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La reconstrucción del alma

por 6 marzo, 2012

No sólo debemos preguntarnos por el nivel de avance de la reconstrucción material, sino que corresponde también preguntarse por el estado en que se encuentra la reconstrucción del alma de las regiones afectadas, lo que es fundamental para replantear los lazos de confianza que se rompieron con el terremoto social.
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En un artículo escrito por José Reinoso y publicado el 2 de marzo por el diario El País de España, que se titula “Viaje a la herida del tsunami. Fukushima, un año después”, se señala que a pesar de inmenso esfuerzo de reconstrucción de las autoridades niponas, las huellas del terremoto y maremoto sobrecogen.

En el mismo artículo se le entrega a ese país asiático el título de poseer las edificaciones y la sociedad mejor preparada para enfrentar estos eventos naturales y, consecuentemente, para reaccionar y reconstruir. Sin embargo, la gente todavía sigue viviendo en casas prefabricadas, aún hay en el paisaje la presencia de barcos pesqueros a muchos metros del mar, ciudades destruidas y lugares en los que la remoción de los escombros las presenta como un gran patio de producto reciclable.

No sólo debemos preguntarnos por el nivel de avance de la reconstrucción material, sino que corresponde también preguntarse por el estado en que se encuentra la reconstrucción del alma de las regiones afectadas, lo que es fundamental para replantear los lazos de confianza que se rompieron con el terremoto social.

Es cierto que el sismo fue más fuerte en Japón que en Chile y que además del desastre natural se agregó la emergencia nuclear. Pero también es cierto que a un año de la tragedia nipona, la reconstrucción todavía se encuentra en su fase inicial y, por tanto, poco visible en términos de recuperación de infraestructura o la reconstrucción de viviendas.

Las noticias que recibimos desde Fukushima deberían hacernos reflexionar acerca de las evaluaciones críticas que hace algunos días escuchábamos de parte de la oposición, especialmente, porque un país desarrollado, con la mejor preparación del mundo para hacerles frente, no ha podido conseguir en un año revertir los efectos de la tragedia que están a la vista.

Es verdad que tenemos la obligación de solicitar que el proceso de reconstrucción sea lo más rápido posible. Pero, no tenemos derecho a exigir resultados que ni siquiera los países desarrollados pueden lograr. Más aún cuando el proceso de reconstrucción es, tal como lo dice un japonés en el citado artículo, es un proceso de la mente, o bien, como lo hemos llamado en nuestra región, un proceso del alma.

Porque en nuestro caso el terremoto no sólo demostró nuestra nula preparación para una catástrofe de esa magnitud, sino también puso en tela de juicio el nivel de desarrollo social y humano que habíamos logrado en todos los años de historia nacional y regional.

Por eso, es que no sólo debemos preguntarnos por el nivel de avance de la reconstrucción material, sino que corresponde también preguntarse por el estado en que se encuentra la reconstrucción del alma de las regiones afectadas, fundamental para replantear los lazos de confianza que se rompieron con el terremoto social. Con el terremoto cayeron edificios, puentes y caminos, pero con el caos posterremoto cayeron los pilares básicos de la convivencia social, que todavía ningún organismo público ni privado se ha dado la tarea de reconstruir.

Lo cierto es que después de dos años ya es tiempo de asumir los eventos que hicieron posible un estallido social que fue mucho más destructivo que el terremoto. Por eso es que la reconstrucción del alma regional debería comenzar con el mea culpa de las autoridades regionales y nacionales de la época que no hicieron todo lo posible o demoraron decisiones para impedir o al menos atenuar los efectos sociales previsibles de las catástrofes de esta naturaleza. Pretender que nada de esto ocurrió y guardar silencio claramente no es el camino.

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