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Jaime Guzmán y su pacto con el diablo

por 22 octubre, 2013

Jaime Guzmán y su pacto con el diablo
Antes de ser una persona, un político o un sujeto histórico del cual es posible hacerse cargo en esa misma medida, es un perfecto ser mítico, al mismo tiempo fundacional y originario, creado desde y por la élite económica, política y religiosa; la misma que desde Pinochet ha tenido, casi sin contrapelo hasta el día de hoy, la hegemonía del sentido de lo público sobre lo que se debe hacer o no se debe hacer. Jaime Guzmán es una creatura mítica dada a la opinión pública, proyectada para la sociedad de masas como un “santo mártir” de la modernización histórica del país iniciada hace 40 años por un Golpe de Estado.
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Una de las cuestiones preliminares, aunque no por ello menos fundamental, a la hora de enfrentarse con Jaime Guzmán, es la cuestión de su mistificación ante la opinión pública.

Jaime Guzmán, antes de ser una persona, un político o un sujeto histórico del cual es posible hacerse cargo en esa misma medida, es un perfecto ser mítico, al mismo tiempo fundacional y originario, creado desde y por la élite económica, política y religiosa; la misma que desde Pinochet ha tenido, casi sin contrapelo hasta el día de hoy, la hegemonía del sentido de lo público sobre lo que se debe hacer o no se debe hacer. Jaime Guzmán es una creatura mítica dada a la opinión pública, proyectada para la sociedad de masas como un “santo mártir” de la modernización histórica del país iniciada hace 40 años por un Golpe de Estado.

Esta mistificación, muy por el contrario de lo que se puede pensar en primera instancia, no comienza con la espectacularidad de su muerte. Ella sólo la pone en evidencia. La vida de Jaime Guzmán, la trayectoria de sus ideas, su presencia constante a través de los medios de comunicación de masas en la opinión pública, su incidencia político-filosófica en la estructuración de la institucionalidad neoliberal del país (la Constitución del 80), y su denodada acción política envuelta en un halo de sacrificio, hicieron de él, desde mucho antes de morir, un “santo” de la modernización social, política y económica que la derecha configuró (y, diría, sigue configurando) desde un particularísimo discurso católico, ultraconservador, antisecular y antilaico.

¿No podemos preguntarnos por la sexualidad de este intelectual, toda vez que ese conservadurismo hegemónico que lo erige en “santo” trata como trata a la homosexualidad de los otros, por ejemplo?; ¿no es posible siquiera investigar el escándalo público que se produjo cuando Guzmán fue declarado reo en la famosa causa por estafa a más de 500 personas pobres o de clase media del año 1977, que involucró a la Cooperativa de Ahorro y Crédito Sagrada Familia, dirigida por gremialistas con la misteriosa Fundación Azul para la capacitación y formación de jóvenes, que Guzmán presidía?

Jaime Guzmán ya en vida era “santo” o, mejor dicho, percibido como “santo”. Su muerte no hizo sino transformar esa percepción en algo superior y de lo cual sólo mediante un proceso de desmitificación podemos salir: transformó la percepción en una fortísima creencia y, todos lo sabemos, una creencia llama a la adhesión –per se– irreflexiva o al menos irreflexiva en ciertos principios fundamentales, incuestionables, que por el carácter de “santidad” son hasta numinosos, trascendentes y, en este caso, interpretaciones particularísimas de la tradición social y dogmática del mundo cristiano-católico. Como tal, es una creencia que sólo tiene luces y nunca sombras; certezas y nunca preguntas; afirmaciones dogmáticas y nunca diálogo racional.

En ese contexto, ¿no podemos preguntarnos por la sexualidad de este intelectual, toda vez que ese conservadurismo hegemónico que lo erige en “santo” trata como trata a la homosexualidad de los otros, por ejemplo?; ¿no es posible siquiera investigar el escándalo público que se produjo cuando Guzmán fue declarado reo en la famosa causa por estafa a más de 500 personas pobres o de clase media del año 1977, que involucró a la Cooperativa de Ahorro y Crédito Sagrada Familia, dirigida por gremialistas con la misteriosa Fundación Azul para la capacitación y formación de jóvenes, que Guzmán presidía?; ¿no podemos preguntarnos si era esa Fundación Azul la que recibía platas públicas del Estado de Pinochet para financiar el famoso Frente Juvenil de la dictadura, esa especie de proto-UDI popular?; ¿no podemos preguntarnos por el rol que cumplió en la Constituyente de Pinochet y, sobre todo, por sus particularísimas ideas que le inspiraban su antimarxismo o su anti-democratacristianismo y que dejó enquistadas en la Constitución del 80?; ¿es que no podemos vincular a Jaime Guzmán con el carlismo franquista o con el pensamiento jurídico de Carl Schmitt, el jurista nazi por excelencia?

¿Es que no podemos hacer nada de esto, so pena de una declaración pública firmada, nada más y nada menos que por el mismísimo Ministro del Interior de Piñera?

Todas esas ejemplares preguntas no pueden aún ser hechas en un contexto normal (científico o artístico), como lo demuestran las extravagantes reacciones que suscitan. Cuando el arte es causa de escarnio público, es que algo muy mal está pasando en la concepción que de la democracia tienen los acusadores. Y qué decir si, desde el punto de vista histórico, filosófico o desde el derecho constitucional no se pueda siquiera preguntar nada relevante, porque a los acusadores –que saben del uso del poder– les podría molestar.

Estamos viviendo un proceso de desmitificación de Jaime Guzmán que es sano para la democracia, porque quienes lo erigen como un “santo” son aquellos que en el orden ético y político disfrazan sus intereses económicos con una causa beata de salvación. La hegemonía guzmaniana, que es al mismo tiempo la hegemonía de la derecha más poderosa de nuestro país, está viendo cómo poco a poco, tal vez muy tímidamente aún, a todo ese juego de engranajes que crearon desde los 70, se le comienzan a caer las piezas.

Mientras siga ocurriendo este proceso, seguiremos preguntándonos: ¿quién fue Jaime Guzmán verdaderamente y cómo llego a ser el intelectual orgánico más importante de la derecha del Siglo XX?

Después de mucho pensarlo, hay veces en que uno llega a suscribir lo que genialmente intuyó y dijo el Rector de la Universidad Diego Portales, Carlos Peña, en el Prólogo del libro El Pensamiento político de Jaime Guzmán. Con su habitual asertividad y elocuencia retrató en elegantes líneas quién fue Jaime Guzmán: “Se trató, en síntesis, y como lo muestra su participación en la dictadura,  de uno de esos políticos que imaginó Weber: sin empacho alguno pactó con el diablo”.

Gran síntesis del Rector Peña (tal vez más inspirada en el Fausto de Goethe que en Max Weber) para un personaje trascendental en la historia reciente de nuestro país.

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