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Desmemoria institucional y capitalismo académico: respuesta a Eduardo Sabrovsky

por 15 enero, 2014

Desmemoria institucional y capitalismo académico: respuesta a Eduardo Sabrovsky
El año 2007, con el término de la Inmobiliaria, mecanismo de todas las universidades gestadas en 1981, Sabrovsky pudo publicar ensayos sobre este “historial de compromisos" entre militares, empresarios, políticos de derecha y funcionarios civiles de la Dictadura que cinceló la posición privilegiada de la universidad que actualmente representa. Pero jamás hizo algo al respecto. Excúsenme por una referencia pecaminosa; queda pendiente una reflexión de aquello que Marx denominó el periodo de la acumulación originaria.
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Cualquier exploración que pretenda hurgar críticamente en la memoria institucional de una universidad debe cautelar algunos hitos fundacionales que iluminan su pasado, presente y futuro. Más que a una secuencia, hago alusión a una relación dinámica, me refiero a sus inflexiones, aciertos y momentos de crisis. La elaboración de una “memoria institucional” balanceada no implica adoptar posiciones complacientes que puedan anquilosarse en una defensa corporativa de una institución y ocultar sus “debilidades”, sino avanzar en un debate más informado y evitar algunas audacias hermenéuticas.

Tras los convulsionados años ochenta, la Universidad de Artes y Ciencias Sociales (ARCIS) fue un reducto que acogió a intelectuales y académicos exonerados de las universidades públicas. Todo ello una vez que la Dictadura había cumplido sendos “rituales de inhumanidad”: la quema de libros, la exoneración de profesores, el cierre de carreras emblemáticas en la Universidad de Chile y posteriormente la designación de autoridades militares. En el caso de ARCIS, el proyecto fundacional no tenía que apelar a la optimización de los servicios educacionales. Una década más tarde (años noventa) se insistía en el marco fundacional y no se buscaba un desplazamiento adaptativo que se inspirara, por ejemplo, en promover un “liberalismo sensorial” (funcional) al diseño cultural de la Concertación. El proyecto cultural de ARCIS durante más de dos décadas consistía en cultivar los nudos críticos, un compromiso con la disidencia a la dominante neoliberal, la defensa inalienable de los Derechos Humanos y un ethos experimental deliberadamente opuesto a la socioestética de la modernización pinochetista. Pero, como todos comprenderán, mantener saludable un proyecto de esta naturaleza, bajo la hegemonía de un “neoliberalismo avanzado” (CEPAL, 2009) resulta a todas luces una empresa compleja. De allí que se abra un campo atendible de críticas, de cuestionamientos, de dudas, incluso de quienes pueden obrar como “guerrilla de retaguardia” en la casuística de reacreditaciones y desacreditaciones institucionales.

Tras este recorrido –no exento de dilemas administrativos– ARCIS nunca ha tratado de imponer un modelo universitario, al precio de pontificar una vía de desarrollo librada al campo de los bienes y servicios, el plano proyectual siempre ha estado friccionado, tensionado (disputado) por las diversas visiones y vaivenes político-culturales de la izquierda. Esas fricciones no se pueden desconocer y allí conviven virtudes y defectos. Pero esa huella originaria en su momento también se expresó en una crítica radical a los actuales gravámenes de la acreditación institucional. Toda esta catástrofe que heredamos del Golpe de Estado (la nuestra, pero también la que empaña la crítica-funcional que ausculta Sabrovsky) tiene su “sala de parto” bajo los ajustes estructurales de mediados de los años setenta (el fin de la comunidad…). Lo que viene de ahí en más abre un intervalo que posteriormente se expresó –entre otras cosas– en el controversial plan de racionalización de José Luis Federici (1986); así podríamos agregar una “lista de lavandería” sobre los efectos distorsionadores del proceso de liberalización en materia educacional.

Después, ya en el curso de los años noventa, tuvo lugar un tiempo de institucionalización que también se expresó en una crítica radical a las tecnologías de gobernabilidad (transición). En ese proceso destaca el aporte de la Revista de Crítica Cultural,  dirigida por Nelly Richard, los postgrados de Jacques Chonchol, Gabriel Salazar, y el encomiable trabajo de Tomas Moulián, Chile Actual, anatomía de un mito (1998), pero también las escuelas de sociología, arte y filosofía –entre otras perspectivas innovadoras de ensayo y experimentación creativa–.

Ahora bien, el autor de El desánimo (1997) habla velozmente sobre un conjunto de materias cuyos alcances deben ser pormenorizados más allá de su capacidad intuitiva. Es un dato público que ARCIS, durante los años ochenta, estaba lejos de ser una institución inspirada en la capacidad de inversión, es más, se consagró laboriosamente a impulsar la línea del pensamiento crítico latinoamericano contra el recurso tecnicista que la dictadura promovía bajo la razón técnico-instrumental impuesta por los ‘chicago boys’ a fines de los años setenta.

Este expediente crítico-alternativo fue el núcleo identitario de la universidad durante toda la década de los noventa. En un contexto de debilitamiento de los movimientos sociales, ARCIS respondía “porfiadamente” con una ética del disenso político-cultural a la democracia de los consensos sostenida por la clase política. Tal orientación en ningún caso pretendía subordinar el discurso académico a los indicadores de sustentabilidad, ni menos a las lógicas de vigilancia partidaria que Sabrovsky subraya majaderamente (al menos desde sus vértigos biográficos con el Partido Comunista). Las bulladas tasas de morosidad fueron altas a fines de los años noventa por el carácter inclusivo que la Universidad ARCIS heredó desde su ethos fundacional –y ello ha sido una tarea de compleja resolución en el contexto de las actuales acreditaciones–. En alguna medida, las coordenadas fundacionales marcan parcialmente el presente institucional. Qué duda cabe, el modelo  fundacional, aquel inigualable tiempo de producción crítica, también nos pasó la cuenta…

Entonces, al promediar la primera década del dos mil y a raíz de un conjunto de factores locales y externos (diversificación de la competencia, fortalecimiento del lucro, apropiación y streamlining mercantil de los discursos críticos por otras universidades, problemas administrativos internos, criterios de indexación referidos a la comunidad de tecnopols), el panorama universitario se desplazó definitivamente hacia la prestación de servicios. Ese fue el costo de la herencia inicial. Cabe subrayar que la resignificación de una cultura crítica no puede migrar holgadamente a los modelos de indexación y capitalismo académico desde los cuales se alza –sibilinamente– el comentario de Eduardo Sabrovsky.

Ahora bien, el autor de El desánimo (1997) habla velozmente sobre un conjunto de materias cuyos alcances deben ser pormenorizados más allá de su capacidad intuitiva. Es un dato público que ARCIS durante los años ochenta estaba lejos de ser una institución inspirada en la capacidad de inversión, es más, se consagró laboriosamente a impulsar la línea del pensamiento crítico latinoamericano contra el recurso tecnicista que la dictadura promovía bajo la razón técnico-instrumental impuesta por los ‘chicago boys’ a fines de los años setenta. La universidad surge en medio de la modernización pinochetista, pero a contrapelo de ella, promoviendo  acciones y contenidos contra el régimen de Pinochet. Ese desgarro es constitutivo de su identidad histórica, sin perjuicio de las crisis institucionales que también ha padecido por sostener esa línea divisoria. Pero lo anterior no aparece siquiera consignado en la columna del autor de El desánimo (1997), pues se deduce “consistentemente” que la institución que él retrata y representa como una especie de modelo inmaculado mantenía una relación enteramente distinta (un nudo portaliano) con la modernización pinochetista durante los años ochenta. Sobre este punto, sólo nos resta una lectura sintomal: “Sus silencios son sus palabras”, decía Louis Althusser.

Me parece que el comentario de Eduardo Sabrovsky (quien conoce buena parte de esta historia) omite alevosamente esa memoria político-institucional que es parte del complejo presente que debemos defender en un contexto de alta liberalización del mercado educacional. A modo de anécdota, debo retornar sobre un controversial punto, la Rectoría encabezada por Francisco Javier Cuadra en la UDP (ex ministro de la Dictadura) representa otro síntoma de un diagnóstico institucional, de una genealogía que no se puede perder de vista a propósito de una memoria que articula pasado y presente de manera no secuencial. No recuerdo que Eduardo Sabrovsky haya escrito el año 2005 alguna columna que llevara por título “El retiro del pinochetismo de la UDP, el fracaso de una universidad comprometida”. Por otra parte, si el entorno de la familia Matthei en algún momento mantuvo o mantiene (“hipotéticamente”) alguna relación con el Directorio de la universidad desde la cual Sabrovsky hace sus afirmaciones, ello también invita a una reflexión en torno al juego de intereses corporativos –que simultáneamente se retroalimenta de los indicadores de gestión económica de  la CNA–.

Nos vemos obligados a subrayar la memoria institucional de todo proyecto universitario bajo la dinámica pasado-presente-futuro. De otro lado, Sabrovsky hace alusiones a la inmobiliaria, sugiriendo que ello representa un “pecado capital” de ARCIS, por adoptar una estrategia de sustentabilidad para mantener la viabilidad del proyecto –sin obtener beneficios lucrativos–. También incurre en una piratería argumental respecto al grupo Marambio, pero esta vez respalda y comparte sus decisiones de no reinvertir en la universidad que él cuestiona. Yo sugiero revisar con más prudencia las implicancias de tal afirmación –e ir más allá del ejercicio estadístico que nos sugiere; me temo que hay tramas institucionales que no  se conocen con el detalle necesario–. Pero, antes de emprender tal tarea, me preguntaría cómo resolvía la institución que Sabrovsky representa el tema de la “Inmobiliaria Diego Portales” hasta el año 2007 y cuál era el volumen de recursos que obtenían por esa vía –ello a propósito de su capacidad productiva–. De otro lado, cuál era el capital de trabajo y su origen para fortalecer la unidad de proyectos que “legítimamente” están vinculados a una OTEC. El año 2007, con el término de la Inmobiliaria, mecanismo de todas las universidades gestadas en 1981, Sabrovsky pudo publicar ensayos sobre este “historial de compromisos" entre militares, empresarios, políticos de derecha y funcionarios civiles de la Dictadura que cinceló la posición privilegiada de la universidad que actualmente representa. Pero jamás hizo algo al respecto. Excúsenme por una referencia pecaminosa; queda pendiente una reflexión de aquello que Marx denominó el periodo de la acumulación originaria.

Hay otra  dimensión sobre la universalidad de una institución. Ciertamente existe un rico debate respecto a los valores universales que debe promover una  institución universitaria, a saber, si esta se debe basar esencialmente en el universalismo cultural y de ahí en más cultivar (“controladamente”) una impronta laica, conservadora, socialista o liberal. Pues bien, a este respecto, ARCIS tiene una reconocida identidad de izquierdas, pero también supo cautelar un campo de discursos transversales. Existe un cumulo de publicaciones que asi lo acreditan. Ello dista radicalmente de ese fundamentalismo fanático que el susodicho nos adjudica precipitadamente recreando una caricatura de tipo autobiográfica. Es una deformación muy lamentable suponer que la vida universitaria de ARCIS ha estado dominada por órdenes de partido o disposiciones directamente emanadas del Comité Central ubicado en Vicuña Mackenna. Quizás en este punto, que es la hipótesis que se intenta ingresar de contrabando, hay una dimensión biográfica que opera a modo de una transferencia freudiana en el caso del autor, una sovietización del espacio universitario. De otro modo nos resulta inexplicable la siguiente afirmación:

“De hecho, jamás ha habido en Arcis un académico que no sea 'de izquierda', como sea que este rótulo a estas alturas se interprete. De nuevo, para esto hay buenas razones. Porque para el marxismo-leninismo ese laicismo es, él mismo, una convicción substantiva, una ideología que, en su pretendida neutralidad, oculta su compromiso de fondo con el capitalismo liberal: lo hace al no distinguir entre ideas 'correctas' e 'incorrectas': entre las que van en la dirección del progreso social y de la historia, y aquellas cuya verdad profunda sería el intento de bloquearlo”.

Esta aseveración se mueve entre la provocación y lo artero (quizás cretinizante), por cuanto pretende retratar un espacio homogéneo, orgánico, torpe, como si acaso todas las generaciones de Arcianos en los años ochenta-noventa y en los años dos mil desconocieran los debates de la contemporaneidad; los estudios culturales, la deconstrucción, el multiculturalismo, el Imperio de Negri, el caso de la izquierda lacaniana (Žižek), las críticas del campo postestructuralista, la crítica al reduccionismo de clase –Laclau, sus conferencias y publicaciones por medio de la universidad– (sólo por citar algunas corrientes) fueron hitos generacionales que marcaron a muchos estudiantes, que ubican al proyecto en un pedestal enteramente distinto a la caricatura que subrepticiamente Sabrovsky pretende dibujar. Recuerdo que, a la entrada de los años dos mil, un cientista político de notoria presencia medial, me refiero a Alfredo Joignant, dirigía “fugazmente” el Centro de Investigaciones Sociales (CIS, 2000) y también fundó la Escuela de Ciencia Política de ARCIS. Lo que no recuerdo bien es si este académico era parte de esa izquierda homogénea y vertical, o entró en un proceso de súbita renovación a propósito de lo que nuestro contradictor consigna. Finalmente, no estaría de más que el filósofo de la UDP se diera la tarea de otear los planes de estudios de la universidad para corroborar si existe un proceso de indoctrinamiento a los alumnos bajo la matriz marxista-leninista. Como podemos apreciar en este punto, la argumentación nos lleva casi al absurdo. Ello a propósito de un cierto “prurito” inquisidor que desliza en su discurso. Existe un “autoritarismo ético” en su análisis y nos habla desde un eventual proyecto universitario “inmaculado”.

Por eso hay afirmaciones empíricas que llaman a otra reflexión, a saber: que los alumnos no llegan a la hora a clases… que los profesores no hacen clases –son planteamientos incontestables– y me recuerdan a un profesor que me decía que las imputaciones ad hóminem no se responden. Creo que en ese plano Sabrovsky verbaliza el punto como un agente de acreditación que pregunta obstinadamente por infraestructura, salas, sillas, computadores, equipos, los recursos, etc. A ello se suma la hipótesis de una cultura que estaría en crisis porque se opone –según Sabrovsky– a “…los plazos, los horarios, las calificaciones”. ¿Quién entiende al filósofo? Frente a este capitalismo académico sólo restar replicar con una relectura de “Ciencia y técnica como ideología”. Hace un decenio sería imposible impugnar a la Universidad ARCIS por no tener salones multiuso, bibliotecas rimbombantes, porque aquello nunca formó parte de su ethos fundacional. Otra cuestión es que el mercado educacional mutó radicalmente y debemos atender a sus nuevos desafíos, reubicarnos bajo el nuevo escenario.

Por último, quiero proponer un escenario hipotético (ficcional). Lo hago para evitar un bicameralismo entre la crítica pública y las prácticas privadas; en la eventualidad de que algún académico cultive una visión tan crítica de una institución universitaria, supongamos que se trata nuevamente de ARCIS, no se entendería muy bien que el mismo personaje haga esfuerzos deliberados para promover la inserción de académicos(as) a cargos institucionales en la casa de estudios que se cuestiona públicamente, en este caso ARCIS. En consecuencia, ¡para qué hacer gestiones deliberadas en una universidad Castro-comunista! Se trata de una ficción, pero creo que el filósofo sabrá entender perfectamente este punto.

A propósito de la entonación sepulturera del título de su nota, yo invitaría a repensar las posiciones de su Rector (sean exitosas y funcionales a los discursos de la Concertación, estén o no friccionadas por ciertas ideas de la Nueva Mayoría) sobre un subsidio global en educación superior. Si la institución que él representa toma “distancias ilustradas” sobre el carácter progresivo de una política de gratuidad global y defiende el derecho de inversión, la segregación social viene a perpetuar la desigualdad social. Ello nos llevaría a pensar que estamos en medio de otra catástrofe. Como bien sabemos, Isaiah Berlin tiene una excelente exposición sobre la libertad negativa, a propósito de cierta provocación que hace el filósofo de la UDP reivindicando las virtudes de la Universidad de los Andes –que guardan fidelidad con la tesis de Carlos Peña–. Existe un afán por acotar el campo de las universidades estatales y ello supone recrear un contexto que sustente un discurso crítico-liberal. Nuestra sociedad no ratifica las bases históricas de un liberalismo cultural y ahí –por desgracia– no queda más que rentabilizar un marketing universitario similar a un “liberalismo estetizante”. Ello a efectos de una simulación  que no puede  obviar la fragilidad histórica del liberalismo chileno.

Por fin, cuando leo estas notas de Eduardo Sabrovsky, recuerdo un libro generacional que seguramente por estos días él prefiere evitar, Hegemonía y racionalidad política (1989), y también una editorial emblemática de otros compromisos políticos: Ornitorrinco.

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