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Política exterior y opinión pública: un mundo de paradojas

por 18 noviembre, 2013

Nuestra política exterior requiere, además, redefinirse conceptualmente en torno a la política propiamente tal, y sacudirse de su tendencia a confundirse o asimilarse con la política económica internacional, por más importancia que se le pueda atribuir a esta dimensión de nuestra actividad exterior, en el marco de nuestro modelo de desarrollo y sus demandas.
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Cada día conocemos de las fluctuaciones del dólar, asociadas a procesos económicos acaecidos en los EE.UU. o en otros mercados de países distantes, cuyos vaivenes favorecen a grupos e intereses de  importadores o exportadores y terminan impactando en un sentido u otro en  el bolsillo de los consumidores. Cada semana se nos informa de los nuevos y casi siempre ascendentes precios de los combustibles, al alza o a la baja, en asociación con las inestabilidades políticas o de otra naturaleza que se experimentan en los pases productores de crudo y sus entornos. El precio de nuestro cobre “viga maestra de nuestro desarrollo”, vive hoy permanentemente amarrado a las expectativas del proceso económico interno de China, de sus aceleraciones y desaceleraciones y del crecimiento o disminución de su demanda interna. Y bien sabemos que, en un sentido general, la perspectiva de estabilidad y crecimiento del volumen y variedad de nuestras exportaciones, permanece íntimamente ligada a la variable que determina el curso de los procesos económicos e inclusive políticos y sociales en aquellos países que representan nuestros principales socios comerciales, tal como viene ocurriendo hoy, por ejemplo, frente a la persistente crisis económica y financiera europea.

Lo dicho sirve para ilustrar lo que conocemos con cierto detalle o que, más o menos, se instituye en cuanto a procesos externos que nos impactan a diario. Otra cosa son las dinámicas más ocultas, especulativas, por ejemplo, las que aunque las desconozcamos en sus interioridades, también juegan su papel en este mundo en el que, en materias económicas  y financieras,  “el efecto mariposa” tiene lugar cada hora y cada minuto y con una intensidad que no podemos ni siquiera  imaginarnos.

Todos los análisis de la realidad mundial indican que actualmente el mundo está experimentando un cambio de eje estratégico, desde el Atlántico donde estuvo anclado tradicionalmente, hacia el Océano Pacifico y sus países ribereños. Ya es evidente, en efecto, la constitución de Asia, con China e India a la cabeza, como las nuevas locomotoras del crecimiento de la economía mundial de aquí a las próximas décadas. Y todo aquello, bien se sabe, coloca a nuestro país en una posición expectante, desafiante y privilegiada para jugar sus propias opciones estratégicas, tal como lo revelan los debates, todavía desafortunadamente restringidos a los espacios académicos, diplomáticos y de expertos,  en torno a La Alianza del Pacífico y el TPP.

 Nuestra política exterior requiere, además, redefinirse conceptualmente en torno a la política propiamente tal, y sacudirse de su tendencia a confundirse o asimilarse con la política económica internacional, por más importancia que se le pueda atribuir a esta  dimensión de nuestra actividad exterior, en el marco de nuestro modelo de desarrollo y sus demandas. 

Chile es hoy un país abierto  al mundo, como nunca antes en toda su historia, y lo es por propia definición y vocación. También somos, en consecuencia, un país íntimamente conectado con el mundo, y no sólo a los efectos estrictos de nuestro proceso económico interno. Ello quiere decir, como corolario, que, aunque no seamos conscientes, y pese a todas nuestras renuencias, ignorancias,  inconsistencias e indiferencias rampantes, Chile es un país fuertemente vulnerable y dependiente del exterior y, por lo mismo, expuesto a las repercusiones positivas o negativas de un conjunto de variados fenómenos, no solamente económicos, financieros y productivos, que cada día tienen lugar en nuestro entorno más inmediato y en regiones y países remotos, los cuales son capaces de favorecernos o de perjudicarnos fatalmente. Tal y como alguna vez nos lo recordó la crisis asiática, de cuyas nefastas consecuencias todavía guardamos amargos recuerdos.

Sin embargo, pese a toda la evidencia disponible, los chilenos persistimos en querer vivir indiferentes, sicológicamente distantes, desaprensivos y de espaldas al mundo del que dependemos en tan importante, íntima y decisiva  medida. Y que, pese a toda nuestra experiencia, y contrariando todo lo que nos aconseja el buen juicio y el más elemental sentido de la realidad, preferimos seguir suponiendo que, de algún modo, sigue siendo posible vivir de modo pretendidamente autárquico, presumiendo de una supuesta  excepcionalidad  en el contexto regional y, en un sentido general, mentalmente enajenados de la realidad externa. Como si acaso fuese posible concebir a nuestro globalizado país de hoy, en el contexto de un mundo integrado e interdependiente, como una isla protegida de los vaivenes, oportunidades y acechanzas externas. Por obra y gracia de nuestro desierto nortino, de nuestra cordillera de Los Andes, de nuestro continente Antártico y de nuestro extenso litoral Pacífico.

Si no fuera por el litigio que Chile mantiene con Perú en La Haya, y porque de tarde en tarde la cuestión de la mediterraneidad boliviana ocupa un cierto espacio en los medios, nuestra política exterior, muy probablemente, no dispondría de lugar alguno en el interés y la preocupación  de la opinión pública nacional, incluida la así llamada “clase política”, lo cual ha quedado puesto de relieve con preocupantes ribetes de escándalo, a propósito de la contienda electoral presidencial en cuyo contexto han escaseado, con contadas excepciones, las preguntas y todavía mucho más las respuestas y planteamientos y definiciones  sobre esta materia tan importante y sensible.

Chile importa mercancías y las exporta, posee un total de 60 acuerdos comerciales con los cuales tiene normada casi la totalidad de sus intercambios, recibe inversión extranjera y al mismo tiempo exporta capitales, de preferencia hacia América Latina. Nuestro país experimenta un ingente proceso inmigratorio que abarca a todo nuestro territorio y tiene diversos orígenes. Y como si todo lo anterior fuera poco, nuestro país hace parte y ejerce importantes responsabilidades internacionales en organismos multilaterales regionales y mundiales.

Pero nada de todo aquello logra sacudir nuestra indiferencia y mutismo. Y seguimos sumergidos, a todo nivel,  en la paradoja de una nación que experimenta la  dependencia, la  interdependencia y las condicionantes externas, pero que no se resuelve a razonar y a actuar en consecuencia.

Es muy probable que este tipo de incomprensiones  sobre el valor e importancia de nuestras relaciones internacionales en general, y de nuestra política exterior en particular, este determinada por más de algún factor, más allá de los atavismos históricos.

Es indudable que contribuye a configurar este cuadro paradójico y peligroso, la circunstancia de que a nivel de opinión pública se tienda considerar, equivocadamente, que los asuntos de política exterior, además de representar asuntos reservados a los diplomáticos y expertos, tienen permiso para ser sustraídos del debate y la controversia política. Por aquello de que trata de “políticas de Estado”, por lo cual, supuestamente, no resultaría adecuado opinar ni, mucho menos, disentir de lo que se resuelve en las altas esferas de los entes decisorios y los medios expertos.

Una nueva política exterior como la que requiere Chile, además de corresponder a un diseño estratégico de mediano y largo plazo que contemple aspectos políticos, económico-comerciales, culturales y un conjunto de otras dimensiones, debe adicionalmente comprometer en su conceptualización, diseño, despliegue y ejecución al conjunto de la sociedad chilena. En la forma de una perspectiva integradora de las diversas visiones e intereses nacionales, regiones incluidas, para hacer posible el aprovechamiento de todas esas energías respecto a un aspecto crucial de la gestión gubernamental, como son nuestras interacciones. En primer lugar con nuestros países vecinos, seguidamente con nuestra región y a continuación con la sociedad internacional en general.

Nuestra política exterior requiere, además, redefinirse conceptualmente en torno a la política propiamente tal, y sacudirse de su tendencia a confundirse o asimilarse con la política económica internacional, por más importancia que se le pueda atribuir a esta dimensión de nuestra actividad exterior, en el marco de nuestro modelo de desarrollo y sus demandas.

Y en materia de paradojas, finalmente, es forzosa una mención a la curiosa y no menos sorprendente circunstancia según la cual, y pese a toda la evidencia disponible en contrario, los estudios de opinión persistan en demostrar la valoración positiva  con que la opinión pública nacional parece favorecer a la actual gestión de nuestra política exterior.

Que se valore positivamente una gestión a todas luces desastrosa de nuestros asuntos internacionales y de nuestra política exterior, sólo puede significar dos cosas: desconocimiento de sus pormenores o indiferencia.

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