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Análisis

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Carlos Montes: el nuevo articulador clave de Bachelet

por 20 noviembre, 2013

Carlos Montes: el nuevo  articulador clave de Bachelet
El flamante senador electo no es Escalona y queda claro que su esfuerzo vital no estará en reconstituir el partido transversal del orden, sino en pactar lo que sea necesario con la UDI para alcanzar las reformas mínimas que la ciudadanía reclama y seguramente acordar las concesiones programáticas que desde la otra vereda solicite el PC, erigiéndose como el nuevo referente del progresismo en el Senado. Pronto sabremos cómo le irá en este rol que, sorpresivamente, ya ha comenzado a desempeñar.

Carlos Montes ha triunfado en Santiago Oriente en un hecho inédito en esa circunscripción dominada, hasta ayer, sin contrapesos por la falange. Sin embargo, la historia del gran vencedor de las senatoriales de la Nueva Mayoría pudo ser distinta, no sólo porque objetivamente en el PS había quienes lejos hubiesen preferido –y de hecho así apostaron– a Soledad Alvear como opción de “gobierno sin opio”, sino por su fascinante trayectoria política. Era diciembre de 1980, cuando una reunión secreta de la Comisión Política del Mapu que se realizaba en un recinto religioso logra ser detectada por la CNI. Entre otros, es detenido Carlos Montes, quien a la sazón ejercía el liderato de aquella pequeña fracción. La prisión prolongada, con sus respectivas sesiones de tortura, se extiende durante un mes, luego que los aparatos de seguridad del régimen llegan a la conclusión  que han dado con el jefe máximo del colectivo. Las torturas se multiplican sobre el líder pero, tal como lo comentan ex compañeros de celda, éste no habla, y la CNI no logra derribarlo ni física ni psicológicamente. El personaje en cuestión desde su juventud, como un buen cristiano de base, cuando participó activamente de la histórica toma de la catedral, “cargará con la cruz” de su opción política. Al cabo de un año y en un contexto donde lo peor de la represión había pasado, el régimen opta por expulsarlo y el futuro diputado parte exiliado a México. Seguramente si su detención hubiese ocurrido un poco antes –fines de los setenta–  o un poco después –aparición del Mapu Lautaro–, Montes no hubiese protagonizado su epopeya electoral más significativa.

Al comenzar la transición es uno de los hombres del progresismo –se alinea en torno al PS renovado de Núñez y Arrate– que mejor conoce el tema de la descentralización política y se lo vislumbra como uno de los probables subsecretarios de La Moneda, pero intuye que no se llevará bien con los ministros DC que predominan en Palacio y se refugia en el parlamento, donde se transforma rápidamente en un referente. Tiene ascendencia sobre los parlamentarios socialistas más jóvenes y si bien algunos lo tildan de “excesivamente oficialista”, hay otros que lo defienden y esgrimen que su principal virtud es que se “ordena, pero antes discute y argumenta”. Ya tempranamente lidera los temas educacionales y es uno de los pocos que resiste la presión de Aylwin, y del propio ministro Arrate, y no vota favorablemente la ley del “financiamiento compartido” que tanto se le reprocharía años más tarde a la Concertación. Mucho más tarde en la histórica sesión de la CP del PS –llamada presidencial al orden incluida– y en la que se da luz verde a la LGE, Montes es uno de los que se opone a lo que él considera “un proyecto malo”, prueba de ello es que se abstendrá en su votación en el hemiciclo y no concurrirá  a la famosa foto de las manos en alto. Su dedicación a los temas hace que, más de una vez, sea reconocido como el mejor legislador por sus propios pares.

Con el escalonismo borrado del Senado –cuyo líder se sumergirá nuevamente en el subterráneo de la contienda interna–, con una mayoría de senadores PS afines a la Megatendencia –Quinteros, Rossi, el mismo Montes– comandados por Isabel Allende, quien seguramente competirá por el control partidario, con un Letelier aislado cuyo propósito será pedir el trono del tercerismo y desde ahí intentar alguna escaramuza mayor, y con una Nueva Izquierda más bien diluida en diputados, la ascendencia de Montes sobre el grueso de los parlamentarios socialistas crecerá.

Montes le acaba de arrebatar a la DC uno de sus reductos más emblemáticos desde 1990 y donde había dominado sin contrapesos: primero con Frei, luego con Foxley y después con Alvear, convirtiendo su estrecho triunfo en la mayor sorpresa electoral de la Nueva Mayoría. Pero no es el primero: ya en 1997 había sacado de circulación nada menos que a Mariana Aylwin, transformándose de este modo en el mayor verdugo de la Falange. Y si bien es cierto que Michelle en los últimos días hizo algunos gestos  en su favor –entre otros la adhesión de Ángela Jeria a su candidatura que provocó el enojo DC–, todos quienes lo conocen saben que su victoria es, ante todo, un esfuerzo personal y consistente desarrollado a lo largo de años de trabajo parlamentario, que han sido todo un ejemplo a imitar por los legisladores nuevos. En ello ha sido clave, además, su fuerte espíritu católico-poblacional, heredado de su madre, lo que le ha permitido darle a su labor política un sentido de “misión”. Y si bien con su elección Bachelet ha perdido un notable ministro de Educación –como pocos conoce al detalle el Estado del debate en el área y no iba a llegar a hacer tonteras a la cartera– o un magnífico Segpres –por su conocimiento de la labor parlamentaria–, lo cierto es que la coalición ha ganado un excelente articulador de acuerdos y pactos en el Senado, no sólo por su experiencia, sino por ser un personaje representativo del nuevo espíritu epocal, motivo que, en definitiva, fue el que gatilló su victoria. Así como Alvear era una actriz del viejo orden, Montes es, sin duda, la mejor cara institucional del cambio.

Nuevo articulador

Con el escalonismo borrado del Senado –cuyo líder se sumergirá nuevamente en el subterráneo de la contienda interna–, con una mayoría de senadores PS afines a la Megatendencia –Quinteros, Rossi, el mismo Montes– comandados por Isabel Allende, quien seguramente competirá por el control partidario, con un Letelier aislado cuyo propósito será pedir el trono del tercerismo y desde ahí intentar alguna escaramuza mayor, y con una Nueva Izquierda más bien diluida en diputados, la ascendencia de Montes sobre el grueso de los parlamentarios socialistas crecerá. Si a esto se suma su nulo interés en desempeñar un papel interno en la colectividad, lo más probable es que se transforme en el nuevo puente entre el gobierno y la oposición para buscar los pactos que permitan impulsar los cambios institucionales que el país reclama y que la candidata deberá concretizar. Su capital para eso está dado por su afinidad con la calle y su larga experiencia en temas relevantes como educación, institucionalidad y hacienda. Lo ayudarán también, en esa tarea, el averiado liderazgo de Girardi en el PPD –“con buenos posicionamientos, pero con malas prácticas” y amenazado siempre por Lagos Weber y Carolina Tohá–, la propia debilidad del resto de los senadores del PS y la actitud DC proclive al mantenimiento del orden actual del poder, cuya defensa desempeñará ahora, con más fuerza, Andrés Zaldívar. Montes será el nuevo hombre fuerte del PS y contribuirá además a fortalecer ese papel –razón por la cual también la presidenciable lo transformó esta vez en uno de sus favoritos– su conocimiento profundo del gremialismo y de sus principales líderes. Como se sabe, mientras Guzmán articulaba el nuevo movimiento político en la FEUC, Montes era quien organizaba y coordinaba los actos más emblemáticos del movimiento pro reforma de mediados de los sesenta –¿se acuerdan de “El Mercurio miente”?–, cuya cara visible era Miguel Ángel Solar.

De aquella época data su relación “distante” pero respetuosa con los líderes históricos del gremialismo. Un solo dato que refrenda su prestigio al interior de la UDI: en la administración anterior de Bachelet, era quien incluso lograba convencer al duro Jovino Novoa para que la UDI, en la comisión mixta de Hacienda, le diera el visto bueno a una iniciativa  contemplada en el Presupuesto y que pretendía evaluar objetivamente los programas sociales que despertaban siempre la sospecha del gremialismo.

Y en un escenario donde no se alcanzaron los quórum necesarios, la UDI será –aún en su caída– el partido con el cual habrá que dialogar para los cambios. Pueden ayudar en ese el papel, también, los roles que a partir de ahora desempeñarán Iván Moreira o el propio Hernán Larraín. La UDI, sabe que en Montes encontrarán un interlocutor válido que conoce los temas y que será capaz de comprometer al gobierno en los acuerdos que se alcancen.

Por cierto, también juegan en favor de Montes su legitimidad como un legislador que “nunca fue “cooptado por el dinero”, atributo que le reconocen moros y cristianos y, en especial, su sintonía con los nuevos vientos de cambio. El flamante senador electo no es Escalona y queda claro que su esfuerzo vital no estará en reconstituir el partido transversal del orden, sino en pactar lo que sea necesario con la UDI para alcanzar las reformas mínimas que la ciudadanía reclama y seguramente acordar las concesiones programáticas que desde la otra vereda solicite el PC, erigiéndose como el nuevo referente del progresismo en el Senado. Pronto sabremos cómo le irá en este rol que, sorpresivamente, ya ha comenzado a desempeñar.

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