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Banco Central y transparencia de objetivos

por 17 abril, 2012

Ciertamente, no se le puede culpar al Banco Central por esta mayor relativa inflación, pero el sinceramiento de los objetivos de política (inflación y actividad) permitirían un mejor monitoreo de la ciudadanía de la labor del BC (incluido parlamentarios) y los naturales trade offs que enfrenta la autoridad entre ambas variables quedarían sometidos al escrutinio público.
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El Banco Central recientemente mejoró su diagnóstico y percepción del escenario externo, pasando de una visión más pesimista a una visión menos pesimista. La cuantiosa inyección de recursos del Banco Central Europeo disminuyó rápidamente los temores un de un descalabro desordenado en el Viejo Continente.

Simultáneamente, en el plano interno, el BC reconoce ahora un dinamismo mayor al esperado. La inflación, de la cual se esperaba una desaceleración más brusca (inflación total y subyacente), comienza a transformarse en la piedra en el zapato de la autoridad monetaria (aunque hay ruidos exógenos que no dependen de la dinámica propia del gasto interno como la sequía). Aunque se afirma por los “puristas” que justamente el control de la inflación es la razón principal para que actúe el BC (definida por ley), en la práctica existe un objetivo de actividad implícito, el que es ciertamente contingente a la tasa de inflación. También la coordinación del B.C con la política fiscal (Ministerio de Hacienda) es relevante para un desempeño óptimo en inflación y actividad. Aunque existía desde inicios del Gobierno piñerista una visión teórica idealizada de los beneficios de restringir el gasto público, la dura realidad de las provisiones sociales ha llevado a la autoridad fiscal a generar un espacio más estelar al gasto público del que sus “think tanks” hubiesen deseado (“incluidas las jugarretas tributarias post terremoto).

Ciertamente, no se le puede culpar al Banco Central por esta mayor relativa inflación, pero el sinceramiento de los objetivos de política (inflación y actividad) permitirían un mejor monitoreo de la ciudadanía de la labor del BC (incluido parlamentarios) y los naturales trade offs que enfrenta la autoridad entre ambas variables quedarían sometidos al escrutinio público.

En el plano interno, el déficit actual y proyectado de la cuenta corriente (3,3% del PIB) deja entrever que la economía tiene un relativo exceso de gasto doméstico. Aunque la variable inversión doméstica muestra un comportamiento más que satisfactorio, el consumo no muestra aún signos de ceder, pese a la desaceleración en el crecimiento de los créditos bancarios. Con la información de enero 2012, el BC redujo la tasa de instancia de política monetaria para apalancar los riesgos de la economía en esa coyuntura (el desplome de la semiperiferia europea era inminente).

Sin embargo, el actual escenario llama a la cautela por lo controversial de las señales. Aún el escenario externo es incierto. Se debe incorporar el menor dinamismo industrial chino (quinto mes de desaceleración industrial) y la corrección a la baja en el crecimiento del PIB (7.5%) así como la existencia de una creciente inflación. Así las burbujas inmobiliarias financiadas con crédito barato se vuelven explosivas en condiciones inflacionarias, lo que podría estar comenzando a afectar a China.

Asia y China representan el 60% del comercio exterior chileno, con lo que una crisis regional provocaría gran impacto en la balanza comercial y en los precios de los commodities de economías como la chilena, exacerbando el déficit de cuenta corriente y mermando las posibilidades de crecimiento. Además la crisis en España y sus efectos sobre el resto de Europa, están lejos de concluir como lo demuestra la pugna de los déficits de las comunidades regionales y del gobierno central. La economía política detrás de los recortes autonómicos ordenados por Rajoy ponen a España en la encrucijada de una “doble recesión” (por contraer tanto el gasto público, se sumerge a la economía en otra crisis). Así, el frente externo está lejos de estar despejado para la economía chilena.

Un incremento en la actual de instancia del BC para controlar una “mezclada inflación” (hay elementos propios de la dinámica de un alto gasto interno, pero con gran variación de la inversión, y con gran componente de inflación no propia de la demanda interna), puede empeorar condiciones crediticias y en el mercado laboral, cuando justamente la economía podría requerir lo contrario. Además los costos en términos de ajuste para PYMES y sectores de menores ingresos se reparten asimétricamente, generando condiciones desventajosas en estos segmentos.

Una baja en la tasa de instancia, en cambio, es impensable en la actual coyuntura, dada la aún relativa alta tasa de inflación, aunque sus medidas totales y subyacentes se moderaron en marzo. Sin embargo, la inflación de alimentos por sí sola es mucho más alta que la inflación total para el quintil pobre, su reducción no obedece solamente a condiciones de demanda interna y por tanto no puede ser enfrentada subiendo solamente la tasa de instancia, sobre todo cuando el escenario externo es tan volátil.

Ciertamente, no se le puede culpar al Banco Central por esta mayor relativa inflación, pero el sinceramiento de los objetivos de política (inflación y actividad) permitirían un mejor monitoreo de la ciudadanía de la labor del BC (incluido parlamentarios) y los naturales trade offs que enfrenta la autoridad entre ambas variables quedarían sometidos al escrutinio público.

Así no se exacerba el cumplimiento de la meta de inflación sacrificando en demasía actividad (por ejemplo en la Crisis Asiática del año 1998 en la era Massad la tasa de interés interbancaria se desacopló de la tasa de instancia del BC alcanzando en algunos episodios magnitudes del ¡50% real anual! y generando desaceleración y contracción del PIB en el 1998 y 1999 respectivamente) o, no se promueve indebidamente actividad alcanzando niveles de inflación que generen caídas significativas del poder adquisitivo, en particular de los quintiles más pobres. Es decir una dualidad explícita de objetivos (inflación y actividad) evitaría sobrerreacciones en un sentido u otro.

La Reserva Federal de Estados Unidos, por ejemplo, posee ambos objetivos macroeconómicos claves en sus estatutos: alcanzar precios estables y promover el pleno empleo. Ciertamente hay un trade off institucional claro y explícito en este arreglo institucional. Al menos garantiza que no sea mérito de los Bancos Centrales controlar la inflación con cargo a desacelerar la actividad económica y el empleo. Un temor que nuevamente vuelve a estar presente, al menos en una versión atenuada.

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