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Indignados del mundo uníos: el poder paralelo que debe ser escuchado

por 19 octubre 2011

Indignados del mundo uníos: el poder paralelo que debe ser escuchado
El ciudadano global parece no estar dispuesto a aceptar que los poderosos que predican la moral cometan abusos sexuales; que los poderosos de las finanzas y el emprendimiento privado especulen, estafen y esquilmen con prácticas usureras y codiciosas; que los poderosos de la política decidan en un club selecto medidas que benefician a unos pocos en desmedro del bien general.

El 2011 quedará marcado como el año de los indignados (ya ni siquiera amerita referirse a ellos entre comillas). Es la expresión palpable del nuevo paradigma que se viene anunciando desde hace dos décadas, a partir de la masificación de las nuevas tecnologías de la comunicación.

Entre los muchos cambios que se viven en la llamada Sociedad del Conocimiento, hay dos fundamentales para llegar a esta explosión multitudinaria que se vive en sociedades tan diversas como Chile, España, Israel, Siria, Grecia, Egipto o Estados Unidos. Por un lado, la comunicación instantánea y horizontal, sin intermediarios y sin una autoridad que define qué pensar y qué hacer. Por otro, la transformación de los conceptos de privacidad y transparencia, que se instalaron como valores prioritarios, afectando de manera definitiva a los poderosos. El umbral de lo permitido varió sustancialmente. No hace mucho se consideraba que quien no hacía uso ostentoso de su poder era un necio que no lo merecía. Hoy, en cambio, la sanción social contra el abuso se hace cada día más severa. Basta ver cuántos han caído a raíz de una denuncia en Twitter o Youtube.

Los chilenos sabemos mucho de rigideces y polarización, cabe preguntarse si tendremos la sabiduría suficiente para hacer el camino corto.

El ciudadano global parece no estar dispuesto a aceptar que los poderosos que predican la moral cometan abusos sexuales; que los poderosos de las finanzas y el emprendimiento privado especulen, estafen y esquilmen con prácticas usureras y codiciosas; que los poderosos de la política decidan en un club selecto medidas que benefician a unos pocos en desmedro del bien general. El descrédito de las instituciones tradicionales –Iglesia, partidos políticos, parlamentos, bancos- es dramático y persistente en las más diversas latitudes.

Vivimos tiempos de transición, de búsqueda. Aún no se asienta el nuevo paradigma, la cosmovisión de esta Sociedad del Conocimiento, un nuevo conjunto de valores y creencias para percibir la realidad y ordenar las relaciones humanas a distintos niveles.

Por más desprestigiadas que estén, las instituciones tradicionales todavía no se desploman. Y las reglas del juego del futuro todavía no surgen con claridad.
Pero ya surgió un poder paralelo al establecido: el poder de los indignados.

Sus demandas difieren de un continente a otro, pero en todas partes gozan de un apoyo popular mayoritario. Lo que está en juego una vez más es la vieja ecuación de libertad e igualdad, a lo que se une la solidaridad cuando se marcha juntos por las calles, se acampa en grupo en los parques o se pone en riesgo la vida.

Como ha ocurrido a lo largo de la historia, que jamás se detiene, las sociedades más sabias seguramente escucharán con atención y tendrán la flexibilidad suficiente para avanzar y adentrarse en lo que será definitivamente el siglo XXI. Las sociedades más sordas y rígidas intentarán mantener el orden existente, extremando posiciones con las fatídicas consecuencias repetidas una y otra vez: violencia, dolor y sangre. Eso sólo demora lo que ha de venir.

Los chilenos sabemos mucho de rigideces y polarización, cabe preguntarse si tendremos la sabiduría suficiente para hacer el camino corto.

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