siempre contó con un generoso apoyo público. En particular Jobs se nutrió del ambiente de Silicon Valley y contó con Apple, una empresa que reúne brillantes científicos, ingenieros y diseñadores. Y no menos importante, cabe recordar que los sofisticados productos de Apple se masificaron gracias a vasto mercado de consumidores con elevado poder de compra. Por ello es que las innovaciones –vale decir los inventos que llegan al mercado- no emergen en cualquier lugar o cualquier parte sino que están determinadas por la historia, las instituciones y la estructura económico-social de las naciones.

Los innovadores siempre son acompañados por los imitadores quienes perfeccionan y abaratan los nuevos productos y procesos. De hecho Apple parece haber terminado el ciclo de las innovaciones

radicales de la primera década del siglo XXI y está pasando a una fase de innovaciones incrementales para mantener el gap tecnológico respecto a sus competidores. Pero lo más importante es que continuará tratando de capturar externalidades de sus servicios en red mediante las cuales podrá mantener por un buen tiempo sus ganancias extraordinarias. Por ello es que los imitadores de todo el mundo cumplen el rol social de hacer productos similares y más baratos difundiendo el progreso tecnológico, erosionando así y ojalá en forma inevitable las rentas monopólicas de Apple. En eso consistirá la era pos-Jobs hasta que aparezca otro innovador radical.

Sin embargo, la innovación también tiene su lado oscuro. Schumpeter nunca dijo que la innovación generaba intrínsecamente crecimiento o bienestar social. Sólo dijo que era el principal mecanismo que explicaba la dinámica de cambio de las economías de mercado, que siempre tendrá su lado creativo y destructivo. En este sentido, el narcotráfico con sus Pablo Escobar innova continuamente pero destruye el tejido social. Las industrias militares y de espionaje generan sucesivas innovaciones pero sirven mayormente para la coerción y la guerra (o su amenaza). También existen las innovaciones que destruyen el medio ambiente, como lo fueron los buques factoría en la pesca o el sistema de “floreo” usado en la deforestación de nuestros bosques. Y claro, existen las innovaciones que consisten en eludir impuestos o en usar sociedades inmobiliarias para disfrazar el lucro en las universidades cuando legalmente está prohibido.

A lo anterior se suman las innovaciones financieras que pueden ser positivas pero que a veces operan como una verdadera arma de destrucción masiva del tejido productivo. En el Chile de los setenta la innovación financiera sirvió para la emergencia de los grupos económicos y luego para las llamadas “empresas de papel” que terminaron arruinando la economía y endeudando el país. Los capitales “golondrina” son también expresión de la especulación financiera que desestabiliza continuamente a las economías de la región. Todo esto es sabido, pero algunos tienden rápidamente a olvidar estas lecciones porque surgen los optimistas y los populistas que creerán que ya somos inmunes y “que esta vez será diferente”. En un país donde los activos financieros ya representan 2.5 veces el PIB, estas creencias nos conducirán inevitablemente a nuevas crisis. Por eso hay que nadar contra la corriente o como decimos los economistas hay que ser contra-cíclicos.

En fin, tal como el capitalismo tiene una dinámica de creación destructiva, las innovaciones tienen sus lados brillantes y oscuros. Unas generan progreso y bienestar, otras destruyen tejido productivo y social o degradan el medioambiente. Frente a ello no tiene sentido impedir la innovación como si se tratara de cerrar una caja de Pandora que ya se abrió hace siglos, sino milenios. Lo que se trata es construir reglas del juego, instituciones y políticas públicas que, por un lado, desestimulen las innovaciones rentistas y destructivas y que por otro, alienten la innovación productiva para el desarrollo, la igualdad y el progreso civilizatorio.

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