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Sobre una película vista en un bus interurbano

por 6 noviembre, 2013

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El título es latero, pero no se me ocurrió otro. Quienes viajamos en bus con frecuencia notamos algunas constantes: Eme Bus pone tres películas seguidas, Linatal los estrenos recientes y en casi todos usan copias piratas. Pero suficiente de eso.

Ya se ha dicho que la tendencia individual de encerrarse en una caja de resonancia se ha acentuado por el fácil acceso a pantallas personales y la abundancia de opciones en internet. Se puede pasar días escuchando la música que uno prefiere, viendo noticias desde el punto de vista propio y leyendo comentarios que confirman los propios prejuicios.

Exponerse a cosas distintas (recordando, eso sí, “mantener la mente abierta, pero no tanto que se caigan los sesos”) es la solución al encierro mental. El transporte público es una oportunidad para escuchar música que uno no elige (después de unos minutos le pido amablemente al pasajero a mi lado que baje el volumen) y ver películas que de otra manera uno no vería. Sirve, como quien dice, para enterarse cómo está la cosa. Un elemento que me ha llamado la atención en las películas es lo común de la extrema violencia. Siempre hay algún pasajero que pide que la cambien.

La semana pasada pusieron una titulada “Snitch”. Trata de un padre que entra en el mundo del narcotráfico para ayudar a reducir la sentencia de su hijo, condenado por recibir un cargamento de drogas. De paso, arregla la relación con el hijo, arruinada por sus largas ausencias y el divorcio. No era mala, pero no la vería de nuevo.

La película se plantea como una crítica a las duras sentencias por posesión y tráfico de drogas en los EE.UU. Destaca la presión a la que los imputados son sometidos para que incriminen a otros y nota la duración de las sentencias, desproporcionadas al compararlas con las de otros crímenes. También critica, aunque más implícitamente, la política de aumentar drásticamente las penas en la tercera condena de un imputado. La película entra al debate abiertamente en los créditos finales, haciendo mención explícita de esto. Nada que objetar hasta acá.

Lo que me llamó la atención, sin embargo, es que entrando a discutir problemas sociales, como la alta tasa de encarcelamiento y la guerra contra las drogas, no mencionara el divorcio. Claramente, el hijo del protagonista se ha visto dañado por un padre ausente física y emocionalmente, y más aún por el divorcio de sus padres (todo eso se muestra). Sin embargo, ni en los créditos finales ni en ninguna otra parte, se menciona que los hijos de padres divorciados tienen mayores posibilidades de consumir droga y caer en otros tipos de problemas. No se dice, y apenas se deja entrever, que la mejor política de prevención de drogas, y de otros males, es una familia sana y estable. La raíz del problema que se denuncia está en otro lado.

Sospecho que estas omisiones se deben simplemente a una ceguera sobre el tema. Hay ciertas conductas y situaciones que son tan aceptadas que no llaman la atención, ni se ven sus consecuencias aunque la evidencia reviente en la cara. El último viaje en bus me sirvió para darme cuenta de que así está la cosa.

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