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La re(de)volución regionalista de Bachelet

por 5 noviembre, 2013

Lo decidido por Bachelet abre un nuevo ciclo para las regiones: acabar con la cooptación y el mendigar (y llorar) en un modelo centralista-paternalista, para ir a la descentralización, que es poder del otro, del hermano(a) que tiene su autonomía para dibujar sus sueños y políticas (la fraternidad como horizontalidad conflictiva, diversa y virtuosa).
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Chile está ad portas de un giro que le haga sanar las heridas que el centralismo provocó a las regiones (provincias) desde el triunfo conservador en 1830 que impuso el autoritarismo. La candidatura de Michelle Bachelet, desde la DC al PC, junto a independientes y agrupaciones sociales-territoriales, han formalizado en su programa los tres pilares de un profundo proceso de regionalización democrática y solidaria, que dará tanto libertad (autonomía) como instrumentos de solidaridad a las regiones: a) elección de intendentes para ser un país regionalizado con poder desde la soberanía de los que habitan el territorio, rompiendo los casi dos siglos de imperio de la delegación centralista; b) aumento de la inversión con decisión regional para profundizar la transferencia de recursos (al menos creció el FNDR en la última década); y c) creación del Fondo de Convergencia Regional, inyectando más recursos, flexibilidad y proactividad a la gestión regional para apoyar los territorios rezagados y apostar al desarrollo territorial con vigor.

Las brechas de desigualdad son evidentes y explican la ola de protestas y rabia justificada: Tocopilla debe mendigar especialistas en salud aunque tiene megatermoeléctricas, Calama busca parques y formación técnica siendo el mayor distrito minero del mundo, el Maule Sur busca revertir su mortalidad infantil que es cinco veces que la de Vitacura, los territorios mapuches un modelo socioeconómico sustentable y valorativo de su vida (se ha subsidiado a las grandes forestales más que a la agricultura familiar), el sur protestó en Aysén-Magallanes para “defender” subsidios (gas) y aparecer en las políticas sin continuidad de conectividad, educación y empleo.

Lo decidido por Bachelet abre un nuevo ciclo para las regiones: acabar con la cooptación y el mendigar (y llorar) en un modelo centralista-paternalista, para ir a la descentralización, que es poder del otro, del hermano(a) que tiene su autonomía para dibujar sus sueños y políticas (la fraternidad como horizontalidad conflictiva, diversa y virtuosa).

Lo esencial es enfrentar la pobreza que se concentra entre el Maule y Los Lagos, y aumentar los recursos para la competitividad y el fomento productivo que inspiró la creación del royalty minero y el Fondo de Innovación para impactar en las regiones. Como dicen, con sorna y resentimiento, en todos los círculos regionalistas: “Van a las sexta línea de Metro y no hay tren a Concepción”.

El Fondo de Convergencia Regional, financiado ya sea por transferencias o tasas territoriales, será administrado por las regiones –como lo anunció la ex Presidenta en el sur– para pactar con municipios y ministerios programas plurianuales de intervención en los nudos críticos de desigualdad: cobertura de salud, presencia y calidad de la educación en los tres niveles (allí incluyó su promesa de CFT público en todas las provincias y universidad pública en las dos regiones que no tienen: O’Higgins y Aysén), empleos, conectividad, infraestructura básica. Una Comisión plural de Estado y sociedad aportará a su diseño y definiciones claves para financiamiento e implementación.

La elección de Intendente, sumada al paso dado en los consejos regionales, dinamizará la política territorial y, en la medida que crezcan los recursos, se potenciará la corresponsabilidad y el enriquecimiento de la esfera pública de debates sobre la agenda regional. Estos gobiernos regionales democráticos deberán tener mayores poderes que los ministerios sectoriales, tanto para apoyar sus zonas metropolitanas (gobierno de la ciudad) como para potenciar los territorios rururbanos y aislados.  Además, su anuncio de facilitar partidos en una región, en junio pasado, en el Consejo Nacional para la Descentralización y Regionalización, CONADERE, permitirá valorar las plataformas ciudadanas, ambientalistas, regionalistas e indígenas, las que pasarán a ser sujeto protagónico de la representación. La insistencia de Bachelet en dar un salto en la ley de cuotas para facilitar también la igualdad de género, abre perspectivas notables de dibujar en el momento constituyente de amplia participación posibilidades de territorios diferenciados con niveles de autonomía, como las que practican las grandes democracias avanzadas, de Canadá a Nueva Zelandia, de Suecia a Dinamarca, así como países de Sudamérica que han dado pasos notables en descentralización como Argentina, Colombia, Perú y Bolivia.

Lo decidido por Bachelet abre un nuevo ciclo para las regiones: acabar con la cooptación y el mendigar (y llorar) en un modelo centralista-paternalista, para ir a la descentralización, que es poder del otro, del hermano(a) que tiene su autonomía para dibujar sus sueños y políticas (la fraternidad como horizontalidad conflictiva, diversa y virtuosa).  Por cierto, acompañada de la seriedad, control de la corrupción, participación ciudadana (se ha sugerido la ley de presupuestos participativos regionales), monitoreo de indicadores y corresponsabilidad fiscal. La Nueva Mayoría por los cambios, que debe crecer para materializar estas reformas, permitirá este proceso reconstituyente de las relaciones de poder, con su aporte revolucionario (revolver lo que hay estancado, al decir de Alberto Hurtado) y de devolución de soberanía/recursos a los que habitan los territorios, el antiguo pacto de la unión de los pueblos de Chile, propiciada por Freire e Infante, y borrada a sables y pólvora desde 1830.

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