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5 de octubre 1988-2013: concepción y fin de la Concertación

por 5 octubre, 2013

Recordamos en estas horas a Adolfo Zaldívar Larraín, a su actitud e instinto para creer en el pueblo ciudadano y en la salida electoral sin violencia. No fue el único, por cierto, pero si, a nuestro juicio, el más convencido, el más optimista, el más señero. Sean estas palabras, en consecuencia, un homenaje al amigo que partió.
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El Presidente de la República ha recordado la fecha con mucha fuerza al recalcar que él votó que No y representándole a la candidata de su sector que lamentaba que ella hubiera votado por el Sí y que ello había sido un error.

La actividad política en momentos difíciles es muy dura, durísima y su tensión se eleva al máximo cuando parecen jugarse todas las cosas en un solo acto. Eso pasó el 5 de octubre de 1988, como probablemente no exista otro proceso electoral tan lleno de incertidumbres, momentos cruciales, miserias humanas y gestos de nobleza. Parece tarea fácil mirar estos hechos con los ojos de hoy y eso parece ocurrir cuando algunos piensan, incluyendo la máxima autoridad del Estado, que fue un tremendo error pretender que Pinochet continuara por 8 años más, sin considerar y sopesar en profundidad que, más de cuatro chilenos de diez opinaron lo contrario y esa derecha pinochetista por las razones que sea no solamente continuó su camino hasta el día de hoy, sino que se consagró con un triunfo presidencial en la nueva democracia, 20 años después.

En ese Chile, en el que cuatro de diez más o menos votaron por el dictador, ciertamente las cosas no eran como hoy. Es imposible transmitir, ni con películas y meros discursos o frases, la tensión existente y no parecía nada tan extravagante encontrarse en cada esquina con los pinochetistas vociferantes, seguros de sí mismos, en pleno auge de su poder, gobernando sin Congreso ni contrapeso y con dirigentes políticos encarcelados.

Recordamos en estas horas a Adolfo Zaldívar Larraín, a su actitud e instinto para creer en el pueblo ciudadano y en la salida electoral sin violencia. No fue el único, por cierto, pero si, a nuestro juicio, el más convencido, el más optimista, el más señero. Sean estas palabras, en consecuencia, un homenaje al amigo que partió.

A partir de enero de 1988, recién una parte de las fuerzas opositoras tomaron determinaciones drásticas y urgentes para constituir el Comando de Partidos Democráticos por el NO; la Democracia Cristina acordó terminar su inscripción y las fuerzas de izquierda crearon el Partido por La Democracia. Otros partidos se inscribieron también en los registros de la dictadura para controlar el plebiscito.

El acuerdo de varios partidos y movimientos, aún no legalizados, liderados por la Democracia Cristiana dio el vamos al Comando por el No que devino en la Concertación de Partidos por la Democracia, formalmente constituida en 1989 y que duró hasta el presente este año como expresión política, mostrando una longevidad muy alta para el promedio de las coaliciones en Chile.

Pero ni el miedo, ni la tensión hicieron que la política dejara en esa época de ser dura, durísima y donde, a pesar del feroz enemigo en las huestes propias se discutía todo, se dudaba mucho, se motejaba con facilidad y se dejaban de reconocer méritos que pudieran colocar a alguno en posición destacada para el futuro promisorio.

Podemos traer a colación un par de ejemplos muy notorios. Para que el Comando por el NO tuviera suficiente peso específico y una proyección nítida, era necesario que tuviera un líder que representara de alguna u otra forma el futuro y se formara a su alrededor una masa crítica política que sirviera para mostrar la amplitud del movimiento alternativo comprometido con un programa que proponía, usando la vía de la Constitución de 1980, instalar una democracia y una economía mixta o, al menos, una economía social de mercado.

En junio de 1988, se prende el debate virulento sobre el liderazgo. Propusimos a Patricio Aylwin, presidente del PDC, como “primus interpares” que era un ejercicio un poco rebuscado para establecer una cierta precedencia y afianzar una cara concreta ante un conglomerado que tenía 16 adherentes con todas las historias posibles detrás. Al final se logró sólo por un corto plazo esta primogenitura, porque apenas terminado el ejercicio plebiscitario, en la Junta de 22 octubre de 1988, su propio partido le niega a Aylwin la primogenitura que ostentaba en el Comando del NO y lo obliga a una lucha interna con otros militantes de larga figuración del P.D.C., para definir el presidenciable de la Democracia Cristiana lo que obligó a un ejercicio muy desgastador donde se crearon enconamientos que duran hasta el día de hoy.

Pero había otro aspecto crucial. Se requería una enorme capacidad de arquitectura política para conseguir que el partido Socialista en su totalidad se incorporara el Comando del NO. Un sector muy importante  del socialismo se hallaba unido al partido Comunista en el Movimiento Democrático Popular (MDP) y su líder Clodomiro Almeyda estaba preso por propugnar ideas supuestamente terroristas al sostener el marxismo como método de acción política, curiosidad que se sostenía en un artículo octavo de la Constitución de 1980 que hoy forma parte de la arqueología constitucional.

Aylwin y la mesa de la DC le piden a Narciso Irureta que busque la fórmula de sumar a ese sector socialista al Comando del NO porque otro grupo liderado por Ricardo Lagos, se había sumado. El dirigente y ex Presidente de la Democracia Cristiana que estuvo en conversaciones con Allende para superar la crisis de ese gobierno en 1971–1972, había sido reconocido por Almeyda como una persona confiable para asesorarlo en sus asuntos legales particulares después del Golpe de Estado. Parecía entonces que podía constituirse en el interlocutor adecuado para una operación política que debía realizarse en pocos meses y que era muy importante. En el total sigilo con que Irureta hacía las cosas importantes y sin que nadie lo supiera en su momento dirigió sus pasos innumerables veces hacia la cárcel Capuchinos donde Almeyda. No conocemos los detalles de sus argumentaciones y ya no los podremos conocer, pero en líneas generales supimos que Irureta convenció a Almeyda que para la historia de Chile era más urgente la sumatoria al comando por el NO que la unión histórica con el partido Comunista. La fricción que produjo esta intervención política en el MDP duró muchos años y ha terminado en cierto modo sólo recientemente con la alianza electoral y política denominada “Nueva Mayoría”, que crea un pacto político inédito que como el país sabe comprende desde el partido Comunista hasta la Democracia Cristiana y que con seguridad conformarán también el nuevo gobierno en lo que también constituirá un inédito ejercicio del poder político. Si con ocasión del plebiscito de 1988 se concibió la criatura que sería a poco andar la Concertación en 1989, en el 2013, ante la necesidad de derrotar a la derecha en la contienda presidencial y parlamentaria y superar el escollo del binominal, se crea la “Nueva Mayoría”, como una típica expresión de respuesta límite frente al cerrojo político. En pocos días más sabremos si el resultado se logra.

Corresponde entonces en este 5 de octubre de 2013 recordar también el nacimiento de la Concertación y tomar debida nota de su defunción.

Si fue un error como se asevera hoy presentar a Pinochet como candidato y votar por él, votar NO, que era lo correcto, era mirado por muchos como una ingenuidad, un acto de colaboracionismo o simplemente algo descabellado que consolidaría la dictadura personal.

El triunfo del “NO” en el memorable 5 de octubre, fue verdaderamente el triunfo de una estrategia político electoral que se impuso por sobre la vía violenta o la simple movilización social sin contenido político. En los años anteriores a 1988, se discutió arduamente en los partidos políticos y en los organismos sociales sobre cuál era la vía más realista para poner término al régimen dictatorial de Pinochet. Algunos preconizaban y practicaban la vía violenta expresada en la utilización franca y directa de armas para derribar al dictador. Otros creían que el camino electoral llevaba implícito el riesgo del fraude electoral, vale decir, que el dictador con el apoyo cómplice de la derecha política y económica, pudiera hacer caso omiso de la voz del pueblo soberano manifestada en el plebiscito. Existían, razones serias para el temor anterior, por cuanto la Constitución del año 1980 había sido elaborada y aprobada a través de mecanismos verdaderamente fraudulentos y más aún en el año 1978, el dictador ya había convocado a una consulta nacional, para obtener el respaldo de la ciudadanía, lo que se realizó a través de instrumentos verdaderamente fraudulentos. Dada dicha situación, existía un temor fundado en acudir a la vía electoral, para poner término a la dictadura. Sin embargo, después que el Tribunal Constitucional, en un fallo emblemático, interpretando la autodenominada Constitución de 1980, estableció que para la realización del plebiscito debía existir previamente un Tribunal Calificador de Elecciones, vale decir un órgano que velara por la pureza del acto electoral; otros llegamos a la conclusión que debía seguirse el camino electoral y concurrir al plebiscito. Para ello fue necesario un esfuerzo inmenso realizado por toda la ciudadanía que superó el terror imperante, el mal que flotaba en el aire y que hoy se nos recuerda en las imágenes que hemos visto a diario a propósito de los 40 años  del  golpe cívico militar.

Fue una auténtica movilización social, política con contenido específico, orientada a sustituir el régimen dictatorial por una nueva institucionalidad democrática. De allí que podamos sostener que la epopeya del 5 de octubre, de 1988, realmente fue eso y nadie puede atribuirse en forma exclusiva y excluyente el resultado satisfactorio obtenido, dado que concurrieron múltiples y diversas voluntades. En algunas líneas anteriores, hemos recordado a personas, entre muchas que tuvieron activa participación en la estructuración política de la estrategia político electoral. Por cierto que hay muchos otros que influyeron notablemente para que se tomaran a tiempo las resoluciones adecuadas. Quienes el 5 de octubre concurrieron a votar, lo hicieron con la certeza más absoluta que en cada mesa  receptora de sufragios, existían apoderados debidamente preparados que iban a defender el resultado electoral. La preparación de los apoderados fue un trabajo agotador, por cuanto había que explicar lo que señalaba la Ley de Votaciones Populares y Escrutinios, las garantías que ésta establecía para la pureza del acto electoral y cómo era posible defender efectivamente los sufragios válidamente emitidos. Tal vez, después del 5 de octubre de 1988, la alegría no llegó para todos, pero cesó el temor y el terrorismo de Estado y por esos hoy recordamos tal fecha como una de las más memorables que se han vivido en la historia política de Chile. Cuando el pueblo se moviliza detrás de un objetivo y lo hace con sentido político se puede llegar a un fin satisfactorio.

Hoy se habla de la necesidad de una nueva Constitución o de una verdadera Constitución Democrática. Creemos que siguiendo el camino o la ruta del 5 de octubre de 1988, hoy debiera existir una gran movilización política, verdadera y no únicamente de la academia, para llegar a un nuevo texto constitucional, elaborado por el pueblo soberano, a través de mandatarios legítimamente elegidos y que arribe a la conclusión que las instituciones en Chile tienen mayor fuerza cuando son el resultado de un proceso ciudadano realmente informado, que va más allá de las comisiones redactoras de los programas de gobierno o de las comisiones que operan en el Congreso Nacional.

El momento requiere una gran construcción de consensos y derribar con el los temores infundados. Esta debiera ser la tarea para que una enorme mayoría pueda darle un nuevo rumbo a Chile. Sin embargo, el actual clima electoral para las próximas elecciones presidenciales y parlamentarias no tiene punto alguno de comparación con aquél del año 1988: no hay movilización política alguna y la ciudadanía  no demuestra  entusiasmo de ninguna especie. Las campañas electorales se ven frágiles, superficiales y con muy poco contenido. Por ello la gran diferencia que hoy observamos respecto del año 1988, es que en aquella época el pueblo soberano se sintió verdaderamente convocado, lo que desgraciadamente no acontece hoy. De allí que sea muy difícil que la juventud actual pueda de alguna manera entender lo que aconteció el 5 de octubre  de 1988, su significado y la trascendencia que el acto plebiscitario tuvo para los destinos del país.

Recordamos en estas horas a Adolfo Zaldívar Larraín, a su actitud e instinto para creer en el pueblo ciudadano y en la salida electoral sin violencia. No fue el único, por cierto, pero si, a nuestro juicio, el más convencido, el más optimista, el más señero. Sean estas palabras, en consecuencia, un homenaje al amigo que partió.

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