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Para reconstruir sin olvidar

por 12 septiembre, 2013

Que nadie pretenda que se puede ignorar lo sucedido en Chile, o alegar “que nunca lo supieron”, porque no solo no es creíble tal afirmación, sino que repugna a cualquiera inteligencia, que ha mirado y vivido los acontecimientos.
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Un pueblo sin memoria no tiene posibilidades de reconstruir y proyectar su historia. Y aunque algunos se resistan, no puede haber democracia a partir del olvido.

Se ha especulado mucho en estos días sobre las culpas, como si ellas se hubiesen generado espontáneamente en un proceso que partía el 4 de septiembre de 1970. Se olvida, con alguna frecuencia, o no se realza suficientemente, que el gobierno democrático de Salvador Allende, ya estaba condenado a no ser posible por la CIA y por el gobierno norteamericano de Richard Nixon. Actores cuya participación hoy día son conocidos claramente por todos en la desclasificación de documentos, pero también en el inicio del proceso, donde la participación de esas fuerzas internacionales, coludidos con actores chilenos, como la prensa, grupos políticos de derecha y de extrema derecha, tomaron claramente la decisión de acabar con el gobierno popular. En este contexto se decreta la muerte del general Schneider, mucho asesinatos posteriores, hasta el gigantesco paro camionero. Estos organismos norteamericanos y la derecha actuaron durante todo el proceso de la Unidad Popular. Los yerros de la unidad Popular, se dan en este contexto: entre el avanzar sin tranzar versus el consolidar lo logrado.

Hoy el desafío es otro. No es solo la recuperación de la historia y el fortalecimiento de la memoria, sino lo que se sigue en consecuencia: la recuperación y reconstrucción de un Chile capaz de generar una nueva y profunda transformación democrática que,  a partir de su historia quebrada y del reconocimiento de los errores y culpabilidades, seamos capaces de generar una nueva democracia. Esta vez no definida desde lo dogmático, sino construida desde la diversidad cultural, política y humana que deben sustentar un nuevo proyecto reparador de las heridas y del pasado. Reconstruir a  partir de una nueva expresión de las nuevas realidades que implica superar los dogmatismos y aceptar la construcción de una democracia social, fundamentada en todos los derechos humanos, y coherente con nuestros actuales desafíos, que han sido claramente expresados por la ciudadanía.

Que nadie pretenda que se puede ignorar lo sucedido en Chile, o alegar “que nunca lo supieron”,  porque no solo no es creíble tal afirmación, sino que repugna a cualquiera inteligencia, que ha mirado y vivido los acontecimientos. Que nadie pueda decir que participó en el gobierno militar, ocupando diversos cargos, pretendiendo que no sabían lo que el gobierno hacía. Que nadie pretenda olvidar que el señor Jaime Guzmán y parte de su sector político, no solo estuvo comprometido con el gobierno, sino que lo asesoró y lo diseñó desde  antes de la Constitución del 80 y después de la Constitución del 80, que elaboró con otros “expertos”. Chacarillas fue casi un ritual bautismal, donde quedaron reconocidos en la afiliación al nuevo dogma del presunto nuevo padre de la patria.

Estamos de acuerdo con todos aquellos que quieren sanar las heridas, eliminar los rencores y avanzar hacia un Chile solidario. Pero también sabemos que esto no será posible porque este hecho quedará marcado en la historia para siempre y será juzgado una y mil veces por las generaciones futuras. Por nuestros hijos, en definitiva, por todos los que vendrán. Por lo tanto, la historia procesará una y mil veces estos hechos y las contradicciones seguirán permaneciendo en el tiempo. Difícilmente se puede pretender que llegue el olvido. Un pueblo no tiene derecho al olvido, porque no puede negarse a sí mismo.

Una última reflexión, quizás debiera referirse a la posibilidad de entender si el Golpe de Estado pudo o no pudo ser evitado. Soy partidario de apoyar la tesis que afirma que sí se pudo evitar. Traigo a la memoria que personajes, no precisamente de la Unidad Popular, como Radomiro Tomic y Bernardo Leighton, afirmaron que de haber un golpe en Chile, éste vendría de la derecha. Nunca hubo posibilidades reales de un golpe de Estado proveniente de la izquierda. No existían ni las armas ni los hombres que pudieran hacerlo. Eso sólo era posible en el imaginario de algunos grupos radicalizados. Pero es evidente que la derecha, en un alarde de audacia, decía que se estaba fraguando un golpe por parte de la izquierda. Estados Unidos no iba a permitir, en el contexto de la Guerra Fría, una nueva Cuba. Ya solo ese escenario habla de la imposibilidad de algunos sectores de la izquierda de avanzar hacia la toma del poder. Pero por otra parte, reafirmaba lo que realmente sucedió al final: el golpe vino de la derecha, con el silencio y la complicidad de otros sectores y sin que el país pudiera poner resistencia eficaz. Así fue: todo lo demás es especulación sin fundamento.

(*) Texto publicado en El Quinto Poder.cl

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