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¡Aleluya! La teología política de Matthei

por 27 noviembre, 2013

¡Aleluya! La teología política de Matthei
No estoy sosteniendo que la candidata esté de acuerdo con prácticas como la lapidación de las mujeres no vírgenes al momento de la boda (en la mejor interpretación: lapidación no por no ser vírgenes, sino por haberse hecho pasar como tales), como ordena la Biblia. Supongo que no lo está. Pero al menos en lo referente a la así llamada agenda valórica (que en realidad debiese considerarse como un asunto de derechos civiles), la candidata Matthei escogió a la Biblia como su consejera: no al matrimonio igualitario, no al aborto, no a la eutanasia –y no a ellos, porque la Biblia así lo indica–.
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Evelyn Matthei sorprende. En otra época cultivaba un perfil más bien liberal, lo que por cierto le valió muchas enemistades entre los más recalcitrantes de su sector. En el marasmo de dobles estándares de la derecha conservadora, tuvo una clara posición con respecto al divorcio, e incluso presentó junto a Fulvio Rossi un proyecto de ley a favor del aborto terapéutico. Era –como ella misma afirmaba– una UDI distinta. Pero los tiempos cambian. Hoy, ungida como candidata presidencial, en la celebración de los 100 años de la Catedral Evangélica de Chile, se comprometió frente al mundo evangélico a que en su gobierno “no se hará nada que vaya en contra de lo que la Biblia señala: el matrimonio es entre un hombre y una mujer y la vida se cuida desde el momento de la concepción hasta la muerte natural. No al aborto, no a la eutanasia. Y ese es un compromiso que yo tomo ante ustedes”.

Cierto. Estamos en época de elecciones. Y su posición electoral dista de ser holgada. Es razonable suponer que lo que la motiva es el 16% de electores potenciales. Pero propongo otorgar el beneficio de la duda. Después de todo, Matthei se ha esforzado permanentemente por presentarse como una defensora de la política de la convicción. Si atendemos a sus declaraciones, fue la convicción acerca de la injusticia cometida, y no cálculo electoral (que si lo fue, fue muy malo), lo que la llevó a denunciar públicamente a su ex contendor Parisi. Y fueron sus convicciones las que se expresaron en su proyecto de ley a favor del aborto terapéutico. Si esto es así, entonces debemos pensar que la hoy candidata Matthei cambió su posición. Si el cambio es honesto y obedece a razones profundas (como la historia de Saulo y Paulo), es completamente respetable: la ex patrulla juvenil se ha transformado hoy en una política de derecha moralmente conservadora que recurre a algunas de las tesis centrales de la teología política.

El tema de la teología política es conocido, aunque da para muchas cosas distintas. De un modo general, la idea es que los conceptos políticos serían versiones secularizadas de conceptos teológicos: la semántica de los conceptos políticos seguiría la estructura de los fenómenos religiosos, y por tanto, deberían ser tratados de un modo similar. En sus versiones más partisanas, la teología política es una doctrina antiilustrada que se opone a la privatización de lo religioso.

La candidata, siguiendo lo que ella interpreta como los designios de dios, simplemente niega a muchos ciudadanos la posibilidad de gozar de los mismos derechos civiles que sus conciudadanos heterosexuales, así como niega a las mujeres la posibilidad de manifestar un derecho sobre su propio cuerpo, y ni siquiera les reconoce un derecho para evitar sufrimiento extremo. Además de negar de antemano la posibilidad de discutir acerca de la autoridad autonómica para determinar el fin de la propia vida.

Carl Schmitt –el experto constitucional reaccionario que consiguió arruinar su reputación moral con su odio a los ateos, a los liberales y por cierto a los judíos– es quizás su más conocido defensor. En su versión partisana, el Estado liberal carecería de una verdad en sí, debiendo, por tanto, ser nuevamente reconducido a una autoridad mayor: la verdad del cristianismo. Para Schmitt el cristianismo es una religión combativa que contiene al diablo hasta el juicio final. Con su conocida distinción entre amigos y enemigos, Schmitt transfiere esa tarea a la política: a riesgo del nihilismo, el combate contra los diablos terrenales, es decir, contra los judíos, los liberales, los izquierdistas, y los secularistas autorredentores, no admite compromiso.

Que hoy Schmitt esté tan de moda entre los intelectuales de izquierda es una ironía que no sorprende: después de todo, el antiliberalismo y el anticapitalismo no son privativos de algunos sectores conservadores. Es la ilusoria nostalgia reaccionaria que se transforma en la promesa zurda de una comunidad entre Estado y sociedad. Una comunidad en que los ciudadanos son considerados como un todo (no sólo como parte: ciudadanos, consumidores o competidores) y encuentran respuesta a cuestiones últimas acerca del sentido de la vida.

Como Schmitt, la candidata Matthei propone reconducir el Estado a la autoridad dada por la verdad del cristianismo, combatiendo a los secularistas autorredentores. ¿Sabrá la candidata lo que está sosteniendo? Para no subestimarla, tenemos que sostener que lo sabe. Además hay indicios. Después de todo, en la Catedral Evangélica, la candidata Matthei criticó los cambios constitucionales propuestos en el programa de su contendora que harían que Chile fuese un país más laico.

No estoy sosteniendo que la candidata esté de acuerdo con prácticas como la lapidación de las mujeres no vírgenes al momento de la boda (en la mejor interpretación: lapidación no por no ser vírgenes, sino por haberse hecho pasar como tales), como ordena la Biblia. Supongo que no lo está. Pero al menos en lo referente a la así llamada agenda valórica (que en realidad debiese considerarse como un asunto de derechos civiles), la candidata Matthei escogió a la biblia como su consejera: no al matrimonio igualitario, no al aborto, no a la eutanasia – y no a ellos, porque la Biblia así lo indica–.

Es bueno que la candidata manifieste sus convicciones profundas. Después de todo, en la política actual las convicciones flexibles son la regla. El problema no es su expresión, sino las convicciones mismas. La candidata, siguiendo lo que ella interpreta como los designios de dios, simplemente niega a muchos ciudadanos la posibilidad de gozar de los mismos derechos civiles que sus conciudadanos heterosexuales, así como niega a las mujeres la posibilidad de manifestar un derecho sobre su propio cuerpo, y ni siquiera les reconoce un derecho para evitar sufrimiento extremo. Además de negar de antemano la posibilidad de discutir acerca de la autoridad autonómica para determinar el fin de la propia vida. La ética de la convicción exige un temple de severidad. Pero no nos debemos preocupar por la candidata, quien, según nos recordó, es “dura” (y no “mala”).

Afortunadamente, ya que la llegada de la candidata Matthei al gobierno no está mediada exclusivamente por la voluntad divina (como les recordó en la catedral a los potenciales votantes, tropezándose en los tan conocidos enredos del libre albedrío que le quebraban la mente a San Agustín, y que a tantos otros le costaron la vida), es razonable suponer que sus intentos serán vanos. En todo caso, cuando esto suceda, cabe esperar que no sean los schmittianos de izquierda que abundan en el comando de Bachelet los que tomen la batuta.

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