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40 años: qué aprender, qué enseñar

por 11 septiembre, 2013

Se educa bien cuando se enseña que el amor nunca podrá separarse del todo de los miedos, fobias, traumas y odios que nos habitan y nos impiden encontrar la verdad. Pues toda vez que se niega el lado oscuro de nuestra realidad, la exaltación del amor y de la reconciliación se vuelve palabrería moralizante y farisaica. La verdad que hemos de transmitir a la siguiente generación, si no reconocemos que nos ha sido fatigoso obtenerla, venciendo sobre intereses que no cesamos de camuflar, como toda falsa ética, se muerde la cola. En vez de liberar, esclaviza.
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La revisión de los últimos 40 años —los años antes del “Golpe”, los de la dictadura y los de la recuperación de la democracia—, tal como está teniendo lugar, indica que nos encontramos en un momento importante. La ebullición de emociones y de argumentaciones, las discusiones sin fin sobre tal o cual punto, ha generado un ambiente que, aunque a ratos nos abrume, es positivo. De la calidad de la memoria que hagamos de lo acontecido, depende la calidad de las proyecciones del país que queremos.

La evaluación en curso tiene innumerables accesos: políticos, jurídicos, económicos, psicológicos, sociológicos, históricos… Cualquier cientista social tendría algo que decir. Corresponde, por cierto, que lo haga en su círculo de pares y en el foro público. Por mi parte ofrezco otra entrada. ¿La de un educador? ¿La de un humanista? ¿La de un teólogo? Me parece decisivo que todos los protagonistas de estos años nos preguntemos qué hemos de aprender y qué de enseñar.

Nuestra generación, la de quienes fuimos testigos y actores antes y después del “Golpe”, tenemos el deber ante nosotros mismos de preguntarnos por lo ocurrido. Es un asunto de biografía. Si tuviéramos que escribir un “diario” de nuestra vida nos veríamos obligados a explicar ante nuestra conciencia (que representa el valor absoluto del prójimo que nos habita, nos juzga y nos redime), dónde estuvimos y hacia dónde querríamos ir. Los 40 años tienen para nosotros tal contundencia existencial que nos ponen ante la pregunta por el sentido de nuestra vida. ¿Cuánto pesa nuestra humanidad? ¿Cuánto vale?

Se educa bien cuando se enseña que el amor nunca podrá separarse del todo de los miedos, fobias, traumas y odios que nos habitan y nos impiden encontrar la verdad. Pues toda vez que se niega el lado oscuro de nuestra realidad, la exaltación del amor y de la reconciliación se vuelve palabrería moralizante y farisaica. La verdad que hemos de transmitir a la siguiente generación, si no reconocemos que nos ha sido fatigoso obtenerla, venciendo sobre intereses que no cesamos de camuflar, como toda falsa ética, se muerde la cola. En vez de liberar, esclaviza.

Lo que está en juego es cómo nosotros somos leales con los esfuerzos titánicos de la humanidad por crecer en civilización y nuestra responsabilidad con los que hemos arrojado al mundo. No podemos asistir al debate que presenciamos en el foro público como meros espectadores. No podemos decir “esto sí, esto no”, emocionarse, acalorarse y terminar por cambiar de canal. Es necesario dar un paso más. “¿Qué aprendemos?”. Esta es una pregunta clave. La respuesta equivale a ser protagonistas o turistas sobre la tierra. La otra pregunta nos obliga a salir de la indolencia y hacernos cargo de quienes amamos: “¿Qué enseñamos?”.

¿Qué trasmitimos? ¿Cuál es la tradición que nos ha hecho humanos, y que nosotros podemos acrecentar o traicionar? No hay ninguna confrontación más decisiva que la de preguntarse cómo educar a un hijo. Una posibilidad, la más superficial aunque necesaria, es explicarle lo sucedido con la mayor objetividad posible. Pero hay otro nivel de la realidad aún más profundo: un padre y una madre, cualquier educador, tiene que enseñar a amar y a odiar. Sí, no solo a amar. Porque solo se ama bien cuando se odia del modo mejor posible. Me explico: se educa bien cuando se enseña que el amor nunca podrá separarse del todo de los miedos, fobias, traumas y odios que nos habitan y nos impiden encontrar la verdad. Pues toda vez que se niega el lado oscuro de nuestra realidad, la exaltación del amor y de la reconciliación se vuelve palabrería moralizante y farisaica. La verdad que hemos de transmitir a la siguiente generación, si no reconocemos que nos ha sido fatigoso obtenerla, venciendo sobre intereses que no cesamos de camuflar, como toda falsa ética, se muerde la cola. En vez de liberar, esclaviza.

Lo que estamos viendo es inquietante. Debe serlo. Debemos permitirnos contactarnos con nuestra historia al nivel más básico y fundamental de nuestra biografía, si queremos conocer el misterio de nuestra vida y poder compartirlo con cuidado, sin imponerlo a los que nos seguirán. La historia a veces no nos pide más que seamos honestos. Los jóvenes nos demandan autenticidad. Hoy toca reconocer qué hemos podido aprender y cómo las heridas y la imposibilidad de pedir perdón o de perdonar son una realidad en nosotros que, sin embargo, no puede devorarnos el corazón y envilecer el relato de la historia que debemos contar.

Estamos en un momento importante. Bien vale dejarnos tocar por la discusión pública y las imágenes que producen dolor. Lo que está en juego es llegar a ser mejores. Sufrir si corresponde, hasta que el prójimo que no despreciamos sin despreciarnos a nosotros mismos nos pida cargar con él para que, de tanto en tanto, cargue también él con nosotros.

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