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Sobre laicidad y laicismo: dilemas para católicos

por 22 octubre, 2013

Si el país quiere continuar la vía de un “laicismo abierto”, no veo inconveniente alguno en que se diga en la Constitución que se prepara: “Chile es una república laica”. Pero deben darse seguridades de que bajo el término “laicidad” no se encubre un laicismo intolerante, excluyente, anticlerical y persecutorio. Para ello, es necesario precisar qué medidas específicas comprenderá esa “laicidad de Estado” en áreas tales como reconocimiento de iglesias, símbolos religiosos, tratamiento de nuevos movimientos religiosos, enseñanza religiosa, asistencia religiosa, proselitismo abusivo, etc.
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Chile, a pesar de la secularización, inserta en la globalización, permanece aún siendo creyente y cristiano, con mayoría católica.

Para el catolicismo, el término “laicidad”, así como el término “laicismo”, son vocablos sospechosos.

Con el fin de aclarar su postura los círculos católicos acostumbran adjetivar los términos mencionados. Así se habla de “sana laicidad” y “laicidad antirreligiosa”. Se acepta la una y se rechaza la otra.

Lo propio hacen círculos no clericales. Entre los franceses se utiliza “laicidad cooperación” (René Remond), “laicidad de comprensión” (Regis Debray); “laicidad abierta” (Jean Baubérot), “laicidad positiva” (Sarkozy).

Por otra parte, el término laicismo parece ser para los católicos intrínsecamente perverso: “laicismo intolerante” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia). Los obispos españoles hacen gala de creatividad: “nacional-laicismo”; “fundamentalismo laicista”; “laicismo agresivo”; “nueva confesionalidad: la laicista”; “laicismo beligerante”; “laicismo que amordaza las conciencias”.

Si el país quiere continuar la vía de un “laicismo abierto”, no veo inconveniente alguno en que se diga en la Constitución que se prepara: “Chile es una república laica”.Pero deben darse seguridades de que bajo el término “laicidad” no se encubre un laicismo intolerante, excluyente, anticlerical y persecutorio. Para ello, es necesario precisar qué medidas específicas comprenderá esa “laicidad de Estado” en áreas tales como reconocimiento de iglesias, símbolos religiosos, tratamiento de nuevos movimientos religiosos, enseñanza religiosa, asistencia religiosa, proselitismo abusivo, etc.

Se comprende entonces que esta selva semántica es poco apta para disipar prejuicios, evitar tratamientos ideológicos y superar incomprensiones y experiencias traumáticas.

¿Cómo salir del atolladero? Es preciso distinguir dos planos:

(a) “La laicidad del Estado” tiene siempre un sentido positivo. La laicidad es un principio, un valor y una tarea. Significa: la no existencia de una religión de Estado, la separación de las iglesias y el Estado, el reconocimiento de la importancia del hecho religioso y su aporte social (lo que significa la cooperación Estado-entidades religiosas en tareas comunes), la proscripción del clericalismo, en especial en el ámbito político, el trato igualitario por parte del Estado a las entidades religiosas, en una igualdad de paridad.

(b) Se entiende por “laicismo” el proceso histórico de construir en el aquí y ahora los valores de libertad de conciencia y pensamiento, la implantación de una igualdad y libertad religiosas.

Ahora bien, existen maneras históricas de construir los valores de la laicidad que han sido intolerantes, excluyentes, anticlericales y persecutorias. Esos son ejemplos de laicismos negativos, que son la ablación misma de la idea de laicidad. Pero también hay ejemplos de laicismos abiertos, positivos, fruto de encuentros y cooperación. Chile es uno de esos laicismos abiertos.

Si el país quiere continuar la vía de un “laicismo abierto”, no veo inconveniente alguno en que se diga en la Constitución que se prepara: “Chile es una república laica”.

Pero deben darse seguridades de que bajo el término “laicidad” no se encubre un laicismo intolerante, excluyente, anticlerical y persecutorio. Para ello es necesario precisar qué medidas específicas comprenderá esa “laicidad de Estado” en áreas tales como reconocimiento de iglesias, símbolos religiosos, tratamiento de nuevos movimientos religiosos, enseñanza religiosa, asistencia religiosa, proselitismo abusivo, etc.

En síntesis, se debe hacer claridad sobre una política de Estado frente al hecho religioso.

Quizá la evolución del laicismo francés que, desde una impronta antirreligiosa y anticlerical, pasó a un laicismo más abierto, pueda ayudarnos a reflexionar. A contar de 1870 se desarrolla en Francia una política antirreligiosa que tiene su momento cúlmine en las leyes laicas de 1905. Esa política va cediendo paso desde la guerra de trincheras a una apertura posterior en la década de los 20.

Las trincheras de la Guerra del 14, en que combatían hombro a hombro creyentes y librepensadores, derribaron el muro de la desconfianza  y del prejuicio. Lo demás fue cosa de tiempo. La Segunda Guerra Mundial dividió al catolicismo francés en colaboradores y hombres de la resistencia. En ese clima, la cuestión de la laicidad de la República Francesa se planteó como un dilema ético al entonces poderoso Movimiento Republicano Popular, encabezado por Maurice  Schuman.

Se consultó a los Obispos franceses. En noviembre de 1945, la Asamblea de los Cardenales y Arzobispos de Francia se pronunció favorablemente, señalando que rechazaban una laicidad antirreligiosa, pero que aceptaban la laicidad como la autónoma soberanía del Estado y condenaban el “clericalismo”, tendencia que podría adoptar una sociedad espiritual de servirse de los poderes públicos para satisfacer su voluntad de dominación (Véase Documentation Catholique, 1946, pp. 6 y 7).

Muchos declaran que se ve ahí la mano de Jacques Maritain, pero no puede olvidarse que, desde enero de 1945, era Nuncio en París Monseñor Ángelo Roncalli, futuro Juan XXIII, que pronto será para los católicos San Juan XXIII.

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Envíada por Rodrigo Reyes S | 16 octubre, 2018

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