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A todo galope con Bachelet

por 22 noviembre, 2013

Lo que es peor para la derecha es que su poder de veto, por primera vez en los últimos 24 años, dependerá de dos senadores en proceso de separación de la mayor parte de las fracciones de ese sector o de las divisiones de la NM.
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Las dos principales coaliciones de la clase política, Nueva Mayoría y Alianza por Chile, se proclamaron victoriosas después de conocerse los resultados electorales. Cierto, Bachelet supera por un alto porcentaje a Matthei en la primera vuelta, y la candidata derechista consiguió colocar su nombre en la segunda.

Sin embargo, Bachelet no logró imponerse en la primera vuelta con la mitad más uno de los sufragios. Y el número de votos que obtuvo, a pesar de su carisma, supera en la centroizquierda en esa vuelta sólo a los de Frei el 2009, proceso electoral que terminó en una derrota.

No obstante, la Nueva Mayoría (NM) está por sobre los cuatro séptimos de bancas necesarias para modificar las leyes orgánicas constitucionales en la Cámara de Diputados, sin contar con cuatro independientes de izquierda que se les sumarían. En el caso del Senado, la NM está a una banca de ese quórum, pero hay dos senadores, el independiente Bianchi y el RN Horvath, quien fue jefe programático de Parisi, que han manifestado interés y apoyo a propuestas de Bachelet.

Cierto, sus asientos son insuficientes para reformar la Constitución, pero la posibilidad de poder modificar las leyes orgánicas constitucionales le da a Bachelet un gran poder de negociación.

Lo que es peor para la derecha es que su poder de veto, por primera vez en los últimos 24 años, dependerá de dos senadores en proceso de separación de la mayor parte de las fracciones de ese sector o de las divisiones de la NM.

En el caso de la derecha, el desastre es gigante. Matthei obtuvo menos votos que todos los candidatos presidenciales de centroderecha desde el plebiscito y, en esta elección, que las listas a diputados de la coalición derechista. RN, el supuesto partido moderado de Piñera, está muy fraccionado, tanto que no se sabe quién está con quién. La UDI, el sector mayoritario y extremo perdió una cuarta parte de sus diputados y sus dos bancas senatoriales más emblemáticas, Santiago Oriente y Poniente, donde vive un tercio de la población del país.

Lo más probable, además, es que Matthei sufra una aplastante derrota en la segunda vuelta. A la gran distancia de la votación entre las dos candidatas en la primera, se suma que la gran mayoría de quienes sufragaron por candidatos alternativos, 28 % de los votos válidos, son de tendencia izquierdista o, gracias al candidato Parisi, quien fue duramente atacado por la candidatura derechista, están claramente inclinados hacia Bachelet.

Lo que es peor para la derecha es que su poder de veto, por primera vez en los últimos 24 años, dependerá de dos senadores en proceso de separación de la mayor parte de las fracciones de ese sector o de las divisiones de la NM.

Empero lo más preocupante para la clase política en general, es que alrededor de la mitad de la ciudadanía no se siente interpretada por sus presuntos representantes y se negó a votar y más de un cuarto de los sufragantes lo hizo por alternativos sin opción de victoria; la suma de los peores síntomas de la antipolítica.

Recordemos que en la primera vuelta de la elección de Piñera sufragó el 60 % de la ciudadanía; en el plebiscito, el 90 %; y ahora, sólo la mitad, y que la abstención se concentra en los jóvenes urbanos, nuestros indignados.

En resumen, el postpinochetismo y sus candados están agónicos.

Si en la segunda vuelta no se logra una votación mucho mayor, lo que es poco probable, la brecha entre la clase política –calificarse de clase ya es un insulto–, en los palacios del poder, y la ciudadanía, en la calle, crecerá, una de las mayores fuentes de inestabilidad política de un país. Es de esperar que el nuevo gobierno de Bachelet, con el sostén parlamentario necesario, tenga la sensibilidad suficiente para enfrentar la crisis que se nos avecina.

Para lograrlo, como insistió Allende por años, la unidad es esencial. Tenemos la suerte de que algunos dirigentes de movimientos sociales se institucionalizaron y fueron elegidos diputados, cinco, incluso como miembros de partidos políticos de la NM. Tener una relación entre la calle y las autoridades electas es fundamental para que esos dos mundos puedan entenderse.

Por ello me parecen absurdos los rumores de que el PC no votó por Bachelet; el número total de votos de la candidata y de los a diputados de la NM son similares. Y que algunos DC sostengan que Soledad Alvear se perdió porque la candidata Bachelet no la apoyó. En ese partido ha habido una baja de votos durante la transición. Basta comparar las votaciones de los candidatos a diputados de la DC cuando la Concertación fue encabezada por Frei el 2003 y el 2010, 1.827.000 y 940.00, respectivamente, aunque esta vez pareció detenerse la caída.

A lo que se añade que la gran mayoría de los centroizquierdistas no son ahora militantes, ello explica la votación de los candidatos alternativos; y tengo más de un amigo en Santiago centro que lo hizo por Jackson, Girardi y Marco Enríquez.

Las direcciones políticas de centroizquierda deben convertirse a la unidad y elegir a todos sus candidatos en primarias abiertas para que no haya disidentes, salvo los obtusos. La DC debería pasar de Juan Pablo II a Francisco. Y la primavera vaticana ser una fuente de inspiración para toda la Nueva Mayoría.

Bachelet, entre las figuras políticas, es la que tiene más condiciones para lograr esa unidad y primavera con su carisma intimista. Y en el Congreso debería acercarse muy en especial a la bancada de los movimientos sociales y a todos los que quieran colaborar, junto con disciplinar a la NM, desde la DC al PC.

Si no lo logra, apretemos las cinchas que vamos a galopar.

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