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El llamado a la Paz de los 13

por 11 septiembre, 2013

De acuerdo a nuestra historia, no podemos ignorar nunca para nuestro futuro, la responsabilidad que tenemos de detectar a tiempo el momento de ruptura ideológica de la sociedad y la necesidad de actuar con celeridad para evitar su profundización.
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Soy nieto de uno de los 13 democratacristianos que condenaron sin vacilar, la interrupción violenta del régimen constitucional del ex Presidente Allende, mediante una categórica declaración pública de fecha 13 de septiembre de 1973.

Las razones particulares que tuvieron los firmantes para suscribir esa carta, quedará reservado para siempre, en el fuero más íntimo de cada uno de ellos. Sin embargo, las razones y principios colectivos que se expresaron en esa declaración, constituyen un legado que contiene una gran enseñanza: Ninguna crisis justifica la fuerza.

En tal sentido, considero necesario hacer algunas consideraciones de dicha declaración, que ilustran la existencia de un diagnóstico ampliamente compartido al interior de la Democracia Cristiana, referido a la percepción de que el régimen del ex Presidente Allende adquiría la apariencia de uno de carácter totalitario. Como también, que la tragedia acaecida en Chile fue responsabilidad de todos. Tanto del gobierno como de la oposición.

Asimismo, reconocen implícitamente como causa directa de lo anterior, la incapacidad de revertir el clima instalado por sectores extremos que alinearon psicológicamente al país y a numerosos dirigentes políticos, sobre la base de la falsa sensación de que la única solución a la crisis era un Golpe de Estado o un enfrentamiento armado.

Reconocían entonces, la derrota del diálogo, de los sectores moderados y una ruptura profunda en el alma de Chile.

En ese orden de ideas, hay una que sobresale y que creo constituye el alma de esa declaración, como legado tanto para las actuales y futuras generaciones, referida a la profunda convicción que dentro de los cauces institucionales era posible evitar la crisis, “sin necesidad de pagar el costo de vidas y los excesos inevitables en las soluciones de fuerza”.

En otras palabras, afirman que por más extremas que sean las circunstancias, y por más oscuro que se vea el horizonte, nunca se debe renunciar a creer en nuestra capacidad de dialogar y de entendernos racionalmente, porque la historia nos ha enseñado repetidas veces lo que significa la fuerza. Se trata entonces de un llamado permanente a la paz, que proscribe a la fuerza como mecanismo de solución cualquiera sea la magnitud y naturaleza de la crisis.

No viví esa época y no tuve la oportunidad de conversar de esto con mi abuelo, no obstante, luego de una lectura y revisión pausada y desapasionada de los hechos, creo que al ex Presidente Allende se le bloquearon las condiciones objetivas que le permitieran implementar el legítimo modelo de desarrollo que tenía para Chile. El, más allá de nuestras preferencias, había triunfado legítima y democráticamente, lo que transforma a quienes propiciaron, utilizaron y se beneficiaron de la fuerza para derrocarlo, en los verdaderos derrotados políticos y morales de aquella época y de su trágico desenlace para Chile.

Por tal razón, intentar explicar el Golpe sobre la base de una evaluación de la vía y modelo escogido por el ex Presidente Allende para instalar el socialismo en Chile, resulta una tarea injusta y arbitraria que desvirtúa el fondo del quiebre institucional chileno, situado más bien en el ámbito del fanatismo ideológico de los extremos y en la incapacidad del centro de articular acuerdos.

Por tanto, a 40 años a del Golpe de Estado, no parece prudente continuar exigiendo perdones para caminar hacia una plena reconciliación entre los chilenos. Las múltiples causas que originaron el quiebre de 1973 no eximen absolutamente a nadie, sea del partido que sea, de ese noble acto humano y republicano, que incluso en esta particular fecha pudiese ser considerado un deber.

Así, la exhortación permanente al perdón por parte de un sector a otro, no contribuye sino a desconocer la responsabilidad colectiva del quiebre institucional y el deber que todos tenemos de concurrir a reconocer en qué fallamos.

De acuerdo a nuestra historia, no podemos ignorar nunca para nuestro futuro, la responsabilidad que tenemos de detectar a tiempo el momento de ruptura ideológica de la sociedad y la necesidad de actuar con celeridad para evitar su profundización.

Así, olvidar que aquellos momentos nos visitan de tanto en tanto, es desconocer parte fundamental de la historia de Chile y de nuestra idiosincrasia.

Por tanto, en esta fecha trascendente para Chile, recordemos siempre que la posibilidad de volver a equivocarnos, estará siempre a la vuelta de la esquina acechando el alma de nuestra democracia y la unidad de nuestro pueblo, por lo que si alguna vez, en medio de la espesa niebla de la noche nos reencontráramos nuevamente con su rostro y con en el arma empuñada, no debemos olvidar nunca el llamado a la Paz, al diálogo y al entendimiento que aquellos 13 democratacristianos testimoniaron al país y a las nuevas generaciones.

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