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Por qué Chile necesita universidades estatales de calidad

por 30 octubre 2011

La lucha de los estudiantes chilenos por reforzar la educación pública es pertinente y necesaria. No podemos ser por siempre el país donde la educación es la más cara del mundo. De seguir así el apartheid racial de lo que fue Sudáfrica parecerá un drama al lado de la tragedia chilena de la discriminación.

El titulo de este artículo  podría estar situado en las discusiones del siglo XIX en América Latina. Sin embargo, en el Chile actual, que ha avanzado a niveles impresionantes en la privatización de las universidades, resulta pertinente y útil debatir sobre el rol de las universidades estatales y si debieran o no terminar de morir ante los embates de una dinámica del mercado ayudado por el desinterés del Estado chileno en sus propias instituciones educativas. O, al contrario, ¿el país necesita de estas instituciones para lograr un desarrollo social y técnico adecuado, que no garantiza el sistema privado?

Conocemos la visión de los neoliberales que están en el gobierno del Presidente Sebatian Piñera. Frente a las demandas estudiantiles de educación gratuita, de fin al lucro en las universidades privadas, de plebiscito sobre el modelo educativo....responden con represión, nuevas amenazas de castigo para sus dirigentes  y con medidas y proyectos (presupuesto 2012)  que resguardan el negocio y el diseño educativo montado desde Pinochet y consolidado durante los cuatro gobiernos de la Concertación.

Como lo han señalado diversos actores sociales, expertos y políticos, este presupuesto no  cambia la precaria situación de las universidades del Estado. Al contrario, todo indica, que se le quieren acertar golpes de muerte súbita al negársele los aportes de becas y subvenciones, que en esta época, provienen de los fondos estatales. De seguir estas medidas, en el  plazo de meses, las universidades estatales chilenas no podrán sostener a sus académicos y funcionarios y terminarán en la quiebra.

La lucha de los estudiantes chilenos por reforzar la educación pública es pertinente y necesaria. No podemos ser por siempre el país donde la educación es la más cara del mundo. De seguir así el apartheid racial de lo que fue Sudáfrica parecerá un drama al lado de la tragedia chilena de la discriminación.

¿Un sistema de Educación Superior, sin universidades estatales, sería mejor para la sociedad chilena? La respuesta es categóricamente no por diversas razones.

Una de ellas es que el conocimiento, la investigación científica y la formación de profesionales, se mueve en un clima de intangibles, de imbricadas condiciones para la creatividad y  requiere de activa participación comunitaria en los diversos niveles de decisión, que las universidades privadas, no pueden o no consideran necesario reproducir. Las investigaciones relacionadas con  las ciencias básicas, con las fronteras del conocimiento,  necesitan de relaciones laborales  libres de los apremios de la rentabilidad inmediata. La producción de conocimientos requiere de condiciones especiales para el desarrollo de las ideas, de las propuestas, de la conciencia crítica. Es decir, la enseñanza-aprendizaje, se mueve con estándares muy distintos al de cliente- oferente y esto tiene el costo de una organización sin fines de lucro, indispensable para toda sociedad que aspira a renovarse y a ser competitiva en el campo del conocimiento y de la tecnología.

La universidad estatal se justifica cuando es diversa y pluralista, con responsabilidad social, dispuesta a invertir en áreas que no tienen demanda inmediata del mercado, a desarrollar proyectos "especulativos" como la nanotecnología, la astronomía o la epistemología de la comunicación social y a pensar en el mundo y en el  país concreto, más allá de los legítimos intereses particulares.

Las universidades estatales deben garantizar el debate democrático en los niveles intelectuales y sustentarse en los dividendos conceptuales, de formación rigurosa, absolutamente alejadas de la conveniencia de los clientes (alumnos)  y de las prácticas autoritarias que tienen las instituciones privadas.

La sociedad chilena debe saber que las universidades no son solo centros de formación de profesionales que van a un mercado a ganar dinero. Las universidades son la conciencia crítica de la sociedad, capaz de advertir de los peligros, con mecanismos adecuados para  hacerse autocrítica y el debate abierto y sereno, de investir a sus educandos de ética y responsabilidad social y ello se hace en organizaciones tolerantes, diversas, pluralistas, que ninguna entidad privada puede garantizar plenamente. La propiedad y naturaleza organizativa de una entidad educativa no es secundaria. No es como dice el Presidente Piñera que no importa si el gato es blanco o negro, sino que cace ratones.

El conocimiento no es solo una realidad de referencia utilitaria o de eficacia técnica. Es una dimensión intangible que permite distinguir, jerarquizar, medir, comparar, hacer nuevas asociaciones de significado para que lo posible crezca, para que las fronteras de la realidad se amplíen.

El liderazgo cultural, necesario al desarrollo económico,  ha sido logrado por las universidades estatales,  como lo confirman las prestigiosas entidades de los países más  desarrollados de Europa, Canadá, Estados Unidos, Australia o  Japón.

Es este tipo de organización pública, administrada por académicos de diversos signos ideológicos y con diversas competencias, lo que recomienda la Unesco, el Banco Mundial, la OCDE para asegurar procesos de calidad mundial. Solo los talibanes chilensis, ultraliberales, podrían pensar que los problemas educacionales, de un país- como Chile - que se asoma a los afanes científicos y tecnológicos de primer nivel, se resuelven con un buen mercado o con eficiencia empresarial. La Universidad, desgraciadamente, requiere de mayor complejidad  que el que proviene de una unidad de negocios, para cumplir con su rol de abrir camino y formar personas que aporten a los procesos productivos y culturales.

Así como en el transporte urbano de Santiago, la existencia de la Empresa Metro, que es de propiedad del Estado, aunque tiene la figura de una Sociedad Anónima, sirve para asegurar flujos importantes de pasajeros, es también un factor de regulación de precios, pero por sobre todo, es un referente necesario para asegurar la calidad del servicio que  los santiaguinos esperan también de las empresas privadas.

El peor negocio político, social e intelectual que podría hacer Chile es dejar morir las universidades estatales. Lo que pareciera ser un buen negocio para los privados, sería condenar al país a una amputación social, irreversible, porque se alejaría más el horizonte  de las familias de menos recursos de cumplir las legitimas  aspiraciones de mejorar su situación por la vía de la educación. El mercado y las instituciones privadas le podrían una lápida al crecimiento social de Chile si se deja agonizar a las universidades estatales de regiones y de Santiago.

Sería interesante conocer los argumentos de quienes piensan que es mejor la educación privada que la pública a nivel de las universidades. Esta peculiaridad, por el momento, solo se da en este sufrido país, que lleva seis meses de movilizaciones sociales, sin que las autoridades respondan seriamente a estas dramáticas y justas demandas.

Por ello la lucha de los estudiantes chilenos por reforzar la educación pública es pertinente y necesaria. No podemos ser por siempre el país donde la educación es la más cara del mundo. De seguir así el apartheid racial de lo que fue Sudáfrica parecerá un drama al lado de la tragedia chilena de la discriminación. Y superar este problema de la desigualdad y de la mala calidad, pasa y no hay otro camino,  por el refuerzo de las universidades estatales.

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