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Deslealtad con la democracia

por 11 noviembre, 2013

Antes de 1973 la izquierda chilena solía no pedir sino exigir lo imposible, aquí y ahora y no parcialmente sino en su totalidad. La experiencia de la UP introdujo sensatez a esta actitud. Pero los “autoflagelantes” nunca cejaron. Hoy se han impuesto, manifiestan su rechazo frontal a la línea de desarrollo que nos ha traído hasta donde Chile está hoy, y “exigen” todo, aquí y ahora, para lo cual es necesario un nuevo modelo, el otro modelo.
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La actitud ante la realidad social varía entre extremos. Dos ejemplos: “La más homicida y la más terrible de las pasiones que se puede infundir a las masas, es la pasión de lo imposible” y “Seamos realistas, pidamos lo imposible”

Antes de 1973 la izquierda chilena solía no pedir sino exigir lo imposible, aquí y ahora y no parcialmente sino en su totalidad. La experiencia de la UP introdujo sensatez a esta actitud. Pero los “autoflagelantes” nunca cejaron. Hoy se han impuesto, manifiestan su rechazo frontal a la línea de desarrollo que nos ha traído hasta donde Chile está hoy, y “exigen” todo, aquí y ahora, para lo cual es necesario un nuevo modelo, el otro modelo.

Para obtenerlo todo, la línea tradicional, clásica, la que Clodomiro Almeyda manifestara a Punto Final en 1970, antes del gobierno de la UP, consideraba la democracia como parte del camino –mientras sea útil–, pero con la clara conciencia de que en el momento conveniente sería abandonada: “Si la izquierda desea realmente tomar el poder no puede seriamente plantearse su triunfo sino en base a su capacidad en el plano de la violencia, de hacer frente y derrotar al enemigo armado” que, en el caso de Chile, en forma más probable culminaría con “una guerra civil revolucionaria, a la manera española, con intervención extranjera, pero de curso más rápido y agudo”.

Antes de 1973 la izquierda chilena solía no pedir sino exigir lo imposible, aquí y ahora y no parcialmente sino en su totalidad. La experiencia de la UP introdujo sensatez a esta actitud. Pero los “autoflagelantes” nunca cejaron. Hoy se han impuesto, manifiestan su rechazo frontal a la línea de desarrollo que nos ha traído hasta donde Chile está hoy, y “exigen” todo, aquí y ahora, para lo cual es necesario un nuevo modelo, el otro modelo.

La derrota de la UP, habría llevado a una renovación profunda que incluía la renuncia al empleo de la fuerza en la acción política y la sumisión al debate democrático pacífico. Hubo uno que otro exabrupto, como el de Bachelet con su sorprendente: “Cuando la izquierda sale a la calle, la derecha tiembla”. ¿Por qué habría de temblar la derecha si la izquierda sale a la calle en forma democrática y pacífica? En realidad, las demostraciones masivas de la izquierda nunca han sido pacíficas, pero se suponía que ahora la violencia era sólo un “daño colateral”, no deseado. El aserto de Bachelet sugería lo contrario: la izquierda sale a la calle para que la derecha “tiemble”.

Más recientemente, el senador Juan Pablo Letelier (PS), que es uno de quienes ve con esperanza la posibilidad de que en Chile se produzca un escenario propicio para implementar una asamblea constituyente, nos advierte: “Chile requiere necesariamente algún grado de ruptura institucional para que mande la mayoría (…) y creo que la única forma de avanzar (…) es en algún momento crear un hecho político que signifique un quiebre institucional que permita generar una constituyente o darle mandato constituyente al Parlamento”. “Eso significa buscar un momento de quiebre institucional, de inflexión, de ruptura institucional, usen el concepto que quieran. En un año más, en 10, aquí va a haber un estallido social, porque las instituciones no están logrando encausar las demandas ciudadanas. Entonces, esto es lo razonable, porque si no va a ocurrir lo que ha pasado en otros contextos históricos y políticos: va a ocurrir un desplome del sistema político”. Recuerda el lenguaje de su papá y sus amigos, haciendo equilibrios entre la amenaza y la reflexión revolucionaria, jugando al borde de la cancha. ¿Qué significa “quiebre institucional, de inflexión, de ruptura institucional, usen el concepto que quieran”?, podría usar el término “alternativa revolucionaria”, con lo que su propuesta adquiriría una connotación muy diferente. Sobre todo si lo asociamos con su apostilla final: “En un año más, en 10, aquí va a haber un estallido social”.

El PC, dentro de su lenguaje también alambicado y sibilino, pese a todo es más claro: Camila Vallejo –revolucionaria y candidata a diputado– en estos días nos señala que: “El pueblo tiene derecho a combatir en masa la violencia estructural que existe en la sociedad. Y nosotros nunca hemos descartado la posibilidad de la vía armada, siempre y cuando estén las condiciones” y esta no es una bravata sin fundamento, recordemos que el Partido Comunista aún esconde las armas cubanas internadas por Carrizal Bajo y que ya nadie busca. Cuando el partido decretó la política de Rebelión Popular de Masas, que consideraba “todas las formas de lucha, incluso las más agudas” (exquisita sutileza para denominar la violencia terrorista), Guillermo Teillier fue designado jefe de la comisión militar del partido y hoy preside el PC. Alegrémonos que aún “no estén las condiciones”, pero podrían producirse.

Comparto el diagnóstico de Fernando Villegas en cuanto a que hay quienes no quieren reconocer los signos de los tiempos: “Es verdad que hay una enorme mayoría de jóvenes deseando cambiar o incluso demoler el modelo, un gran contingente de gente de izquierda redescubriendo sus aspiraciones, clichés y tropismos adolescentes, partidos y/o movimientos y/o sectas que agitan todo lo que puede agitarse, un Estado débil al cual le cuesta un mundo o hasta le resulta imposible imponer el orden, un discurso ideológico deslegitimando todas las instituciones del actual sistema, valores novedosos y ‘progresistas’ imponiendo su devocionario con cierta violencia verbal y conceptual y echando a empujones del escenario a los antiguos, un elevado grado de crispamiento político y emocional dividiendo ya incluso las familias, amén de etnias y comunidades aspirando a la autonomía y otras acercándose a lo mismo, poderes paralelos –la calle y los movimientos sociales– atreviéndose a todo, incluso a bailar zapateado americano sobre la mesa de los Honorables, en fin, que hay eso y mucho más, pero aun así eso es sólo ‘la demanda ciudadana de un pueblo empoderado…’”.

Estos ejemplos, entre muchos otros, nos muestran que la violencia política no ha sido descartada totalmente y como ella comienza con los sentimientos de odio, continúa con el lenguaje de la violencia, sigue con las intenciones de doblegar al oponente a cualquier precio y culmina en las acciones violentas. Una elemental prudencia recomienda revisar lo que estamos haciendo en Chile: no basta controlar la violencia actual, hay que desarmar la bomba desde sus bases: no dejar que la competencia democrática se convierta en lucha odiosa. La democracia requiere cuidados, el primero y más importante, lealtad.

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