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Retazos de una sociedad igualitaria

por 12 diciembre, 2013

Una sociedad que incluye un principio igualitario en la formulación de su acción estatal, privada y de la sociedad civil, supone que igualar oportunidades no es lo único necesario para enfrentar grandes disparidades sociales. Más bien, busca la creación de políticas que consideren un mínimo de igualdad de resultados, oportunidades, patrimonios y rentas entre sus ciudadanos, reconociendo que sin ello no es posible lograr la eficacia económica y el crecimiento para crear empleo.
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Somos un país que produce desigualdad en todos sus niveles y dimensiones. Nuestro desarrollo individual y colectivo está atravesado por la desigualdad. Los últimos años esto ha pasado de la mera consigna discursiva, sospechosa de ideología y deleznable por su pesimismo y exageración, a la evidencia que las ciencias sociales ofrecen una y otra vez, llenando de evaluaciones y números algo que antes podía intuirse, pero no tenía la necesaria base empírica que hoy se exige. Así, la presunción y la constatación permiten sostener, con ideas y con datos, que la desigualdad caracteriza casi la totalidad de los aspectos que ordenan nuestra vida en común: desde nuestra esperanza de vida, a la educación y desarrollo cognitivo que podemos conseguir, pasando por las radicalmente distintas condiciones de vivienda y habitabilidad que simultáneamente existen en cada ciudad, o las diferencias que a diario se manifiestan entre quienes pertenecen a pueblos indígenas y quienes no.

Sabemos que la desigualdad está ahí. Los estudios muestran que un viaje en Metro en Santiago, una revisión de las brechas salariales o una mirada a los desarrollos diferenciados en los distintos territorios subnacionales grafican desigualdades con extraordinaria precisión. Hemos elegido un sistema de votación que mantiene sesgos de clase, dificultando que quienes poseen menos ingresos participen tanto como quienes tienen más. Configuramos nuestras relaciones sociales a partir de atributos semejantes. Producimos cotidianamente lenguajes diferenciadores que redundan en discriminación. Nos hemos segregado espacialmente. Quienes más deben aportar tributariamente, cuentan con un conjunto de mecanismos para reducir su cooperación, dejando el asunto a una cuestión de voluntad o de ética, acentuando la regresividad del sistema. Podrían llenarse líneas y líneas de links sólo para otorgar credibilidad una y otra vez a la misma proposición: sin negar avances, sin referencias escatológicas, sin pesimismos ni resentimientos, la desigualdad constituye un problema central no resuelto en Chile.

Una sociedad que incluye un principio igualitario en la formulación de su acción estatal, privada y de la sociedad civil, supone que igualar oportunidades no es lo único necesario para enfrentar grandes disparidades sociales. Más bien, busca la creación de políticas que consideren un mínimo de igualdad de resultados, oportunidades, patrimonios y rentas entre sus ciudadanos, reconociendo que sin ello no es posible lograr la eficacia económica y el crecimiento para crear empleo.

Los avances hacia una sociedad más igualitaria requieren entonces eficiencia, políticas públicas, números, evidencia, impacto, eficacia, incentivos y no distorsiones.

Requieren sin embargo también ideas y conceptos. Algunos, por obvios, se omiten. Otros, por falta de comprobación empírica, se ignoran. Unos pocos de vez en cuando sortean los cedazos del escrutinio constante y penetran en las discusiones, en el debate social y en la disputa política. Sin claridad sobre si aquello significa triunfo, algunos de ellos logran anidar en el sentido común.

-Una sociedad con niveles suficientes de igualdad social parte de la premisa de que los equilibrios macroeconómicos importan tanto como los equilibrios macrosociales. Hace compatible la preocupación por las cifras de estabilidad y proyección económica con la inquietud que producen grandes disparidades de ingreso, de acceso a recursos, de calidad de derechos sociales, de reconocimiento de identidades, de aseguramiento de dignidad para todos. Produce tanta ansiedad la noticia de mala proyección de crecimiento económico como aquella que revela algún perjuicio contra los trabajadores, o la constatación de alguna brecha injusta entre distintos grupos. Entiende que los desequilibrios económicos pueden estar asociados a los desequilibrios sociales y viceversa, y como tal aboga por modelos multidimensionales, no arriesgando a creer que una cifra o un indicador lo explica todo, sino que intentando ponderar todas las dimensiones simultáneamente.

-Una sociedad con niveles deseables de igualdad social no asocia lo deseable a la igualdad perfecta. Lo que hace es manifestar preocupación por las desigualdades injustas. Da por descontado que hay esfuerzos diferenciados, talentos diferenciados, méritos diferenciados, y entenderá que promover todo eso es sano y fructífero para el desarrollo colectivo, pero sin restar atención a aquellas diferencias que son resultado de injusticias. Se asume así que la exclusión constante de un grupo respecto a un bien social fundamental, la vulneración de la dignidad a una familia a través de varias generaciones, el logro de uno que se obtuvo inmerecidamente a costa de otros, las situaciones cotidianas que develan relaciones de inferioridad y superioridad, o la desproporción como característica repetitiva en el reparto de recursos, pueden erosionar tanto a la sociedad, como lo sería no premiar y potenciar los distintos talentos, méritos y esfuerzos.

-Una sociedad que valora la igualdad en su concepción amplia percibe que la repercusión más grave y duradera de la desigualdad estriba en las relaciones sociales. Es en el (des)encuentro cotidiano donde impactan y se despliegan buena parte de las creencias y preferencias reales (y no sólo discursivas) sobre la (in)conveniencia de lo igualitario. Vergüenza, prestigio, poder, humillación, miedo y rabia surgen así como reacciones y productos que refieren a uno mismo en vínculo con los otros. Por ello, dice Rosanvallon, es tan importante la reciprocidad, entendida como igualdad de interacción, estableciendo reglas de equilibrio en las relaciones sociales. Asimismo, el respeto y el reconocimiento se pueden concebir como bienes relacionales, en la medida que se originan y reproducen desde un fundamento social que exige reciprocidad. También desde esa base se entiende la importancia de promover la autonomía, como negación de las dependencias y sus consecuencias psicológicas. Para Sennett, la autonomía exige una relación en que cada parte acepte que no puede comprender totalmente a la otra, dando permanencia e igualdad a una relación; “Al hacerlo, tratamos el hecho de su autonomía en igualdad de condiciones con la nuestra. La concesión de autonomía dignifica a los débiles o a los extraños, los desconocidos” (2003:264).

-Una sociedad que incluye un principio igualitario en la formulación de su acción estatal, privada y de la sociedad civil, supone que igualar oportunidades no es lo único necesario para enfrentar grandes disparidades sociales. Más bien, busca la creación de políticas que consideren un mínimo de igualdad de resultados, oportunidades, patrimonios y rentas entre sus ciudadanos, reconociendo que sin ello no es posible lograr la eficacia económica y el crecimiento para crear empleo.

-Una sociedad que no subvalora la igualdad entiende que ella no constituye amenaza alguna a la libertad, sino más bien que en una sociedad moderna es necesaria para el desarrollo de la otra. Por cierto, tal sociedad tiene tensiones y disputas todo el tiempo, sabe que ellas no pueden ser evitadas, y asume además que ellas encarnan distintas visiones y modelos de sociedad. Ello es entendido como condición de posibilidad para seguir avanzando bajo un concepto de satisfacción de mayorías y no de minorías. Reconoce que cada programa y cada política pública pone en juego esas tensiones, y que por ello ofrecer espacios de discusión abierta, donde todo el que quiera pueda aportar, es tan importante como disponer de consejería experta para saber qué es lo efectivo y qué lo inefectivo.

-Una sociedad que aborda la igualdad seriamente sabe que ella es imprescindible para hacer perceptible y operativa la democracia. Por eso, así como reconoce que cada persona tiene derecho a un voto, cree que esa perfecta proporcionalidad no debe olvidarse por completo en el día a día, haciendo verdaderamente ciudadanos responsables del presente y futuro de la nación no sólo a unos, sino también a los otros.

Las sociedades perfectas no existen. Cada una a su manera, con sus retazos ideológicos, culturales, económicos y políticos, va zurciendo su historia.

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