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Un entorno vecinal para el siglo XXI

por 8 enero, 2013

Un entorno vecinal para el siglo XXI
La diplomacia chilena ha oscilado entre iniciativas estratégicas e inmovilismo. Lo último ha terminado predominando. El éxito en la inserción a escala global paradojalmente ha llevado a algunos a suponer que “si estamos bien con los grandes”, no importan mucho las desavenencias en el vecindario. La notable expansión de nuestra economía ha llevado a otros a pensar que el mercado también sirve para resolver los desafíos político-estratégicos.

Las relaciones vecinales son el principal desafío de la diplomacia chilena. Negarlo es irreal, asumirlo es nuestra responsabilidad. Por cierto, el primer anillo de relacionamiento internacional marca nuestra inserción internacional, cualquiera sea su estrategia.

En concreto, si Chile no atina a tener una política proactiva en su entorno vecinal y regional, con objetivos realistas y maniobra para alcanzarlos, de poco servirá que tengamos excelentes relaciones con Asia, Norte América y Europa. La Historia enseña que el desarrollo de un país va unido a la construcción de un entorno estable. Ello implica tener un diseño proactivo, con apuestas objetivas y de largo plazo, que nos saquen del inmovilismo y movilice todos nuestros elementos del Potencial Nacional.

En materia vecinal, en tiempos de democracia, Chile tiene éxitos y desafíos.

El principal éxito es la nueva relación que hemos construido con Argentina. De una cuasi guerra el 78 transitamos a una relación de profunda confianza mutua en el ámbito político-estratégico (el principal tratándose de Estados). Por cierto, también hemos tenido dificultades, y no menores, pero precisamente por existir una buena relación pudimos resolver crisis como el corte de envíos de gas, o el asalto al consulado argentino en Punta Arenas.

Desgraciadamente en nuestras relaciones con Perú y Bolivia seguimos anclados en las heridas del siglo XIX. En el Perú, junto con recelar de nuestro poder y nuestro ascenso económico, algunos sectores de sus elites mantienen una disposición irredente y revanchista hacia nosotros. En Bolivia existe un consenso nacional respecto a su demanda marítima,  aunque hay diversos matices respecto a cómo relacionarse con Chile para ello.

El inmovilismo tiene su mejor expresión en el postulado “los Tratados son intangibles” acompañado del implícito “y si no, tenemos F-16”. Se olvida que la intangibilidad de los tratados es solo una parte de nuestra política exterior, y que la capacidad disuasiva sirve de poco si no se acompaña de voluntad disuasiva. El manejo del tema La Haya en la actual administración muestra esta concepción en todo su esplendor.

La diplomacia chilena ha oscilado entre iniciativas estratégicas e inmovilismo. Lo último ha terminado predominando. El éxito en la inserción a escala global paradojalmente ha llevado a algunos a suponer que “si estamos bien con los grandes”, no importan mucho las desavenencias en el vecindario. La notable expansión de nuestra economía ha llevado a otros a pensar que el mercado también sirve para resolver los desafíos político-estratégicos.

El inmovilismo tiene su mejor expresión en el postulado “los Tratados son intangibles” acompañado del implícito “y si no, tenemos F-16”. Se olvida que la intangibilidad de los tratados es solo una parte de nuestra política exterior, y que la capacidad disuasiva sirve de poco si no se acompaña de voluntad disuasiva. El manejo del tema La Haya en la actual administración muestra esta concepción en todo su esplendor.

Chile necesita construir un diseño estratégico en el ámbito vecinal y regional. La geografía no se puede eludir. Dada la magnitud del tema, imposible de sintetizar en una sola opinión, solo podemos señalar un par de definiciones.

La política vecinal no puede ser la sumatoria de las tres relaciones bilaterales, no podemos atender cada una de ellas sin considerar el objetivo mayor que es la construcción de un entorno vecinal estable. Y ello nos lleva a pensar en la necesaria vinculación de estos temas con nuestras relaciones con el resto de la región, especialmente Suramérica.

Resumidamente hay tres objetivos que se imponen, pensando en nuestra proyección a largo plazo: abrazar a Argentina, retomar el diálogo con Bolivia y sincerar nuestras relaciones con Perú.

Si con Argentina hemos logrado los mayores avances, entonces tenemos que profundizar la relación y proyectarnos juntos donde podamos, mostrar que el Cono Sur es una zona estable y de cooperación. Desde la cooperación en la seguridad internacional (como lo hacemos en Haití), hasta la capacidad de apoyarnos recíprocamente en nuestros proyectos económicos, asumiendo que tenemos diferencias en nuestras estrategias.

Con Bolivia el lema ha de ser que "hablando se entiende la gente". Nadie puede imponerle a otro Estado una fórmula que lo perjudique. Del diálogo puede surgir una fórmula recíprocamente beneficiosa. Es un tema bilateral, de alta sensibilidad multilateral. Chilenos y bolivianos debemos pedirles a todas las potencias que no interfieran en nuestro diálogo, que respeten nuestra soberanía, pero que una vez que construyamos un acuerdo, nos apoyen con todo.

Con Perú, ya lo hemos comentado en otras columnas, es necesario sincerar nuestra relación y poner sobre la mesa las desconfianzas recíprocas. Negarlas es idealista, e incluso nefasto, porque no nos permite maniobrar para impedir los problemas. En Chile veríamos como una muestra sincera de entendimiento, que el Perú proclamase en forma pública y vinculante, que ya no tiene más reclamos pendientes en contra de nuestro Estado. Y debiera hacerlo antes del fallo de La Haya. Negarse a reconocer los problemas nos lleva al “encapsulamiento” y tratar de barrer bajo la alfombra.

Por cierto, los chilenos tenemos que colocar estos objetivos en el marco global de nuestra inserción internacional, probablemente el enunciado que resumimos es perfectible y por cierto opinable, pero el diseño de una estrategia vecinal y regional es ineludible si queremos lograr nuestros objetivos y no estar reactivamente respondiendo las iniciativas de otros.

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