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Los errores de don Arturo

por 14 enero, 2014

Desmentir a un periodista por hechos absolutamente confirmados, constituye un abuso. Pero, a veces, quienes saben que cometieron determinados actos, prefieren negarlos y tratar de deshonrar la credibilidad de un profesional de la prensa. La historia está plagada de aquellas jugadas.
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Extraño el desmentido del ex director general de la Policía de Investigaciones, PDI, Arturo Herrera, a mi crónica publicada por El Mostrador el lunes de la semana pasada, titulada “Informe médico desmiente causal de baja del subprefecto Sandro Gaete”. ¿Por qué extraña? Pues porque don Arturo no dijo una sola palabra cuando la misma denuncia fue publicada en cinco crónicas anteriores.

La denuncia se refería al intento de don Arturo para que se adulterara un informe policial que afectaba al entonces general en servicio activo, Miguel Trincado Araneda, por el desentierro y lanzamiento al mar de 26 cuerpos de los prisioneros asesinados por la Caravana de la Muerte en Calama. Por ello, Trincado fue pasado a retiro y luego procesado.

El 25 de agosto de 2006, publiqué esa información en el semanario El Periodista. El 13 de diciembre de 2006, la misma información fue mencionada por El Mostrador. El 30 de octubre de 2007, El Mostrador volvió a mencionar el asunto. El 18 de mayo de 2008, volví a publicar en La Nación Domingo su intento de manipular este informe policial. Esta vez era el ex presidente de Venezuela, Hugo Chávez, quien también lo acusaba de lo mismo, cuando don Arturo fue designado presidente interino de Interpol.

Desmentir a un periodista por hechos absolutamente confirmados, constituye un abuso. Pero, a veces, quienes saben que cometieron determinados actos, prefieren negarlos y tratar de deshonrar la credibilidad de un profesional de la prensa. La historia está plagada de aquellas jugadas.

Por último, el 28 de mayo de 2008, fue el diario electrónico Ciper-Chile el que le dio otro zamarreo.

No poseo el don del adivinador para desentrañar el motivo del reiterado silencio del señor Herrera ante estas anteriores crónicas, mientras ejerció como director de la PDI. Tampoco quiero especular ante ello. Nunca lo hice en mis 30 años de periodismo ni lo haré jamás. Yo publico lo que puedo sostener sólidamente y de ello me siento orgulloso. Jamás en mis 18 años de periodista en el desaparecido diario de papel La Nación, y sobre todo por mis investigaciones publicadas en La Nación Domingo acerca de los crímenes de la dictadura, alguien pudo desmentirme. Y cuando buscaron hacerlo, siempre perdieron.

Ante el desmentido del ex director de la PDI publicado en este medio, me comuniqué con el subprefecto Sandro Gaete, dado recientemente de baja de la institución en una decisión vergonzosa, que viola abiertamente la Ley Orgánica de la PDI, como lo demostró irrebatiblemente mi crónica en la que aludí a don Arturo.

Sobre la orden que el señor Herrera dio a los entonces subcomisarios Gaete y Abel Lizama para adulterar el referido informe policial de fecha 1 de julio de 2005 en favor del general Trincado, el subprefecto Gaete me declaró: “La información publicada por El Mostrador, corresponde estrictamente a lo que ocurrió. Estos antecedentes yo los denuncié a la jueza Rosa María Pinto que investigó la remoción de los cuerpos en Calama en el marco de la Operación Retiro de Televisores. Además, los mencioné en dos sumarios internos que se hicieron en la PDI. En mi opinión, desde el punto de vista judicial, mis denuncias no prosperaron porque el delito de manipular ese informe policial no se concretó”.

¿Y por qué no se concretó el delito? Porque los subcomisarios Gaete y Lizama no obedecieron la orden del señor Herrera. Respecto de la otra advertencia de don Arturo a quienes dirigían los arrestos de militares ordenados por los jueces, para no hacerlo y dejar que los inculpados se presentaran solos a los tribunales, Gaete y Lizama tienen perfecta memoria de que ello así ocurrió.

Desmentir a un periodista por hechos absolutamente confirmados, constituye un abuso. Pero, a veces, quienes saben que cometieron determinados actos, prefieren negarlos y tratar de deshonrar la credibilidad de un profesional de la prensa. La historia está plagada de aquellas jugadas.

Tal como lo he dicho a otros que intentaron desmentirme y siempre perdieron la partida, no será don Arturo quien se convierta en mi profesor de ética profesional.

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