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Qué hacer en noviembre: ¿Cultura Bronca, Movimiento Social o Nueva Mayoría?

por 2 noviembre, 2013

Nos referimos a esa cultura de la negación qua negación, del malestar qua malestar, de la sospecha qua sospecha, que se expresa en el rechazo apriorístico a toda articulación política. Creo que existe allí una actitud fundamentalista que convendría revisar a la luz de las lecciones históricas. Esta actitud enconada puede resultar tan nociva como los pecados capitales que la Concertación nos hizo conocer durante los años 90. Ya lo sabemos: en principio, un bacheletismo “corregido” no da garantías. Pero cabe admitir que ello es parte del juego político.
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Tratemos de establecer algunas preguntas que ordenen el sentido político de nuestra nota. Vamos al grano. ¿Es cierto que la ex Concertación ha experimentado una metamorfosis en el tiempo –una reproducción parental– para extender sus privilegios parlamentarios? ¿Ha contribuido este conglomerado a reforzar una tecnología de políticas públicas focalizadas que han debilitado los procesos de acción colectiva? ¿Es efectivo que esta coalición se “adaptó” a las reivindicaciones del movimiento estudiantil –fin al lucro–, aun cuando recluta a sus grupos parentales en colegios de elite, participando de los mismos rituales que dice impugnar públicamente? ¿Es verdad que se trata de una clase política que ha pretextado de la demanda social encabezada por los movimientos sociales (2011) y ahora enarbola un programa de reformas? Por último, ¿su clase dirigencial ha participado de paneles de expertos, juntas de accionistas y directorios de empresas privadas validando una razón gestional? La respuesta a todas estas afirmaciones es contundente. Incluso en la invocación de responsabilidades parciales. No vamos a reiterar aquí los indicadores de desigualdad y movilidad social, porque tendríamos que agregar una información vergonzosa –que nos llevaría a establecer una interminable lista de lavandería–.

Todo nos resulta inescrupuloso, impúdico, propio de ese concertar. Como bien sabemos hay razones muy poderosas para cancelar la comunicación política con esta coalición. Por lo mismo, quiero reiterar algo que acabo de mencionar. Hay que moderar las legítimas expectativas de la Nueva Mayoría; existe un activo humano dentro de la ex Concertación que en los últimos dos decenios ha participado entusiastamente de una razón privada que hace compleja la viabilidad de los cambios sustantivos. Ello nos lleva a pensar que la “generación del miedo” no sólo se explica por los “enclaves autoritarios” de los años 90, sino por un “ethos elitario” vinculado a los beneficios de una matriz de bienes y servicios. Creo que se trata de un problema mayor. Por todas estas razones es posible dar un portazo y quedar hasta aquí. Cerrar el texto. Como quien exclama: ¡Se terminó el diálogo… fuera de mi casa!

La derrota de la coalición del arcoiris en enero del 2010 se relaciona, de una u otra manera, con estas interrogantes. Querríamos pensar –con cierta cuota de candidez– que ahora se viene “algo” diferente a un movimiento camaleónico. Obrar de buena y sacar lecciones del pasado. Ir más allá del nihilismo de izquierdas.

Nos referimos a esa cultura de la negación qua negación, del malestar qua malestar, de la sospecha qua sospecha, que se expresa en el rechazo apriorístico a toda articulación política. Creo que existe allí una actitud fundamentalista que convendría revisar a la luz de las lecciones históricas. Esta actitud enconada puede resultar tan nociva como los pecados capitales que la Concertación nos hizo conocer durante los años 90. Ya lo sabemos: en principio un bacheletismo “corregido” no da garantías. Pero cabe admitir que ello es parte del juego político.

Sin embargo, y pese a todo lo anterior, me permito agregar una última interrogante: ¿será cierto que toda iniciativa política que busca ampliar un campo de reformas democráticas –con una Nueva Mayoría hegemónica– nos enloda en la dominación que decimos criticar? No lo sé. Tengo mis dudas sobre esa concepción suma cero de la política. Creo que una cosa no implica directamente la otra. No podemos avalar una transición argumental ilegítima; cuestionamos algo y cae todo de bruces. Creo que lo primero, la crítica radical a la dominante neoliberal, no es excluyente con lo segundo, cual es la iniciativa política. No es posible sentenciar que toda relación con una mayoría hegemónica esté viciada de antemano. En cambio, no es difícil olfatear en determinados discursos alternativos un déficit de sociabilidad. Un bouquet autoritario, una falta de cultura dialógica, de hábitos democráticos respecto a las complejas tareas del mañana. En principio podemos avanzar en implementar opciones estratégicas que fortalezcan una agenda reformista sin que esta tarea nos obligue a renunciar a un horizonte emancipatorio –ni mucho menos a negar las tremendas diferencias con la modernización pinochetista–. Capitalizar inflexiones sería una tarea del presente que ayudaría a evitar cierta inmolación del discurso crítico-testimonial. Me refiero a esa posición tremendista que rechaza todo rito de institucionalización.

Esa sería, grosso modo, nuestra diferencia con el campo social que laboriosamente se ha organizado por fuera de la Nueva Mayoría Social y que –pese a compartir un diagnóstico muy similar al nuestro– arriba a conclusiones  radicales y tiende a “penalizar” toda diferencia como neoliberalismo conservador o de izquierdas. Para ser más precisos: hacemos alusión a un tipo de disidencia que desconfía más de lo que cabe desconfiar, que rechaza de facto la institucionalización de la protesta social, que obra desde una especie de autoritarismo ético centrado en la pureza moral de un sujeto alternativo y contestatario. Hacemos mención a una práctica que a través del significante “duopolio” divide el tejido social entre buenos y malos. Blancos y negros, duros y blandos. En mi opinión, en una eventual segunda vuelta habría que persistir en articulaciones creativas con la ciudadanía que apoya a Claude, o bien, el valioso mundo popular que representa el Partido Igualdad. Todo ello es posible sin alterar la heterogeneidad doctrinal y en aras de acumular fuerzas por un campo de reformas institucionalmente viables. Aquí aludimos a un vínculo externo y no a los mentados acuerdos programáticos. Alguien podría replicar que existen diferencias ontológicas entre estos dos mundos. Pero, acaso, ¿no las hay entre la DC (un partido conservador que avaló el Golpe de Estado) y el PC chileno, de matriz obrera y popular, apegado al marco institucional? Tras la profundización de reformas democráticas no estamos homologando proyectos de sociedad. Nuestra diferencia guarda relación con una necesaria dimensión institucional de la política.

Creo que habría que persistir en correr riesgos –so pena de fallar el tiro–. Una concepción hegemónica de la política comprende la necesidad de consolidar una correlación de fuerzas en aras de la profundización democrática –ante la inminente dispersión signada por la sospecha–. Por ello creo que nuestro deseo no va a prosperar. Probablemente se impondrá una heterogeneidad radical. Un tiempo bastardo. Una cultura bronca, "antiduopolio", se extenderá por inercia como una tempestad antiinstitucional.

Las querellas al interior de la izquierda se multiplicarán. Quizás el Partido de Luis Emilio Recabarren será motejado –apriorísticamente– de instrumentalizar al mundo popular, de contener y administrar el conflicto social. Tal odiosidad es parte de esa ley de la dispersión. Si bien nuestra tesis tiene una cuota de pragmatología, busca explicitar que el cerco de la dominación en Chile deja muy pocos agujeros y que estos deben ser aprovechados con una convicción inquebrantable cuando el cerrojo institucional cede al “grito de la calle”. Creo que en la ampliación de demandas democráticas la tradición comunista jugará un papel primordial –una vitalización indispensable para la Nueva Mayoría–. En cambio, vociferar por fracturas institucionales, clamar por súbitos cambios del modelo económico-social, desgarbados asistémicos, y otros gestos no se condicen con la actual correlación de fuerzas políticas, salvo que optemos por un camino crítico-testimonial. Resulta algo inmaduro sostener que en noviembre se juega un cambio de modelo económico-social, otra cosa es sugerir que en las próximas elecciones se inauguran condiciones deliberativas que en el mediano plazo podrían cristalizar en una democracia radical, en cultura constituyente. Ese horizonte democrático es el que nos convoca a un entendimiento entre las fuerzas antineoliberales que confían en la organización social, pero que también dialogan con los partidos políticos comprometidos decididamente en una agenda de reformas.

Todo indica que en noviembre la Nueva Mayoría tendrá una ventaja holgada. Sin embargo, el escenario es extraordinariamente enmarañado para estar sugiriendo recetas. La evidencia dice que existen argumentos legítimos y razonables para optar por caminos distintos. Sin perjuicio de ello, en el mediano plazo, será un verdadero desafío lidiar con una subjetividad contestaría que no cede a los procesos de institucionalización de la política, sino que cultiva el más crudo malestar. Nos referimos a esa cultura de la negación qua negación, del malestar qua malestar, de la sospecha qua sospecha, que se expresa en el rechazo apriorístico a toda articulación política. Creo que existe allí una actitud fundamentalista que convendría revisar a la luz de las lecciones históricas. Esta actitud enconada puede resultar tan nociva como los pecados capitales que la Concertación nos hizo conocer durante los años 90. Ya lo sabemos: en principio un bacheletismo “corregido” no da garantías. Pero cabe admitir que ello es parte del juego político. La Nueva Mayoría Social no es lo mismo que la ex Concertación; en Chile han ocurrido transformaciones materiales objetivas que impiden establecer tal analogía –2011 mediante–. Lo más nefasto es esa práctica obtusa por desacreditar de facto la construcción de pactos, fuerzas y bloques de presión contra el establishment neoliberal. Si bien algunos sostienen que la Nueva Mayoría no es la solución al problema, tampoco podemos desestimar una hegemonía de la reforma. No es posible prescindir de la comunicación política. A fin de cuentas la actitud colérica de un cierto mundo alternativo puede ser el aliado silencioso de una oligarquía que se traduce en 3 500 familias que recaudan inescrupulosamente más del 30% del ingreso nacional. Frente a la hegemonía neoliberal no podemos ceder, padecer mareos, soponcios o crisis de pánico –porque ello le hace el juego a la derecha, y potencialmente a futuras soluciones autoritarias–.

De momento nuestro malestar queda claro, a saber, esa ausencia de diálogo de la cual hacen alarde algunos actores del mundo alternativo, rechazando toda comunicación de alcances democráticos. En la eventualidad de una segunda vuelta se requiere un “ethos dialogante” respecto a la confluencia de reformas puntuales que vitalicen el sistema democrático contra el gran oligopolio. Pero me temo que en el campo de las izquierdas, por distintos motivos, ocurrirá el fenómeno exactamente contrario. Lo que vendrá será un escenario abundante en disgregación, en proliferación de hostilidades y divisiones, en el intercambio obstructivo. Se trata de una cultura que no acusa recibo de la histeria desatada en el mundo conservador, de sus acciones judiciales y de una candidata ad portas de no pasar a segunda vuelta (¡Matthei raspando los 20 puntos!). Nuestra revuelta será eterna. Nos moveremos entre la incontinencia crítica, el fascismo rojo y una actitud que hasta hace algún tiempo se llamaba “infantilismo de izquierda”. El problema es cómo salir de este puzzle donde el antagonismo se traduce en un totalitarismo de la diferencia.

Por fin, y sin perjuicio de todo lo anterior, de la complejidad de aglutinar fuerzas heterogéneas, aún perseveramos en mantener a salvo el horizonte político de una democracia radical (emancipatoria). A no desesperar, la historia de Chile conoció el Balmacedismo y la sangrienta batalla de Placilla (1891). Habría a lo menos que consignar –dado el espíritu de esta nota– el impulso liberal del primer gobierno de Arturo Alessandri (1920), la construcción del Frente Popular (1938) y la llegada a la política de “Grandes Alamedas” (1970): lo importante es no perder de vista nuestro horizonte democrático. Pero debemos generar las condiciones políticas que nos permitan conocer ese nuevo amanecer.

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