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Aysén y las fronteras interiores

por 24 febrero, 2012

Aysén y las fronteras interiores
Nunca pensé que debería recurrir a una cita del fallecido dictador Augusto Pinochet para recordarles a los demócratas de hoy, que hacen gobierno u oposición, que lo que ocurre en Aysén es el resultado de la indiferencia del centralismo político por la vida de las regiones.

Nunca pensé que debería recurrir a una cita del fallecido dictador Augusto Pinochet para recordarles a los demócratas de hoy, que hacen gobierno u oposición, que lo que ocurre en Aysén es el resultado de la indiferencia del centralismo político por la vida de las regiones.

“Defino, para una mejor claridad, a las fronteras interiores como aquellos espacios terrestres —bajo la soberanía de Chile— no vinculados total y efectivamente a la acción del gobierno central y/o regional, donde se dificulta el desarrollo de las actividades humanas y productivas, por su distancia del núcleo vital y geohistórico del país; la ausencia de vías de comunicaciones; la influencia económica y cultural extranjera y la percepción ciudadana colectiva —en cada uno de esos espacios geográficos— de constituir un ente diferente, separado y/o postergado del resto de la población nacional y que no alcanza a disfrutar del bienestar general debido a factores geográficos adversos” (Conferencia "Ejército de Chile: posibles elementos a considerar en su proyección futura". Santiago de Chile el 19 de agosto de 1993. Las negritas son mías.)

Esa cita resume lo que el poder político sigue pensando sobre las regiones, y es el nervio de todas sus acciones. Ella, veinte años después, explica por qué se aprueba HidroAysén, por qué se reprime en Magallanes, por qué las relaciones laborales son tan precarias en la zona, por qué la solución de fondo siempre es enviar negociadores y policías. Porque luego de 20 años, la geopolítica de Pinochet sigue viva, mientras los gobiernos democráticos han sido incapaces de generar un Proyecto país de mayor integración y justicia.

Lo de Aysén no es un problema de izquierdas o derechas ni de dictaduras militares, es un problema nacional. De política cruda y dura, pues la única frontera interior existente en nuestro país, además de la económica, es entre centralismo y regionalismo. Y me atrevería a decir que esta última es, en gran medida, causante de la primera, que tiene en la injusta distribución del poder político una base sólida para que los monopolios operen de espaldas al bienestar de la gente.

A diferencia de Pinochet, no creo que sean los factores geográficos los determinantes del atraso y el aislamiento. Lo esencial es el concepto de desarrollo y el tipo de  asignación presupuestaria de corte mercantilista que prima en el Estado central, para el cual tales territorios, pese a constituir una cantera inagotable de riquezas que se deben explotar para el bien del “núcleo vital”, son regiones perdedoras, que sólo vivirán de los subsidios que le otorgue el Estado central y nunca administrarán sus propias riquezas.

A ellas solo es necesario dotarlas de elementos mínimos. No tienen densidad poblacional, ni tradición, ni cultura para alcanzar economías de escala que justifiquen los hospitales, los servicios dignos, el transporte, las telecomunicaciones, la educación de calidad. Sólo se trata de mantenerlas bajo el alero nacional sin riesgos de soberanía, y que en lo posible florezcan actividades que permitan aprovechar sus riquezas, casi siempre como economías de enclave, como son las hidroeléctricas, las salmoneras o las forestales.

Tal pensamiento no pertenece sólo a la geopolítica militar de Pinochet. También es compartido por el artífice de la transición a la democracia: Edgardo Boeninger. Con las debidas diferencias, es posible ver en sus escritos que no solo compartió el diagnóstico del general, sino también la solución a las llamadas fronteras interiores. Lo mismo que el resto de los gobernantes durante todos estos años, con cicateras decisiones sobre lo posible de su desarrollo.

De ahí que lo de Aysén no es un problema de izquierdas o derechas ni de dictaduras militares, es un problema nacional. De política cruda y dura, pues la única frontera interior existente en nuestro país, además de la económica, es entre centralismo y regionalismo. Y me atrevería a decir que esta última es, en gran medida, causante de la primera, que tiene en la injusta distribución del poder político una base sólida para que los monopolios operen de espaldas al bienestar de la gente.

Si a ello se agrega la incapacidad del gobierno para entender y manejar los conflictos regionales de una manera al menos pacífica, la situación resulta preocupante. Ya no se trata solo de la inercia de toda la política, incapaz de movilizar los recursos políticos y del Estado en la solución estructural de los problemas, sino que se agrega un toque personal de incompetencia administrativa. No prevén las crisis y mandan a los mismos a hacer lo mismo que en otras partes porque “ya tienen experiencia”.

Los actuales gobernantes no parecen percatarse que el represamiento de los problemas durante años ha generado una ola de malestar regional que amenaza la cohesión nacional. Si algo se viene deteriorando, particularmente en la gestión del actual gobierno, es precisamente esa cohesión, expresada como ira popular en contra del centralismo y toda la política. Ahí están como ejemplos, además de actual, el conflicto de Magallanes el año pasado, y la latencia de otros en Calama, Arica y en varias comunas del litoral central. Las reacciones ciudadanas a la gira por la reconstrucción realizada por el Presidente Piñera esta semana es un ejemplo de ese malestar.

El intento gubernamental de manipular la información sobre el conflicto, es tan pueril y bochornosa como la idea de la oposición de creer que es cuestión de sentarse a esperar las próximas elecciones para solucionar los problemas.

La indignación que genera violencia, un rasgo creciente en este tipo de conflictos,  proviene tanto de la instrumentalización política de los hechos que hacen algunos, sin hacerse cargo de responsabilidad alguna respecto del pasado, como de la manipulación y la mentira.

Actitudes como la del ministro Jaime Mañalich omitiendo ante la prensa que el ciudadano fallecido en la madrugada de ayer en Aysén sufría cáncer hepático terminal, y que no murió porque la ambulancia no pudo llegar por las barricadas, es no sólo un atentado  a la inteligencia, sino una dosis de veneno para acentuar la ira de los habitantes de Aysén.

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