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Don Carlos, la DC y una nueva Constitución

por 20 agosto, 2013

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El simpático y bonachón de Carlos Larraín, con su coa típica e inconfundible, en tono campechano y al aguaite de cualquier movida, ha intentado por todos los medios (así como muchos de sus antecesores) de sobar el lomo a la Democracia Cristiana (DC) y atraerla a sus huestes. Afortunadamente, sin éxito. En esta cueca, ad portas de nuestras fiestas dieciocheras, la niña bonita no ha sido seducida, es más, se ha vuelto esquiva, chúcara como diría don Carlitos, demasiado exigente y renuente. Ya ni siquiera son suficientes un vinito y una empanada.

Pero aún tenemos que pasar agosto. Para colmo de males según algunos, el acuerdo por el binominal, antes con la DC, ahora, con la Nueva Mayoría, no ha alejado los fantasmas de una nueva Constitución, peor aún, no ha cerrado el debate para una asamblea constituyente. Y, como a principios de la transición, hemos escuchado a los agoreros del caos, que hablan de desmantelar, de que nos van arrasar, y todas esas cosas que eran más dignas del Partido Nacional durante la UP o de la campaña del SÍ.

En la última junta de la DC, no sin poca sorpresa nos hemos enterado del acuerdo o voto político, aprobado por los comensales, en donde se llegó a un acuerdo de perseverar en una nueva Constitución. Enhora buena. Si bien puede que para algunos sea insuficiente, lo cierto que la DC en tiempos de Ignacio se ha atrevido avanzar un poco más. Y ha sido a pesar de algunos.

El problema es que la Constitución tiene sus trampas y bemoles. No es fácil. Jaime Guzmán lo pensó demasiado bien. Don Carlos se puede, por el momento, sobar las manos, pero está preocupado por el resultado de las legislativas del 17 de noviembre. La presidencial, claramente, ya es un asunto cerrado, pero las elecciones para llenar los curules del Parlamento le deben quitar el sueño. La derecha ese día podría eventualmente respirar tranquila, aún a pesar de perder el gobierno. “Peor es nada”, podrían señalar sus líderes. Tendrían las llaves del cambio en sus manos, como las han tenido desde 1990.

En una reciente columna, he dado argumentos sobre acuerdos oficiales de la tienda falangista, sobre la idea de una asamblea constituyente, que son vinculantes para avanzar en dicha dirección. Y conste, que ninguno de nosotros le hace al opio, no sé a la marihuana, al menos yo no.

Los traumas del pasado de una generación política que vivió los agitados días de la Unidad Popular y los tiempos violentos de la dictadura, no nos debe llevar a pensar que podrían volver a repetirse. La vía chilena a una nueva institucionalidad política debe ser por los cauces institucionales, a pesar de los engaños y obstáculos de la Constitución. En ningún caso será tarea sencilla.

El acuerdo de la junta DC señala que “apoya, impulsa y promueve una Nueva Constitución Política, construida a través de medios democráticos, participativos y legítimos, en el marco de la institucionalidad del país, que asegure la posibilidad de producir los cambios que la sociedad demanda”.

El problema es que la Constitución tiene sus trampas y bemoles. No es fácil. Jaime Guzmán lo pensó demasiado bien. Don Carlos se puede, por el momento, sobar las manos, pero está preocupado por el resultado de las legislativas del 17 de noviembre. La presidencial, claramente, ya es un asunto cerrado, pero las elecciones para llenar los curules del Parlamento le deben quitar el sueño. La derecha ese día podría eventualmente respirar tranquila, aún a pesar de perder el gobierno. “Peor es nada”, podrían señalar sus líderes. Tendrían las llaves del cambio en sus manos, como las han tenido desde 1990.

Pero lo cierto es, que más allá de los cantos de sirena de don Carlos, la DC, no toda en todo caso, pero la gran mayoría, ha retomado los acuerdos de sus instancias regulares, aunque olvidadas, escondidas en las estanterías. Ahora, debemos desempolvarlas, releerlas, y buscar las vías adecuadas para que en un próximo periodo presidencial, la cuestión constitucional, sea abordada por “medios democráticos, participativos y legítimos”.

Los cambios que se pueden discutir sobre el sistema binominal en el Congreso, en ningún caso, son el fin de la discusión constitucional. Aquellos parlamentarios que la ven como “moneda de cambio” para evitar una asamblea constituyente o “atajos”, no han comprendido que aquellos que antes eran guiados por la consigna del Chino Ríos del que “no estoy ni ahí” hemos pasado a una actitud democrática y de deliberación republicana. No es una asamblea clasista, sino más bien la búsqueda de una norma común que nos pueda interpretar a todos en democracia.

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